"PLACERES DE OFICINISTA"
Guillermo
Orsi
Volver
a casa cuando se vive en ciudades como Buenos Aires no es
un acto voluntario sino un deseo casi tan difícil de
concretar como que Jennifer López nos llame esta noche
para reprocharnos haberla dejado de plantón en una
esquina cualquiera de Nueva York.
Aparicio Méndez es oficinista y trabaja en pleno centro
de la ciudad que alguna vez Gardel cantó como a "la
reina del Plata" y hoy es un tajo cruel hecho por un
cirujano loco sobre el cuerpo de su paciente indefenso y sin
anestesia, músculos, sangre y grasa, aminoácidos
con cara de yo no fui, glóbulos rojos disfrazados de
revolucionarios, oligarcas espantados por las tropelías
del monstruo que ellos mismos contribuyeron a armar pagándole
su salario al doctor Frankestein.
Cuando Méndez cumple con sus ocho horas de estar sentado
frente a su ordenador, acaba hipnotizado y balbuceante, como
sometido a sucesivos shocks eléctricos, y lo único
que ambiciona es regresar a su departamento en un barrio promiscuo
del conurbano, para lo cual debe abordar el metro que a última
hora de la tarde es una cinta transportadora de agotados robots
y combinar en alguna estación de transferencia con
atestados trenes de cercanías o buses igualmente colmados
y conducidos por sicópatas.
Con estoicismo de comanche obligado a ver la saga completa
de westerns de John Wayne, Méndez soporta el metro,
el tren de cercanías y vivir en un departamento en
un edificio construido con planes del banco hipotecario, de
paredes agrietadas y vecinos cuyos gritos explotan en mitad
de su living como si fueran parte de su familia. Pero todas
las células de su cuerpo se paralizan de asco cuando,
faltando dos calles de tierra para llegar, dos pibes que juntos
no suman quince años le salen al cruce, navaja y 32
corto en mano, y le reclaman dame toda la guita o te despanzurramos
acá mismo.
Es lógico que Jennifer López empiece a impacientarse.
La cita con ella era a las ocho y media, son las nueve menos
cuarto y los que no suman ni quince lo quieren todo. Olfatearon
como perros cebados que Aparicio Méndez cobró
su sueldo esta mañana, o tal vez el cadete, ese imberbe
impertinente que vive conectado a los cidís de cuanto
marginal con guitarra eléctrica se ponga de moda en
la comunidad de sordos del rocanrol local, es cómplice
de esta mala jugada y les avisó que si lo agarran al
jovato cuando vuelve de noche con su limosna mensual, lo limpian
sin problemas, es un blandengue y sólo se arriesgan
a que se les ponga a llorar en medio de la calle.
Jennifer mira su reloj pulsera de oro y se dice que tampoco
Aparicio Méndez es Bruce Willis aunque la vaya de recio,
por la edad está más cerca de Harrison Ford
aunque por su contextura física podría hacer
pareja con Stan Laurel sin que los amantes del gordo y el
flaco notaran la diferencia. Pero el amor todo lo puede y
espera, paciente y bella Jennifer, a que Aparicio Méndez
se ponga efectivamente a llorar en medio de la calle de tierra.
Sus lágrimas de cocodrilo dundee envalentonan a los
que no suman quince, les alborotan tanto las lampiñas
hormonas que se le acercan sin tomar otra precaución
que quedarse un paso atrás, el del 32, mientras el
de la navaja lo palpa hasta encontrar el sobre con el sueldo.
Papita para el loro, dice el de la navaja antes de caer con
la nuca quebrada como una de las gallinas que Méndez
sacrificaba en la chacra donde se crió, antes de venir
a labrarse un futuro a Buenos Aires. El mismo cuerpo sin plumas
que Méndez revolea le da de lleno al del 32 corto,
volteándolo como a un palote del bowling que Aparicio
frecuenta los sábados a la noche, después de
dejar a Julia Roberts suspirando por él en el living
del departamento. Aplastarle la cabeza no es una tarea pesada
para Oliver Hardy, aunque para que el espectador se ría
groseramente sea necesaria su torpeza, que el sobreviviente
sobreviva soltando una baba blanca de perro atropellado, y
acabarlo con un puntapié en el cerebro cuya potencia
envidiaría el Piojo López, puesto a disparar
el penal de la definición en una final por la copa
del mundo.
Agachándose sobre la calle de tierra, Aparicio Méndez
recoge el sobre con su bien ganado sueldo de triunfador, lo
guarda en el mismo bolsillo en el que lo traía y llega
por fin a su departamento.
Ahí mismo, en la pantalla del televisor que dejó
encendido al salir esta mañana, Jeniffer López
le hace un mohín de bienvenida y corre a encontrarse
con Tom Cruise, es hora de ganarse un par de millones de dólares
y ya habrá tiempo para volver a encontrarse con su
verdadero amor, toda mujer está genéticamente
condicionada para hacer sufrir a sus galanes, sobre todo si
estos llegan tarde a una cita con el burdo pretexto de que
los asaltaron en la calle de un barrio miserable de los suburbios
de una megalópolis latinoamericana.
De todos modos Aparicio Méndez no sufre por los vanidosos
desplantes de una hispana reconvertida como Jeniffer. Tiene
a su lado, sentadita en el sofá, a Julia Roberts. Qué
bella es, qué rostro perfecto, qué cuerpo envidiable.
Con Julia ven la película completa sin dormirse, después
Aparicio apaga el televisor, besa a su amada y se va a su
cuarto donde, agotado por ocho horas de oficina frente al
ordenador, duerme de un tirón toda la noche.
Si de lunes a viernes el odioso reloj despertador le recuerda
que a las seis de la mañana debe levantarse para estar
a las ocho y media en el centro de Buenos Aires, hoy, sábado,
puede dormir un rato más, disfrutar de la tibieza de
la cama, moverse en su somnolencia como un pez de las profundidades,
soñar que todavía lo espera Julia Roberts en
el living para pasar juntos el fin de semana, que su departamento
huele a jardines babilónicos y no a la fosa común
de un cementerio, el cadáver de la última prostituta
que se cargó hace dos días tumbado sobre el
sofá y exudando ya sus jugos.
Para colmo, en el televisor eternamente encendido repiten
la película de anoche, Jeniffer López vuelve
a saludarlo con un mohín y corre a encontrarse de nuevo
con Tom Cruise, qué linda es Jeniffer, se dice Aparicio
Méndez, qué linda era Julia todavía anoche,
qué bellas son las mujeres antes de empezar a pudrirse
como frutas arrancadas del árbol y abandonadas sin
siquiera haberles hincado el diente.
Placeres de oficinista, de tipos ordenados, pulcros, rutinarios,
insospechables. Como Aparicio Méndez, que el lunes
volverá a cruzar la ciudad para cumplir sus ocho horas
frente al ordenador y por la noche, con el sueldo intacto
que los que apenas sumaban quince no pudieron arrebatarle,
saldrá a buscar prostitutas para hablarles de amor,
del glamour de vivir en Hollywood aunque los de efectos especiales,
casi tan geniales como los políticos para disfrazar
la realidad, hagan que Beverly Hills se parezca a un triste
barrio del conurbano bonaerense.
Pero ahora hay que encargarse del trabajo sucio de cada semana:
envolver el cadáver en la habitual bolsa de plástico
para trasladarlo esta noche a los vaciaderos de basura en
Villa Lugano, limpiar y desinfectar el sofá y aromatizar
el living con desodorante de ambientes.
No le agrada la tarea pero se consuela pensando que al regresar
de los vaciaderos, tarde en la noche, Jennifer López
esté de nuevo esperándolo, porque en los canales
de cable repiten las películas hasta el hartazgo.
Junio
2005