EL
MEJOR AMIGO
Vicente
Battista
Todos la deseábamos, pero ni siquiera nos atrevíamos
a mirarla: Virginia era la mujer del jefe y nosotros conocíamos
muy bien las reglas del juego. Ella nos trataba con desprecio.
Solo reparó en mí cuando el jefe le regaló
el cachorro. Hay quienes aseguran que lo del perro fue un
capricho de ella, otros afirman que fue una idea de él,
como todo. Lo cierto es que una tarde en la casa grande apareció
el doberman, ya de pequeño era feo y fiero. El jefe
le buscó un nombre humillante.
-Lo llamaremos Pimpollo -ordenó y se echó a
reír.
Todos reímos. El se dirigió a Virginia y agregó:
-Ahora tendrás compañía. Acarícialo.
Virginia repitió: Pimpollo y comenzó a acariciarlo.
Estábamos acostumbrados a eso: jamás cuestionaba
una orden.
-¿Que te parece esta bestia? -me preguntó el
jefe.
Lo tuve un rato en mis brazos, le estudié el hocico
y dije lo que me parecía.
-Habrá que creerle -dijo-, en sus tiempos de alcahuete
entrenaba perros.
Todos festejaron menos Virginia. Me habló, era la primera
vez que me hablaba.
-¿Es cierto? -preguntó-, ¿cuando fuiste
policía...?
Dije que sí. Ella adoptó un gesto entre la inocencia
y la alegría.
-Podrías criármelo -sugirió.
El jefe largó otra de sus inmundas risotadas.
-No hay problema -dijo-, con este no hay problema.
Todos rieron. Se dirigió a mí y ordenó:
-Críaselo.
Con la excusa del cachorro comenzamos a vernos a diario. Es
cierto que yo no revestía peligro, apenas era un recadero
en la Organización. Tuve que soportar que incluyeran
una nueva burla a las habituales: para algunos era el que
le criaba el perro a la patroncita; para otros, el eunuco
del harem. No me importó. La había deseado desde
el primer momento y aunque no fuera nunca a ser mía,
el solo hecho de estar con ella; frente a ella, justificaba
la burla de los otros. Me dediqué por entero al entrenamiento.
El perro aun era cachorro pero ya me daba pruebas de obediencia.
Ahora también yo tenia a un subordinado. Virginia lo
comprendió pronto.
-¿Es capaz de obedecerte en todo? -preguntó.
Dije que sí.
Sonrió. Quise creer que entre ella y yo se estaba estableciendo
un pacto y en ese instante se me hizo cierta la historia que
circulaba de Virginia.
Decían que había ingresado en la Organización
igual que las otras mujeres: por su cuerpo. Aseguraban que
al principio hasta se había burlado del jefe y que
el jefe había aguantado esas burlas, que le había
consentido libertades sin pedir nada a cambio. Por eso, afirmaban,
llego a conocer cosas de la Organización que muy pocos
conocían. Decían que cierta tarde se había
sentido poderosa y que había olvidado los consejos
de las mujeres mas viejas: había hablado mas de la
cuenta sin saber, pobre idiota, que estaba hablando con un
espía del jefe.
A partir de ahí la historia se hace confusa, cada uno
tiene su propia versión y todas un punto de coincidencia:
la severidad del castigo. Dicen que le pegaron hasta el cansancio,
hasta que ella se echó de rodillas y suplicó
que, por favor, no le pegasen más. Dicen que el jefe
primero le orinó, otras veces le vimos hacer cosas
parecidas con algún castigado, aunque jamás
con una mujer, y dicen que después ordenó que
le atendiesen las heridas. Dicen que estaba tan lastimada
que no hubo modo de vestirla, que tuvieron que dejarla desnuda
en la jaula. Dicen que no la encerraron en una cárcel,
sino en una gran jaula. Dicen que el jefe quería transformarla
en un animal, en una bestia dócil y obediente. Dicen
que ahí estuvo, durante semanas, sola con su rencor.
Dicen que únicamente abrían la puerta para dejarle
la comida o para revisar las heridas. Dicen que cuando finalmente
curó, el jefe la dejó salir. Dicen que ella
había pensado en la muerte: nadie que se iba de boca
en la Organización vivía para contarlo. Dicen
que otra vez se echó de rodillas para pedir por su
vida. Dicen que el jefe no hizo nada, que solo mandó
que la bañaran y la preparasen. Dicen que ella fue
mansa y sumisa y dicen que contentó hasta el último
capricho del jefe, dicen que aceptó hasta la más
ruin de sus exigencias. Dicen que desde entonces supo transformar
el asco en un perpetuo gesto de placer. Idéntico al
que tenía cuando me preguntó si ese perro era
capaz de matar.
-Si, si yo se lo ordeno -dije.
Creció robusto. Lo fui criando huraño y feroz.
El jefe se había olvidado del animal, seguramente creía
que continuaba siendo ese cachorrito manso, que había
hecho traer para entretenimiento de Virginia. Ni ella ni yo
le hicimos ver lo contrario. Eso también, pensé,
era parte del pacto.
Una mañana hubo alboroto en la casa grande: el jefe
partía rodeado por sus mejores hombres. Supe que volverían
en un par de días, me acerque para despedirlo. Como
siempre, el perro iba a mi lado. El jefe no reparó
en mí, pero si en el animal.
-¿Esta bestia es...? -preguntó, sorprendido.
-Si -dije.
Se acercó para intentar una caricia, pero el perro
mostró los colmillos. El jefe retrocedió, era
la primera vez que lo veíamos retroceder.
-Tenés dos días para enseñarle que yo
soy el patrón -me ordenó-. Si cuando vuelvo
sigue así, no lo quiero ver en esta casa. Ni a él
ni a vos.
Lo sostuve por el collar, hasta que los coches se alejaron.
-¿Te alcanzará el tiempo?
Virginia estaba en la puerta principal y con un gesto ordenó
que me acercase.
-Los animales no piensan -dije.
-Yo pensé.
-Pero te costó más de dos días aceptarlo.
-Nunca lo acepté -dijo-. Tengo algo que proponerte.
Deja a esa bestia fuera, para que vigile.
Tendría que haberme negado, pero no pude evitarlo.
La seguí. Muy pocos hombres entraban a la casa grande;
ninguno al dormitorio de Virginia. Tuve miedo. Ella me ordenó
que cerrara la puerta.
-Tu jefe me da asco -dijo-, siempre me dio asco.
Sabía que haber escuchado aquello ya me condenaba,
quise huir. Me aferré al picaporte, pero no lo abrí.
-Échale llave -ordenó ella.
Obedecí como un autómata, pero no me separé
de la puerta. Virginia continuaba al pie de la cama, lentamente
comenzó a quitarse la ropa. Me costó aceptarlo:
estaba realizando un diabólico strip tease solo para
mí.
-Me deseaste desde el principio -murmuró-, desde el
primer día deseaste a la mujer del jefe.
Aprobé en silencio, pero no avancé un paso.
-Y la mujer del jefe ahora puede ser tuya. Atrévete
-ordeno.
Me abalancé sobre ella y le quité la poca ropa
que aun vestía; después comencé a acari
ciarla, codicioso. Virginia se dejaba hacer, fría y
solemne como un trofeo. Habló:
-Por mucho tiempo tuve que fingir el goce -dijo-. Quiero gozar.
La besé ansioso. Estaba poseyendo lo imposible y sabia
que iba a durar lo que un sueño. El miedo fue mas fuerte
que el deseo: acabé mal y pronto. Todo el tiempo imaginé
que el jefe estaba en el marco de la puerta. Virginia jadeó,
gritó, mordió mi cuello y araño mi espalda.
No le creí nada, pero lo sabia hacer: era su oficio.
-Salgamos de aquí -dije, mientras me vestía.
-No temas. Tardara dos días en volver -me tranquilizó.
-No importa, salgamos -supliqué, sentí que transpiraba.
-Todavía no te hice la propuesta -dijo.
Continuaba desnuda, le pedí que se cubriera. No me
hizo caso.
-Dijiste que es capaz de matar, que si se lo ordenas, es capaz
de matar.
No me atreví a contestarle. Afirmé moviendo
la cabeza.
Sobre su rostro se dibujó una sonrisa perversa, pero
ni con eso perdió su belleza. Me miró a los
ojos y sentenció lentamente, fríamente:
-Quiero que salte sobre él, quiero que lo destroce
y quiero estar presente cuando lo mate.
-Estas loca, vos estas loca. ¿Por qué le voy
a hacer caso a una loca?
-Porque si no le diré que me forzaste. Fíjate
como te mordí y te arañé para impedirlo.
Estas condenado.
Me acerqué con la mano en alto.
-También le diré que me pegaste, para obligarme.
Dejé caer los brazos, derrotado.
-Estas loca -murmuré y comprendí que finalmente
habíamos cerrado el pacto.
Durante dos días planificamos la forma de hacerlo.
Decidimos que no habría testigos: cuando el jefe y
ella quedaran solos en la casa grande, me llamaría
con cualquier excusa y yo acudiría con el perro. El
resto era asunto mío: apenas una orden y el salto asesino.
Le brillaban los ojos imaginando su momento de gloria. En
ese instante la desee otra vez, pero no dejó que la
tocara; prometió que la gozaría después
del crimen.
Regresaron pasado el mediodía. Los sirvientes se habían
alineado para esperarlos, yo estaba en la otra punta, Virginia
en la puerta principal y el perro atado en los fondos. El
jefe bajó del coche. Ignoró a los sirvientes
y a Virginia, se dirigió a mí.
-Veni, con vos tengo que hablar -dijo.
Sentí una convulsión, apoye las manos en mi
vientre.
-Como usted diga -alcancé a decir y seguí sus
pasos.
No se había ido el sol cuando uno de los sirvientes
vino a buscarme. Pidió que fuese a la casa grande,
con el perro. Todo sucedía como lo habíamos
planeado: en la sala sólo estaban el jefe y Virginia.
Ella tenia en los ojos el mismo brillo de los días
pasados. Me recibió con una sonrisa.
-Te mandé llamar... -comenzó a decir.
La voz del jefe sonó soberbia y definitiva.
-¡Cállate, hija de puta! -gritó.
Virginia entendió todo en un instante, pero esta vez
no tuvo tiempo de sentir ni odio ni desprecio; no tuvo tiempo
de hincarse de rodillas y pedir perdón. Tal como me
lo había ordenado el jefe, azucé al perro para
que saltara a la garganta de Virginia. Fue una verdadera carnicería,
hasta los más duros sintieron asco; yo no pude evitar
el vomito.
Le hemos conseguido una perra al perro, hacen una linda pareja.
El jefe dice que es bueno tener animales fieles en casa.
Fin