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MATAR
POR AMOR YA NO SE ESTILA
Javier
Abasolol
Cuando
uno llega a esa etapa de la vida que los poetas llaman senectud
y los políticamente correctos tercera edad, las cosas se
ven con otro sosiego, con más calma, como si todo importara
menos, como si las pasiones se hubieran alejado ya de nuestra
existencia. Es el tiempo de las tertulias, de hablar por hablar,
de esperar a la muerte bien con la sonrisa en los labios bien
con inquietud, según el talante y las creencias de cada
uno. Yo espero mi hora con cierta tranquilidad, no todo lo que
he hecho en la vida contará, seguramente, con la aprobación
del Ser Supremo, pero en mi descargo puedo decir que, por encima
de todo, he amado, y el amor puede justificar toda una vida.
Hace ya quince años que me jubilé. Dejé colgada
la toga de juez que tantos años había vestido y
me dediqué a ver pasar la vida a mi alrededor. No tengo
familia cercana y mis únicos amigos son mis libros y mis
dos perros. A veces incluso pienso que teniendo el afecto de mis
queridos perros no necesito el de ningún ser humano.
No significa eso que haya vivido aislado desde el día que
me jubilé, por supuesto que no. No soy un misántropo
ni, mucho menos, un misógino. Valoro en lo que vale la
compañía de mis semejantes y, de hecho, todas las
tardes acudo a una cafetería de la parte vieja de la ciudad,
para hablar de lo divino y de lo humano con una serie de jubilados
como yo, que cada vez que fuman un cigarrillo aspiran fuertemente
el humo pensando que tal vez sea el último. Es agradable
charlar con ellos, mantener el hálito de las antiguas tertulias,
esa costumbre tan hermosa que los jóvenes, siempre con
prisas, siempre con los ojos fijos en las cuentas de resultados,
ya apenas conocen. En esas tertulias hablamos de todo, se empieza
con un tema y de repente, casi sin darnos cuenta, hemos pasado
a otro. Así sucedió aquel día en el que mientras
hablábamos del último atentado terrorista uno de
mis contertulios, suspirando de un modo que nos preocupó,
ya que todos pensamos que le había dado un ataque de asma,
dijo aquello de que hoy en día ya no se mata por amor.
-Parece triste, pero así es - nos dijo con un hilillo de
voz que conseguíamos entender gracias al entrenamiento
de muchas tardes -, hoy en día ya nadie mata por amor.
Se mata por dinero, por política o porque la sociedad ha
sido injusta con nosotros, pero matar por amor ya no se estila.
Entendedme bien, no es que esté justificando que nadie
mate a nadie por amor, no, no quiero decir eso, pero bueno, hay
una cosa que está clara, la situación de las sociedades,
de su salud moral quiero decir, se ve oteando una infinidad de
detalles, y uno de ellos es el de sus crímenes. No es lo
mismo una sociedad en la que los crímenes que se cometen
son única y exclusivamente por dinero que aquella en la
que es la pasión, exacerbada y mal entendida, por supuesto,
pero un sentimiento de lo más humano al fin y al cabo,
la que conduce al asesinato.
El debate estaba abierto y todos convinimos, junto a aquel candidato
a cadáver, que era una mala época para los crímenes
pasionales. Como a los viejos lo único que nos queda era
la memoria enseguida empezamos a rememorar asesinatos famosos,
de la época en que El Caso era el periódico más
leído en todo el país. Cada cual contaba el crimen
que más le había impresionado o, simplemente, que
mejor recordaba.
-Usted - me interpeló uno de los contertulios que había
sido periodista, porque entre nosotros aún teníamos
a gala mantener la buena educación y usar ese tratamiento,
no el plebeyo tuteo - seguramente, por su condición de
juez, habrá tenido contacto con más de uno de esos
crímenes. Creo recordar que hubo uno especialmente escandaloso.
Los periodistas siempre me han parecido particularmente odiosos
con esa manía de escudriñar en todos los rincones
para ver si encuentran algún escándalo que llevarse
a la boca y la jubilación no les mejora en nada, todo lo
contrario, les hace aún peores ya que su lengua malediciente
no se ve refrenada por un director que tiene que dar cuentas a
un Consejo de Administración temeroso de tener problemas
con los poderes públicos o las grandes empresas que insertan
publicidad en sus páginas. Nuestro contertulio había
sido de los peores y, por lo que pude comprobar, seguía
en la línea. Sí, hubo un asunto especialmente escandaloso
pero yo no soy precisamente tonto y supe bandear el temporal.
Conté unas cuantas anécdotas jugosas, aporté
algunos datos desconocidos por el gran público de los crímenes
más populares y conseguí que la mención a
un escándalo fuera olvidada, por lo menos hasta que volviera
a surgir el tema.
La verdad es que me sorprendió el comentario del periodista
retirado porque en la misma época en la que sucedieron
los hechos éstos fueron convenientemente ocultados y no
trascendieron ni a la prensa ni a la calle. Lo sé porque
yo fui uno de sus protagonistas. No se me puede achacar que empezara
la historia pero sí que supe finalizarla. Por algo tenía
amistad con los protagonistas de la misma y posteriormente fui
el juez instructor que se encargó del asunto.
Supongo que después de tantos años no hago mal a
nadie si relato someramente los hechos. Para empezar podemos presentar
a los principales implicados. Llamémosles Teófilo
y Matías. No son sus nombres verdaderos, por supuesto,
pero los auténticos no añadirían nada a la
historia y aún tienen descendientes que podrían
considerarse ofendidos si se les identifica de modo fehaciente.
Teófilo era escultor, un buen escultor, no de esos que
han pasado y pasarán a la Historia del Arte con mayúsculas
y cuyas obras pueden admirarse en El Prado, el Louvre o L'Hermitage,
pero sí un escultor que vivía bien de su trabajo
y que se había especializado en hacer bustos de próceres
locales, ya se sabe, presidentes de diputaciones provinciales,
alcaldes, magistrados de las Audiencias Territoriales, en fin,
toda esa gente cuya mayor obsesión es legar a sus conciudadanos
un recuerdo de su paso por el mundo. Matías, por el contrario,
no tenía veleidades artísticas de ningún
tipo. Era un empresario de éxito, un industrial como se
decía entonces, que hacía frecuentes viajes a Madrid
para vender sus productos y estar con su querida. No se trataba
de que no quisiera a su mujer pero en aquella época un
industrial que no tuviese querida estaba acabado, como hombre
de negocios y como hombre, simplemente. Yo era el tercero del
grupo. Lo digo porque aunque en un principio no tuve ninguna intervención
en el caso posteriormente participé de modo activo, en
parte debido a la amistad íntima que me unía a ambos.
Todo empezó cuando Matías encargó a Teófilo
que le fabricara - ésa fue la palabra que empleó
- una estatua para colocarla en la entrada de la nueve sede que
había erigido para su empresa. Aunque, como ya he mencionado,
Matías no tenía ni pizca de sensibilidad artística
ni, mucho menos, inquietudes culturales de ningún tipo,
en el ambiente económico y social en el que se movía
eso se valoraba y él tenía olfato suficiente para
adaptarse a cualquier tipo de situaciones siempre que intuyera
que era bueno para sus negocios.
Se trataba de un encargo ambicioso aunque muy bien pagado. Teófilo
tenía que hacer una estatua de mujer que representara la
Belleza, así, con mayúscula. Le llevó casi
un año hacerla, con dedicación exclusiva, pero podía
permitirse ese lujo gracias a la generosidad de Matías.
Cuando por fin estuvo acabada, sin embargo, le dijo a su amigo
y cliente que no podía entregársela. Le había
salido la creación de su vida y no podía desprenderse
de ella, sería algo imperdonable. Se comprometió
a devolverle en cuanto pudiese el dinero abonado o, en su defecto,
a esculpir para él no una sino varias estatuas más.
Al principio todos pensábamos que Matías accedería
a su deseo, al fin y al cabo eran íntimos amigos y aunque
Teófilo no hubiese respetado el contrato su actitud, la
del artista que no quiere desprenderse de su obra maestra, era
totalmente comprensible. Además se había comprometido
a resarcirle por las cantidades ya pagadas. El propio Matías
así lo admitió pero de repente un infausto día
cambió bruscamente de opinión y empezó a
reclamar a su amigo que cumpliera su parte del contrato.
Al no ponerse de acuerdo recurrieron a mis servicios. Supongo
que debido a mi condición de magistrado no era raro que
cuando muchos de los allegados tenían problemas de este
tipo acudían a mí para que hiciera de hombre bueno
o, si se prefiere la expresión, de árbitro imparcial.
Como muchas otras veces accedí a sus ruegos convencido
de que les hacía un favor; sin embargo, cuando estuve al
tanto de todo, fui incapaz de darle la razón a ninguno.
Los argumentos de ambos eran suficientemente importantes y, por
otra parte, hiciera lo que hiciese aquello no tenía solución.
La amistad entre Teófilo y Matías se había
destrozado, rota en mil pedazos, y nada en la vida hubiera conseguido
recomponerla. Por mi parte, y sintiéndome libre de todo
compromiso al ver cómo había evolucionado el asunto,
maniobré en la sombra para que las cosas transcurrieran
acordes con mis intereses.
Los muchos años que estuve al servicio de la judicatura
me habían hecho conocer al dedillo todos los recovecos
del alma humana así que fue muy fácil para mí
conseguir que Matías, llevado por la ira y la desesperación,
asesinara a Teófilo en su estudio. Poco después
Matías, tras un juicio rápido y casi clandestino
para evitar una indecorosa publicidad, fue ajusticiado con el
tradicional y castizo método del garrote vil. El resto
pertenece a mi intimidad. Por completo.
No me fue difícil obtener el nombramiento de albacea de
los dos amigos y desde hace treinta años en una habitación
de la casa en la que vivo solo y a la que nadie nunca ha tenido
acceso se encuentra oculta la estatua que Teófilo esculpió.
Nunca sabré qué prodigio sobrehumano le inspiró
para realizarla pero jamás ha visto nadie una escultura
como ésa. No representa a la Belleza, es la Belleza. Y,
sobre todo, es el Amor. Jamás mujer de carne y hueso ha
sido más deseable que esa mujer de mármol, sin imperfección
alguna, siempre cálida pese al material del que ha sido
forjada y cuya sonrisa te envuelve de un modo capaz de hacerte
enloquecer. Por eso comprendo que Teófilo se negara a entregársela
a Matías y por eso no me extraña nada que cuando
este último la vio se negara a permitir a Teófilo
que se quedara con ella. No se trataba en el primer caso de un
apego especial a la obra maestra ni en el segundo de un desmesurado
apego a la propiedad privada. Se trataba lisa y llanamente de
amor, por eso, por amor, se enfrentaron los dos amigos, siendo
asesinado uno de ellos y ajusticiado el otro.
Y también por amor yo causé, en definitiva, ambas
muertes. Sé que he cometido un crimen horrible pero cuando
estoy junto a ella, junto a mi diosa de mármol, más
real y hermosa que cualquier mujer que haya pisado la tierra,
todas las dudas, todas las vacilaciones que he podido sentir en
algún momento, todo el peso que sobrellevo en mi conciencia
desaparece porque comprendo que hice lo que tenía que hacer.
Pronto, muy pronto, la edad y el corazón no perdonan, tendré
que rendir cuentas al Creador y sé que iré con las
manos manchadas de sangre pero aún así no tengo
miedo porque aunque he cometido un crimen nefando lo he cometido
sólo y exclusivamente por amor.
Matar por amor
ya no se estila, fue
publicado originariamente
en un libro de relatos editado
por la editorial digital, Novalibro.com,
y que se titulaba Variaciones sobre
el tema del crimen perfecto.
La
foto pertenece a un fotograma de la película
GUN CRAZY (
Vivir para matar)
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