"EL
MUNDO EN NEGRO"
©José
Luis Muñoz
Conferencia inaugural
de José Luis Muñoz del Simposio Género Negro
de la Universidad Central de Bogotá
Buenas
tardes a todos. Agradezco a la Universidad Central la deferencia
que ha tenido de traerme a Bogotá, a ustedes por la amabilidad
de escucharme y por darme la oportunidad, ofrecerme la excusa,
de hablar de un género, el negro, el negro policiaco, el
negrocriminal, o como ustedes quieran llamarlo, que tiene millones
de lectores y fascina a no pocos escritores. Voy a hablar de un
género que se reivindica como popular, pero sin que en
el adjetivo podamos advertir un menoscabo de calidad, porque en
definitiva las novelas se clasifican en buenas y en malas; voy
a hablar de un género que han cultivado infinidad de autores
de todas las latitudes, y voy a hablar del estado de la novela
negra en mi país, que es lo que más conozco.
El crimen, uno de los ejes sobre los que pivota la literatura
negracriminal, aunque puedan darse novelas negras excepcionales
en donde no hay cadáver ni delito, y les citaré
una espléndida leída hace ya algunos años
y que les recomiendo de forma encarecida, "ULTIMA SALIDA
A BROOKLYN" del norteamericano Hubert Selby, una novela negra
pese a que no se produce en ella ningún delito, por su
ambiente, por sus personajes marginales, por su particular filosofía
de la vida, como Charles Bukowski también puede ser considerado
un novelista de género negro, o el mexicano Guillermo Arriaga,
más conocido por ser el autor de los guiones de "AMORES
PERROS" y "21 GRAMOS", de quién, gracias
a esos vuelos transoceánicos interminables que encima se
retrasan cuatro o cinco horas y te permiten releer "GUERRA
Y PAZ", estoy leyendo "EL BÚFALO DE LA NOCHE",
que es sin lugar a dudas un novelista negro aunque, y no creo
que suceda en las pocas páginas que me quedan para terminar
el libro, no haya indicios de crímenes. Pero es el crimen,
repito, que siempre ha acompañado a la condición
humana desde el bíblico asesinato de Abel por Caín
- no es un dato gratuito, desde mi parecer, que uno de los mayores
escritores de género negro, James Caín, homenajee
en su apellido al primer asesino de la historia - una de las esencias
de la novela negra. Y quizá sea lo más grave, fruto
de nuestras propias contradicciones, de que no somos ni blancos
ni negros, sino que dentro de nuestros corazones hay siempre zonas
grises, misteriosas, extrañas pulsiones, que nos caiga
mejor, al menos que nos sugiera más cosas, ese verdugo
bíblico ancestral vagando desterrado por el mundo por el
fratricidio cometido, que su beatífica víctima.
Si tuviera que escribir una novela mi personaje, sin lugar a dudas,
sería Caín. Es esa fascinación por el mal
que la humanidad ha tenido siempre, como un instinto maléfico
que las sociedades han tenido a bien reprimir, el que nos hace
sintonizar, en películas y en novelas, con los delincuentes,
por infractores, por rebeldes sociales, que con los policías
que deben perseguirlos.
Es de lo que se quejaba Edgar Hoover, jefe del FBI: "Esos
filmes que glorifican más a los delincuentes que a la policía".
La violencia, sea por ansias de poder, odio étnico, espíritu
tribal, machismo cerril, instrumento político, vehículo
económico, siempre ha existido y existirá, mal que
nos pese, y la historia de la humanidad está subrayada
en rojo con sangrientas guerras, colonizaciones salvajes y genocidios
de todo tipo, una violencia que ha sido más o menos aceptada
cuando la adoptan los estados, y condenada cuando la adoptan los
particulares. Y de eso trata precisamente el género negro,
de esa violencia amateur que ejercen los delincuentes al margen
del sistema.
Se hace complejo ubicar los comienzos de la novela negra y hay
opiniones para todos los gustos. Un entrañable amigo y
excelente escritor, Francisco González Ledesma, sitúa
el nacimiento del género en Dostoievsky y su "CRIMEN
Y CASTIGO". Hay quien cree ver en las violentas obras teatrales
de Shakespeare, llenas de ruido, furia y muerte, un predecesor
del género. El decimonónico Wilkie Collins y su
"PIEDRA ANGULAR" suele ser considerada como una novela
policíaca. También lo podría ser, por la
sordidez y violencia que exhala el relato, "EL DOCTOR JEKYLL
Y MISTER HYDE" de Robert Louis Stevenson, que abona la tesis
de ese dualismo que acompaña al género humano en
la persona de ese Jekyll que se convierte en el malévolo
Hyde. Pero en lo que más coincidimos los cultivadores del
género es en que "EL ASESINATO DE LA CALLE MORGUE"
de Edgar Alan Poe, marca una inflexión y puede considerarse
el primer relato policiaco propiamente dicho. La novela corta
del alcoholizado mago de la fantasía y el terror, de uno
de los autores que hizo de mi un adicto lector, reúne todos
los ingredientes de la novela policíaca, ya que es una
novela interactiva y hay en ella todos los elementos claves del
género: crimen, misterio, investigación y hallazgo
del culpable, aunque en este caso sea
un mono. ¡Qué
decepción!
En el término novela negra cabe un amplio abanico de literatura.
Existe la novela enigma, que a mi particularmente no me gusta
porque la considero más un juego de mesa para después
del té, muy británico, que verdadera literatura,
representada por Agatha Christie, que son novelas que se resuelven
como auténticos rompecabezas, en donde los asesinos son
pulcros, los crímenes apenas tienen sangre y los mayordomos
pechan con casi todas las sospechas. El asesino, invariablemente,
suele ser quién menos lo parece, lo que hace fácil
la resolución del enigma. Es una fórmula que invariablemente,
y con éxito, hizo servir la escritora británica
a lo largo de su fecunda carrera, aunque no tenga muchos seguidores
en la actualidad, salvo una novela que citaré, de cierto
éxito en mi país, "LOS CRÍMENES DE OXFORD"
del escritor argentino Guillermo Martínez, que aúna
su oficio de escritor con el de matemático, un relevante
best-seller en su Argentina natal, o las novelas de la octogenaria
P.D. JAMES, nacida en Oxford, que considero literariamente más
superiores a la de su predecesora la abuelita del crimen con que
se conocía a Agatha Christie. Dentro del mismo saco, pero
con más pretensiones literarias e intelectuales, podríamos
situar a Conan Doyle y su universal pareja Sherlock Holmes y doctor
Watson. O las novelas policíacas de Gilbert Keith Chesterton,
protagonizadas por el inefable Padre Brown, que eran extraordinariamente
ingeniosas y me depararon en mi juventud un enorme placer literario.
A esta categoría también pertenecen S.S. Van Dine,
autor hoy relativamente olvidado al que leí con pasión
y fruición. O Edgar Wallace, a quien el cine germano de
la época adoptó llevando al cine prácticamente
todas sus novelas.
Muy distinta a la novela enigma, y es con la que más comulgo,
sería la novela negra criminal, la novela en la que el
autor, se muestra equidistante entre el crimen y quien persigue
el crimen, en la que se trata de razonar sobre las causas y las
consecuencias de la violencia; novelas, muchas de las cuales narradas
desde el punto de vista del delincuente o desde el punto de vista
del policía que traspasa la línea roja que separa
su mundo del de la delincuencia; novelas sórdidas, porque
sórdida, sin duda, es el mundo de la delincuencia, de la
violencia, habitadas por personajes marginales, perdedores, fuera
del sistema, hacia los que no existe el más mínimo
atisbo de piedad; novelas en las que el drama de la predeterminación
y el fatalismo, el que las cosas, irremediablemente irán
de mal en peor porque así está escrito, las emparienta
con las grandes tragedias clásicas de Sófocles,
Eurípides y Esquilo. Son novelas en las que el autor y
el lector, por unos días, comparten esa fascinación
por el mal, por lo oscuro, que son, precisamente, la principal
virtud de esas novelas que se convierten en pesadillas; son novelas
llenas de violencia, sexo, personajes despiadados, realidades
sociales sin ninguna esperanza, la llamada hard boiled, en la
que han buceado los mejores autores de la novelística norteamericana
como Dashiell Hammet, Raymond Chandler, James Hadley Chase, James
Cain, Mac Behn - no dejen de leer "LA MIRADA DEL OBSERVADOR",
una pieza maestra -, Ross Mac Donald, Chester Himes, novelista
negro de la negritud, William Burnett, David Goodis, Horace McCoy,
Peter Cheyney, Jim Thompson, uno de los autores más significativos,
Donald Westlake y su "A QUEMARROPA", o la misma Patricia
Highsmith con su secuela de personajes psicóticos que pueblan
sus novelas, en donde también se ubicaría el Bret
Easton Ellis de la cáustica "AMERICAN PSYCHO",
una despiadada crítica al culto de la opulencia y el glamour,
el James Ellroy y sus novelas que son como disparos, telegráficas
y concisas, o Stephen King, el mago del horror. La nómina
de esos autores negros sería sencillamente interminable
y, como verán, los autores de lo más variado.
Y vamos también a otra de las características del
género negro: su carácter crítico con el
stablishment. La novela negra es, generalmente, una novela de
denuncia tan contundente como lo fueron en su época las
novelas sociales de Balzac o Zola. Las novelas negras muchas veces,
y puedo hablar con ello con conocimiento de causa de las que se
escriben mi país, son novelas militantes. Por ello es habitual,
aunque no siempre es así, y ahí tenemos al recientemente
desaparecido Mike Spillane, o a James Ellroy, que se declara conservador
y bushniano hasta la medula, que los novelistas de genero negro
se alineen alrededor de la izquierda.
En un intento de definir el género Manuel Vázquez
Montalbán escribió: "Es muy difícil
de explicar; es una novela basada en un hecho criminal que suscita
una investigación, un viaje o merodeo literario que utiliza
una retórica y unas claves formales ensayadas por una tradición
de género, el cual en un momento determinado es recodificado
por novelistas norteamericanos y se convierte en un referente
a partir del cual el género se modifica".
En mi país, sobre todo desde el mundo de la critica, se
sigue extendiendo el lugar común de que la novela negra,
la novela policíaca, es una literatura de playa, de verano,
de usar y tirar, o para coger el sueño en una noche de
insomnio. Tan arraigada esta esa creencia entre la crítica
literaria especializada que hay autores, pocos, por suerte, que
se avergüenzan de las incursiones que hayan efectuado en
el género y se arrepienten de sus pecados o desearían
haberlos cometido emboscados en el pseudónimo. Pero muchos
autores de prestigio, no precisamente conocidos por sus novelas
policíacas, se han acercado al género. Lo han hecho
el tándem formado por Jorge Luis Borges, uno de los más
concienzudos estudiosos del género, y Adolfo Bioy Casares,
de quien no hace muchos años, con la excusa de pergeñar
un trabajo para una revista literaria LEER de mi país,
leí un modélico relato policiaco, CAVAR UN FOSO,
que nada tiene que envidiar a James Cain; lo ha hecho Julio Cortázar,
uno de los principales culpables de que yo me haya dedicado a
la literatura, cuyos relatos fantásticos, relatos sobre
el mundo del jazz o del boxeo son piezas maestras de la literatura
negra aunque solo sea por el ambiente enrarecido repleto de humo
de cigarrillos y notas de música que recrea con su prosa
magistral; lo ha hecho Ernest Hemingway con verdadera maestría
en algunos de sus relatos llevados luego con fortuna al cine como
el magistral LOS ASESINOS que dio pie a esa extraordinaria película
de Donald Siegel CÓDIGO DEL HAMPA con Lee Marvin y John
Casavettes.
El mccarthysmo, el crack de la Bolsa y la consiguiente depresión,
hicieron aflorar el genero negro tal como se entiende en la actualidad
de la mano de autores como Dashiel Hammet, Raymond Chandler y
James Cain, que tenían luego una prodigiosa traslación
al celuloide en esas espléndidas películas de cine
negro de los años cincuenta protagonizadas por James Cagney,
Richard Widmark, Orson Welles, Joseph Cotten, Robert Mitchum de
la mano de los Henry Hathaway - "NIÁGARA" - ,
John Huston - "LA JUNGLA DEL ASFALTO" - , Orson Welles
- "SED DE MAL" - Kubrick - "ATRACO PERFECTO",
y Billy Wilder - "PERDICIÓN" -, obras maestras
que sedujeron a todos los que hemos hecho novela negra y nos aleccionaron
a la hora de hilvanar los diálogos y hacer mover a los
personajes. ¿Cuál fue nuestra escuela? Evidentemente,
el cine negro de los años cincuenta, ese cine en blanco
y negro con multitud de iconos, porque nuestra cultura, hablo
de los escritores de mi generación, ha sido antes cinematográfica
que literaria.
La calidad y la cantidad de novela negra manufacturada en Estados
Unidos es espectacular, pero existen otros mundos. Francia, por
ejemplo, una verdadera potencia literaria, con una cultura libre
de censuras y una tradición delictiva que les serviría
de inspiración, se inventaba el polar, porque partían
una gran tradición de novela negra gracias al prolífico
autor belga Georges Simenon y su comisario Maigret, que marcan
el inicio del género en Europa y ponen el acento, más
que en el crimen y en su resolución, que es la excusa narrativa,
en la sordidez de los ambientes por los que se mueve el discretamente
burgués Maigret aficionado al Calvados y a la buena mesa,
sin que estos ambientes marginales por los que deambula lleguen
a mancharle, porque Maigret, íntegro y buen marido, al
contrario de su autor, siempre volvía a casa y se reencontraba
con su esposa; en Simenon el proceso de investigación no
importa nada, hace lo que le da la gana, y acabas creyendo lo
que él dice por la complicidad psicológica que estableces
con Maigret y con su juego de relaciones con los personajes que
han ido apareciendo en la novela. Simenon, una pieza capital en
la novelística negra europea, ejerció una enorme
influencia en España, más que los autores norteamericanos,
gracias a la edición en colecciones populares de los casos
del comisario Maigret.
El cine también tuvo su peso. En el país galo se
desarrolló la nouvelle vague, muchos de cuyos autores como
Godard - "AL FINAL DE LA ESCAPADA", "ALPHAVILLE",
sobre una novela de Lemmy Caution, - Truffaut y su extraordinaria
"LA PIEL SUAVE" y, en menor medida, "LA NOVIA VESTÍA
DE BLANCO", inspirada en S.S. Van Dine, y "TIRAD SOBRE
EL PIANISTA", o Chabrol con "EL CARNICERO" y "LA
DÉCADA PRODIGIOSA", abrazarían los presupuestos
del género negro en sus películas siguiendo la estela
de su maestro indiscutible, Jean Pierre Melville y su actor fetiche,
Alain Delon, en "EL SAMURAI", o el Costa Gavras más
policial de "LOS RAÍLES DEL CRIMEN".
Hijos del mayo francés, hipercríticos con las instituciones,
innovadores y literarios, con un precedente provocador de la talla
de Boris Vian, de vida breve y atormentada, aficionado a la droga
y el alcohol, apasionado del jazz, que con el antifaz de un escritor
norteamericano negro y de genero negro, Vernon Sullivan, publicó
la escandalosa "ESCUPIRÉ SOBRE VUESTRA TUMBA",
Jean Patrick Manchette, Didier Daeninckx, Thierry Jonquet, con
una novela modélica, "TARÁNTULA", apuntalan
en Francia un género negro de nuevo cuño: el polar,
y lo sabían vender tan bien como sus vinos y quesos.
En España, por culpa de una dictadura fascista que nos
asfixió culturalmente durante cuarenta años, el
género apenas si tuvo cultivadores; nos teníamos
que conformar con leer novelas norteamericanas, que publicadas
por la editorial Molino en el formato popular de novela de kiosco,
nos permitió descubrir a Raymond Chandler, Erley Stanley
Gardner y Dashiell Hammet y ver sus películas de cine negro
o comprar las ediciones populares de las novelas de Maigret que
editaba Luis de Caralt. Hablamos de una España en donde,
por decreto, no había policías corruptos, ni banqueros,
gangsters, ni hombres y mujeres con vida sexual. Una España
de color sepia en donde la miseria política tenía
su precisa correlación en la miseria cultural.
Los primeros intentos serios en la posguerra española para
hacer novela policial -dejando aparte prehistorias- no llegaron
influidos por la novela negra norteamericana, que se conocía
poco y mal, sino por George Simenon y Agatha Christie, los dos
autores policiales más vendidos en España en toda
su historia.
Hay, durante el franquismo, algún autor destacable, más
que por su valor literario por su valor sociológico, y
que practica más la novela costumbrista que la policial,
como es el caso del manchego Francisco García Pavón,
autor de "LAS HERMANAS COLORADAS", "HISTORIAS DE
PLINIO" y "EL REINADO DE WITIZA" creador del policía
urbano Plinio que resuelve algunos casos criminales sin importancia
en su Tomelloso natal, una villa vitivinícola de La Mancha
en donde nunca sucede nada. Hay una novela aislada, "EL INOCENTE"
de Mario Lacruz, en donde el autor rehuye expresamente, y para
evitar cualquier tipo de encontronazo con la censura franquista,
toda alusión a personajes, situaciones e incluso lugares
reales, inventando una falsa geografía que remite a entornos
ibéricos; "EL INOCENTE" marca una inflexión
de lo que podría ser una novelística negra de calidad
a la que también se acercó otro grande de nuestra
literatura, Juan Benet, escritor atípico y vanguardista
con "EL AIRE DE UN CRIMEN", y el andaluz Alfonso Grosso
lo hizo con "LOS INVITADOS", novelando un crimen real
sin resolver, el asesinato de todos los miembros de un cortijo
andaluz. Tomás Salvador -que por su profesión de
policía y su vocación por la novela de acción
y realista llevaba mucha ventaja- publicaba "LOS ATRACADORES",
"CUERDA DE PRESOS", "CABO DE VARA" y "EL
CHARCO". Un tipo de literatura que convivía con la
llamada literatura de kiosco, novelas del Oeste o policíacas,
firmadas con pseudónimos por algunos autores españoles
que luego adquirirían un renombre como Guillermo López
Hipkiss o Silver Kane (seudónimo de Francisco González
Ledesma).
El subdesarrollo económico encarnado en una sociedad campesina
y poco cosmopolita, era poco apta para materia de novela negra.
Frente al glamour del gangster americano con sombrero calado hasta
los ojos, el detective con gabardina y la rubia fatal con vestido
de lamé, España ofrecía la imagen tosca de
un campesinado medio analfabeto y una delincuencia poco dada a
sutilezas que se mataba a palos o a navajazos, muy en la tradición
goyesca, y aun sigue haciéndolo en los pueblos de la España
profunda por cuestiones de lindes o rencillas ancestrales que
pudo haber generado una espléndida novela negra rural,
y de hecho Camilo José Cela y "LA FAMILIA DE PASCUAL
DUARTE" es novela negra.
La novela negra española nació con el cadáver
exquisito del general Franco, aunque muriera de muerte natural.
Ante unas fuerzas de seguridad que tradicionalmente han sido tan
pedestres como las españolas - la imagen de la pareja de
la Guardia Civil con tricornio patrullando el agro español
producía sencillamente pavor - , el agente de la ley no
despierta demasiada simpatía para el escritor. Como venía
a decir Juan Madrid, parece que la policía, más
que protegernos, nos vigila. No es de extrañar, entonces,
esa aversión al policía: hasta 1975, la tristemente
célebre brigada política-social no sólo se
dedicaba a aclarar delitos como robos y asesinatos, sino que actuó
también como policía política, torturando
y asesinando, interviniendo en la caza de comunistas y otros adversarios
políticos. Era la policía represora del régimen
franquista. En esas circunstancias resultaba muy difícil
presentarlos, literariamente hablando, como personajes positivos.
En los 70, la editorial Círculo del Crimen saca una colección
de novela policíaca exclusivamente escrita por españoles,
y a partir de ahí es donde empezamos a publicar los que
luego formaríamos parte del boom de los 80: Juan Madrid,
Andréu Martín, Fernando Martínez Laínez,
Julián Ibáñez, Lourdes Ortiz o yo mismo.
Pero no es hasta Manuel Vázquez Montalbán que el
género se dignificó. Si un intelectual como Humberto
Eco era capaz de escribir una gran novela policíaca ambientada
en el Medioevo, como "EL NOMBRE DE LA ROSA", Vázquez
Montalbán, otro reputado intelectual, periodista, crítico,
novelista y activista político, se adscribiría al
género mitad por juego, mitad por simple provocación.
La serie Carvalho, que tantos réditos dio a Vázquez
Montalbán como a lo novela negra española en general,
surgió de una apuesta etílica con unos amigos: Manolo
quería demostrar que era capaz de escribir una novela policíaca
en muy pocos días y así salió "YO MATÉ
A KENNEDY" y luego "TATUAJE", en donde ya Pepe
Carvalho se convierte en protagonista de la serie. Pero su heterodoxo
detective Pepe Carvalho, antes que investigador parece más
bien irónico observador de su entorno, con un acentuado
afán culturalista, con apuntes intelectuales, gastronómicos,
literarios y políticos, ajenos a las tramas de sus novelas.
Vázquez Montalbán utiliza las claves de un género
popular para pergeñar una personal visión histórica
de la España predemocrática, la transición
y la democracia. Las aventuras de Carvalho, imbricadas en todo
lo que ocurre a su alrededor, son un excelente rastro para reconstruir
al detalle la evolución de la sociedad española
de las últimas décadas que corre en paralelo con
la evolución del personaje, cuyos últimos estertores,
antes del fallecimiento de su autor, podrían haberle llevado
a escarbar en las cloacas de Filesa, Kio, Banesto, algunos de
los casos de corrupción económica más sonados
de mi país, los fondos reservados, uno de los mayores fraudes
de estado, ajustando las cuentas a De la Rosa, Roldán o
Mario Conde, afamados estafadores, o indagando en las tramas de
los traficantes de esclavos tercermundistas en el Primer Mundo
que el novelista ya intuía sería la delincuencia
del futuro. Vázquez Montalbán estableció
en casi todas las novelas de la serie Carvalho un distanciamiento
premeditado ante lo meramente policial para decantare hacia la
crítica social, hablar del desencanto democrático
y de la evolución de una sociedad desde el optimismo predemocrático
al escepticismo post-olímpico sin descuidar los hábitos
gastronómicos. No es un escritor de género estrictamente
hablando, sino que se sirve del género para hilvanar su
lúcido discurso político y social.
Yo dudaría en calificar la serie Carvalho de auténtica
novela negra. Para empezar, hay un distanciamiento de su autor
con respecto a lo que cuenta, un profundo descreimiento, hay demasiada
ironía, humor y un exceso de guiños culturales que
convierten la serie en una excusa literaria para que Vázquez
Montalbán nos cuente la reciente historia de España
a través de su detective gallego que envejece al mismo
ritmo que su autor. Hay ajustes de cuentas muy precisos, aparte
de los habituales libros que Carvalho - Montalbán incinera
en su chimenea de Vallvidrera, barrio residencial en donde residía
el propio autor, como "ASESINATO EN PRADO DEL REY",
sede de Televisión Española, escrita como venganza
a una serie de televisión sobre Carvalho que nada gustó
a su creador, o "ASESINATO EN EL COMITÉ CENTRAL",
en donde, con humor, Vázquez Montalbán asesinaba
a su jefe de filas Santiago Carrillo, entonces secretario general
del Partido Comunista de España, en la ficción literaria.
Puede que su mejor novela negra, aparte de "LOS MARES DEL
SUR", con la que ganó el Planeta, sea "GALÍNDEZ",
un trhiller electrizante que reconstruye el secuestro y asesinato
del diplomático del gobierno vasco en el exilio Galíndez
por parte de sicarios del dictador dominicano Trujillo. Es en
"GALÍNDEZ" donde Vázquez Montalbán
pone toda la carne en el asador y construye un trhiller político
modélico en la mejor tradición de novelistas de
la enjundia de Graham Greene o John Le Carré. No hay en
"GALÍNDEZ" un ápice de ironía,
no hay un solo guiño culturalista al lector, hay simplemente
una rigurosa y documentada historia que bebe de la mejor tradición
literaria y deviene, en mi opinión, en su mejor novela,
dentro o fuera del género negro.
Con el sentido de humor que le caracterizaba, virtud que Montalbán,
un catalán mestizo, debía a sus genes gallegos,
a la pregunta de alguien sobre si la literatura ha de servir para
algo, contestó: "Gracias a mis novelas muchas personas
han aprendido a guisar los espaguetis al marisco; incluso me los
encuentro por ahí y me dicen: hice la receta de tal novela
y me salió espléndida; la literatura por fin sirve
para algo". Esa característica de Vázquez Montalbán
como hombre polifacético, que lo mismo te hablaba de gastronomía,
que de política, que de literatura, y siempre de una forma
inteligente, fue lo que convirtió al autor catalán
en un personaje entrañable y querido, no sólo para
los de su profesión sino para gente que ni tan siquiera
había leído sus libros.
El éxito de la serie Carvalho, y una serie de eventos lúdico
literarios como la SEMANA NEGRA de Gijón, capitaneada durante
todos estos años por el escritor astur- mexicano PACO IGNACIO
TAIBO II, hicieron posible el nacimiento de un género literario
que carecía de la más mínima tradición
en nuestro país y se tenía que reinventar. Es de
Taibo esta brillante teoría sobre el alumbramiento del
género en España: "Nunca nos pusimos de acuerdo,
no hubo un pacto misterioso sellado con sangre, pero repentinamente
de ambos lados del Atlántico comenzaron a surgir las novelas
negras. Necesitábamos escribir literatura policíaca
porque le teníamos miedo a la policía".
Hubo autores que cultivaron el género y luego se arrepintieron,
como Eduardo Mendoza; otros que simultanearon periodismo y literatura,
como Jorge Martínez Reverte con sus libros policiales de
Gálvez; Lourdes Ortiz creó un detective femenino
con gracia y agilidad, pero no ha insistido después; Rosa
Montero sólo ha tocado el género tangencialmente
en "TE TRATARÉ COMO A UNA REINA", pero es un
problema de ambiente, no central de su obra. Lorenzo Silva, por
el contrario, uno de los autores de más éxito, alejado
generacionalmente de los pioneros antifranquistas de la novela
negra, convierte a una pareja de la guardia civil, Bevilacqua
y Chamorro, en sus investigadores. Lo mismo que hace Alicia Giménez
Barlett con la serie de la inspectora Petra Delicado, una de las
que más éxito dentro de la narrativa negra de mi
país. La lista puede resultar interminable y cada autor
aborda el género desde un punto de vista muy particular.
Julián Ibáñez, que utiliza al contable Novoa
como investigador; Pedro Casals y toda su serie protagonizada
por el elegante abogado Lic Salinas, que se mueve en el mundo
de las altas finanzas y resuelve sus casos sin el más leve
asomo de violencia, lo que lo convierte en rara avis dentro del
género negro en España; Fernando Martínez
Lainez, historiador, autor y editor; Jordi Sierra i Fabra, autor
eminentemente juvenil pero que también ha incursionado
en el género negro; Manuel Quinto, crítico de cine
que se acerca al género con una patina de humor a través
de las aventuras protagonizadas por Buenaventura Pals; Miguel
Agustí con "AMANTE MUERTE"; Ferran Torrent, el
novelista que escribe en catalán de más éxito;
Miguel Barroso y su "AMANECER CON HORMIGAS EN LA BOCA".
Autores, casi todos, que habían militado activamente en
la trinchera democrática, y por ello los policías
o eran corruptos o se saltaban las leyes, porque el policía
era un ser o que nos daba miedo o al que sencillamente odiábamos.
Surgieron durante esa primavera del género colecciones
de novela negra, como la mítica ETIQUETA NEGRA del asturiano
Silverio Cañada, y dirigida por Paco Ignacio Taibo II,
en la que tuve el honor de publicar mis dos primeras novelas de
género "EL CADAVER BAJO EL JARDÍN" y "BARCELONA
NEGRA", que lanzó al mercado la friolera de doscientos
títulos en dos años, incluyendo norteamericanos,
franceses, italianos, alemanes y españoles. Le siguió
COSECHA ROJA de Ediciones B. LA CUA DE PALLA en catalán.
ALFA 7 de Laia, en donde publiqué "LA CASA DEL SUEÑO",
que convocaba además un premio literario policiaco. El
boom de la novela negra, como antes había sucedido con
el boom de los escritores sudamericanos, inundó las librerías
durante un par de años. Todo el mundo se afanó en
escribir en clave de novela negra. Y de esa eclosión salieron,
y aun siguen dando guerra literaria, Juan Madrid y Andreu Martín,
quizá los más genuinos y más representativos
cultivadores del genero en mi país, junto con Francisco
González Ledesma, más próximo generacional
y sentimentalmente a Vázquez Montalbán y a Juan
Marsé, ganador del Premio Planeta en 1984 con "CRÓNICA
SENTIMENTAL EN ROJO" y creador de un personaje entrañable,
Méndez, un policía de la vieja escuela franquista
-aquí volvemos a estar en el lado correcto de la ley- un
tipo fracasado y perdedor aunque ideológicamente se encuentre
próximo a los vencedores, con un no muy brillante currículum
y que está de vuelta de todo, hacia el que el autor vuelca
una especie de condescendiente ternura mientras hurga en los pecados
inconfesables de la gente bien de la Ciudad Condal. A través
de su policía Méndez, González Ledesma pinta
una Barcelona nostálgica que ya sólo existe en su
memoria, o nos habla de una transición no cerrada en "TIEMPO
DE VENGANZA", una de sus últimas novelas.
Pero hablemos de los dos más genuinos representantes del
género en España, de dos de su mas puristas cultivadores
con una amplia obra que los respalda y una dedicación al
género casi absoluta.
La profesión de psicólogo se le nota a Andréu
Martín en sus novelas que tratan de indagar el mundo de
la psicopatía, que se siente fascinado por el lado oscuro
de la humanidad, por la aparente normalidad del delincuente que,
de repente, se convierte en monstruo, las bellísimas personas
de las que habla en la novela con la que ganó el premio
Ateneo de Sevilla. Martín parece volcarse más a
la indagación de la irracionalidad, la patología
y el horror de la vida cotidiana, con un lenguaje seco y directo,
lo que ha llevado a que su obra se califique como "terror
urbano". "APRENDE Y CALLA", 'A LA VEJEZ, NAVAJAZOS',
"MEMENTO DE DIFUNTOS", "CUIDADOS INTENSIVOS"
y, sobre todo, "PRÓTESIS", publicada por Martín
en 1980 y llevada con éxito al cine por Vicente Aranda
con el título "FANNY PELOPAJA", donde se nos
cuenta la fatal relación amor/odio entre un policía
y un delincuente, novela que la crítica señala como
la obra maestra de aquellos años.
Andreu Martín, escritor infatigable, ha cultivado con fortuna
la escritura de libros a cuatro manos con autores amigos como
Jaume Ribera, con el que lleva años escribiendo un policial
juvenil en torno al personaje de Flanagan, un adolescente que
investiga pequeños delitos que suceden en su entorno, con
Carles Quílez, un periodista de juzgados con el que ha
escrito "ASALTO A LA VIRREINA" y "PIEL DE POLICÍA",
o con Verónica Vila-San Juan con la que se ha atrevido
a escribir una novela de revancha de las maltratadas hacia sus
maltratadotes, una novela que recibe el título de "IMPUNIDAD".
A Juan Madrid, periodista, ex boxeador y profesor de historia
que pilota desde el centro peninsular el destello de la novela
negra, se le nota su pasado como militante de la izquierda clandestina
- según propias confesiones se formaría como novelista
redactando las octavillas y panfletos del Partido Comunista de
España durante su ilegalidad - y como cronista de la página
de sucesos de un diario madrileño en donde se curtió.
Madrid, reafirma el carácter realista de la novela negra
con un lenguaje exento de florituras que recurre con frecuencia
al argot, resulta más sobrio y escapa de digresiones. Con
Madrid se viaja por la geografía suburbial de un Madrid
poblado de seres marginales sin futuro ni historia a los que la
pobreza y la falta de posibilidades condicionan y llevan directamente
a los crímenes de cada día. Es un autor que funciona
con personajes, como las novelas de Toni Romano, ex boxeador,
ex policía, ex casi todo, tipo broncas de puño rápido
y pistola siempre a punto que malvive trabajando de vigilante
en salas nocturnas de tres al cuarto, le gustan los bocadillos
de calamares y se mete dónde no le importa, desarrolladas
entre 1980 y 1986 con las novelas "UN BESO DE AMIGO",
'LAS APARIENCIAS NO ENGAÑAN", "NADA QUE HACER",
"UN TRABAJO FÁCIL", o "JUNGLA", y el
policía gitano Manuel Flores de la serie "BRIGADA
CENTRAL", 13 volúmenes que darían lugar a otros
tantos capítulos televisivos con la cara de Imanol Arias,
que se desarrollaría a finales de los ochenta, en la época
en la que España vivía la integración europea
y los procedimientos policiales comenzaban a modernizarse.
Pero su novela negra más ambiciosa es curiosamente la que
menos lo parece y apareció bajo el sello de Alfaguara,
marcando una nueva dirección en su producción literaria:
"DÍAS CONTADOS". Madrid, a través de la
relación de un fotógrafo, que busca fotos impactantes
para una guía de Madrid, y un par de patéticas prostitutas
con las que se relaciona, Charo y Vanesa, nos habla del hundimiento
del barrio de Malasaña y el final de la movida. Madrid
dio el do de pecho en esta historia, dura y tierna a la vez, de
la que son protagonistas el sexo, la violencia y la droga y que
tuvo una exitosa traslación al celuloide de la mano de
Imanol Uribe que travistió al protagonista de fotógrafo
en etarra.
La moda de lo negro ha hecho que autores de los considerados serios
y sesudos, como Antonio Muñoz Molina o el exitoso Arturo
Pérez Reverte, estos dos últimos académicos,
o políticos como Fernando Morán, ministro de asuntos
exteriores en el gobierno de Felipe González, Miguel Ángel
Rodríguez, portavoz de José María Aznar,
y Joaquín Leguina, presidente de la comunidad de Madrid,
hayan abrazado el género. Muñoz Molina en "EL
INVIERNO EN LISBOA", una novela negra que suena a jazz desde
el primer momento, o en "PLENILUNIO", sobre la figura
de un psicópata. Pérez Reverte con "LA REINA
DEL SUR", sobre las andanzas de una jefa mafiosa de un cartel
mexicano de narcos de Sinaloa que resulta tan dura como cualquier
hombre. Un género con el que un autor de la talla de Juan
Marsé, uno de los mayores escritores vivos de mi país,
ha coqueteado numerosas veces desde "SI TE DICEN QUE CAÍ",
una de sus primeras novelas, hasta "CANCIÓN DE AMOR
EN LOLITAS CLUB", la que es, hasta el momento, su última
novela.
En cuanto a temas, quedan algunos vacíos incomprensibles
que no han sido tratados aún por la novela negra española
con el detenimiento que merecen. Uno es el tema del terrorismo
y el deseo de independencia del País Vasco y la problemática
de ETA, que ocupan el tema central de "LA TRAMPA" de
Eugenio Ibarzábal, "LA RUSA" de Juan Luis Cebrián,
ex director del diario El País, o de más recientemente,
José Javier Abasolo en "EL ANIVERSARIO DE LA INDEPENDENCIA"
en donde un ex militante de ETA reconvertido en ertzaina, policía
vasco de la hipotética República Vasca Independiente,
sufre en sus carnes el terrorismo de los unionistas, es decir,
la medicina que durante tantos años y con tanta saña
administró. Pero faltan novelas sobre los GAL, esa trama
delictiva auspiciada por los servicios secretos españoles
para terminar con la banda terrorista ETA, faltan novelas de calado
político que hablen de la corrupción en el último
periodo de Felipe González y de toda esa trama económica,
judicial, mediática y política que finalmente lo
tumbó, faltan novelas que hablen de cómo esos dos
relevantes hombres de las finanzas como el banquero Mario Conde
y el financiero catalán Javier de la Rosa no pudieron eludir
la cárcel a pesar de tener en sus manos material sensible
que comprometía a la misma monarquía.
La novela negra evoluciona al mismo tiempo que lo hace la sociedad.
La globalización importa y exporta el tipo de delitos y
el tipo de delincuentes. Las mareas migratorias hacen que aparezcan
nuevas mafias, como las de los traficantes de personas, que antes
no existían. La apertura de fronteras posibilita que circulen
libremente delincuentes y exporten sus modus operandi. España
sufre la violencia de las mafias militarizadas de los países
del Este, con gran experiencia en los conflictos de los Balcanes,
ex policías y ex militares, y también ajustes de
cuentas entre sicarios que en el país de ustedes resulta
moneda común, y en nuestras calles llegan a las manos Ñetas
y Latin Kings. Las nuevas novelas negras tendrán que incorporar
en sus páginas el fenómeno del jihadismo, y analizar
sus causas, sus efectos, describir el caldo de cultivo en donde
crece esa lacra que nos afecta globalmente y atenta contra nuestras
libertades y costumbres.
La novela negra es la nueva novela social de esta época,
es la que explica más a las claras como funciona el mundo,
cuál es su deriva. Para entender lo que pasa en Suecia
hay que leer a Henning Mankell. Los autores de novela negra suramericanos,
como mis amigos y colegas argentinos Raúl Argemí,
establecido en Barcelona, con "PENÚLTIMO NOMBRE DE
GUERRA" y Rolo Diez y su novela "PAPEL PICADO",
son quienes mejor han explicado el drama de los desaparecidos
en el Cono Sur porque lo han sufrido en carne propia; ni la realidad
mejicana puede ser explicada sin leer a Paco Ignacio Taibo II
y seguir las andanzas de su detective Héctor Belascoarán
Shayne, o es imprescindible leer a Ramírez Heredia para
acercarse al fenómeno de la Mara, o hay que dejarse sorprender
por la maestría fabuladora de Guillermo Arriaga; o si se
quiere tener una idea de la ambigüedad de la lucha entre
el bien y el mal, entre guerrilleros y paramilitares, resulta
imprescindible leer la documentadísima novela de mi amigo
venezolano Marco Tarré Briceño, la terrible "BALA
MORENA"; hay que leer a Rubem Fonseca para bucear en el Brasil
actual; sin duda para comprender la realidad social de su país
habría que leer a Oscar Collazos, Santiago Gamboa, Sergio
Álvarez o Jorge Franco Ramos; como para comprender el fenómeno
de los asesinos en serie en EEUU hay que recurrir a sus escritores
de género como James Ellroy, Thomas Harris o John Connolly;
para averiguar hacia dónde va la sociedad cubana es imprescindible
leer a mis amigos Lorenzo Lunar, Amir Valle y las novelas de Pedro
Juan Gutiérrez que destilan erotismo en cada página.
Y para saber lo que sucede en España nada mejor que leer
a Juan Madrid o Andreu Martín, como para saber lo que está
pasando con el tema de las pateras el escritor canario Antonio
Lozano es el indicado porque las ve llegar cada día desde
Senegal. Se puede viajar a Venecia de la mano de la norteamericana
Donna Leon. Se puede beber whisky irlandés en compañía
de Ken Bruem y su "MADEROS". Conocer Sicilia de la mano
de Andrea Camillari y su comisario Montalvano. Hoy en día
hay novela negra hasta en países islámicos, como
en Argelia, y allí está el caso del espléndido
Yasmina Kadra, el ex militar del ejército argelino que
escribe emboscado bajo el seudónimo de mujer su "TRILOGIA
DE ARGEL" en donde desvela las causas y los efectos del terrorismo
integrista en su país y ha traslado el escenario de su
última novela, "EL ATENTADO", a Afganistán,
y hay género negro incluso en países en donde no
hay delincuencia, como es el caso de Islandia, lo que puede motivar
que la ficción anime a la realidad.
En un mundo donde priman la violencia, el engaño, el soborno,
la coacción, en donde gobiernos se arrogan el papel de
delincuentes a gran escala, violan las leyes internacionales,
practican el secuestro, la tortura y el asesinato selectivo, en
donde la añagaza de daños colaterales, repulsivo
eufemismo, embosca la masacre injustificada, la novela negra puede
ayudarnos a meditar, a desbrozar el panorama y a sentir que somos
portadores de ideas y que éstas pueden ponerse a la vista,
donde otro sea capaz de opinar también. La novela negra,
como novela denuncia que es, como novela imbricada en todo lo
que sucede en la sociedad, porosa a los acontecimientos que conmueven
nuestro planeta, no puede ni debe quedarse indiferente ante la
barbarie desatada por fanatismos de uno y otro lado y debe tener
el coraje y el valor de indagar, descubrir y denunciar los oscuros
intereses que se ocultan bajo ese exceso de patriotismo que ha
llevado a la indeseada guerra de civilizaciones bajo la que vivimos.
No quisiera cerrar esta conferencia sin leer una frase de Vázquez
Montalbán, que resume el impulso que mueve a los escritores
de novela negra española: "Nos aburría tanto
lo que escribían los otros, e incluso lo que escribíamos
nosotros, que hicimos lo que haría cualquiera en este caso:
escribir lo que nos gustaría leer".
Muchas
gracias.
Octubre
2006