Juan Ramón Biedma
Conspiración y delirio en la Sevilla actual
Por : David G. Panadero
Juan Ramón Biedma ha irrumpido
hace poco en el panorama editorial español con dos títulos
demoledores: El manuscrito de Dios, novela oscurantista
de tinte anticlerical, que rápido se ha convertido en
'best seller', y El espejo del monstruo, thriller de
diseño disfrazado de posmoderno folletín. Con
ambas, que transcurren en una Sevilla pesadillesca, se confirma
el talento de un autor que se dirige al público masivo
a la vez que emplea las estrategias literarias más intrincadas.
Mucho
se ha hablado y escrito acerca de la pujanza de la literatura
fantástica española. La narrativa en España
casi siempre ha achacado la servidumbre del costumbrismo y el
compromiso social, y por ello rara vez ha podido incursionar
en el terreno de lo imaginario o la mera evasión; somos
la reserva espiritual de Europa y ese hecho engrandece a nuestros
narradores pero a la vez les ha condenado a ofrecer una obra
didáctica y comprometida, viéndose así
la literatura popular y de consumo masivo como fenómeno
frívolo y residual, a cultivar por otros.
Con todo, en los últimos veinte años hay una serie
de autores que se han abierto campo en el proceloso terreno
de la literatura de género. Y lo que es más meritorio,
sin renunciar a sus verdaderos nombres, sin parapetarse tras
sonoros apelativos de musicalidad anglosajona, como ocurría
en tiempos de Bruguera, con escritores como el bonachón
Silver Kane, más conocido como Francisco González
Ledesma.
Hablar de literatura fantástica en España equivale
a hablar de Rafael Marín y su ejemplar Lágrimas
de luz, de Rodolfo Martínez y Las huellas del
poeta, de Armando Boix y El jardín de los autómatas,
de León Arsenal y Máscaras de matar
Tantos y tantos autores que están ofreciendo respuestas
propias a propuestas típicamente anglosajonas, pues cada
uno de ellos, desde una perspectiva distinta, ofrece una visión
latina de la literatura fantástica, al insertar las tramas
en una idiosincrasia en la que se entremezclan las aventuras
'pulp', el fetichismo tecnológico, la fantasía
heroica y muchas más derivaciones, en ejercicios de estilo
depurados en los que se mima la palabra para evocar ambientes
propios de la imaginación popular en geografías
imposibles pero a la vez muy cercanas. Y es que bajo el Alcázar
puede esconderse una biblioteca esotérica digna del más
excéntrico Borges. Y la Barcelona de principios del siglo
XX se puede transformar en un decorado mucho más fascinante
de lo que los historiadores nos intentan hacer creer que fue.
Pero un asunto resulta sorprendente: con todo el legado histórico-artístico
que poseemos en España, con el ambiente social que nos
rodea y un pasado -quizás también un presente-
rotundamente católico, apenas encontramos literatos que
continúen la línea anticlerical propia de la novela
gótica. Siempre que se habla de goticismo en la actual
literatura gótica en España sale a colación
la excelente Pilar Pedraza, que con relatos como los recopilados
en Arcano Trece renueva y actualiza espacios y personajes
típicos de la más extremista novela romántica.
Otro gran cultivador del género gótico es el argentino
afincado en Madrid Norberto Luis Romero, que con obras como
Signos de descomposición crea espectáculos
fóbicos y claustrofóbicos dotados de la ritualidad
de los mejores clásicos.
Al margen de estos dos autores -y algún otro que quizás
ahora no tenga en mente-, la mayoría de los cultivadores
de literatura fantástica española parecen más
influidos por formas de expresión como el cómic,
las películas de alto presupuesto y los clásicos
de la literatura fantástica del siglo XX, aunque, como
es el caso de Rafael Marín y la ya mencionada Lágrimas
de luz, inserten ese legado en un afán culturalista
típicamente mediterráneo.
Por otro lado, en los últimos años proliferan
toda suerte de títulos que incluyen la palabra "Dios"
en el título, generalmente para seguir de cerca los 'thrillers'
más actuales, al estilo de El silencio de los corderos.
Todas estas obras tratan de ahondar en el pesimismo existencial,
generalmente para alimentar la sed de esoterismo del lector
actual, que se fascina ante misterios eclesiásticos,
casi siempre en medio de tramas en las que abundan las referencias
diletantes, todas ellas aderezadas con un falso historicismo
que viene a mostrarnos aspectos ocultos y ocultistas de nuestra
sociedad y sus instituciones. Pero no nos llamemos a engaño;
casi todas estas obras parecen estar escritas a contrarreloj,
para que sean leídas de esa misma manera. No es el caso
de Juan Ramón Biedma.
Si hace cinco años tuviese que pensar en autores vivos
de literatura gótica en nuestro país, indefectiblemente
hubiera citado a Pilar Pedraza y Norberto Luis Romero, sin embargo
ahora añado automáticamente a un tercero en discordia:
Juan Ramón Biedma. Con él tenemos a un escritor
de raza, conocedor tanto de los bolsilibros más imposibles
como de la narrativa de los maestros rusos, que consume tanto
cine de vocación espectacular como libretos de Chejov.
Y en cada una de las dos novelas que ha publicado hasta ahora,
El manuscrito de Dios (Ed. B, 2005) y El espejo del
monstruo (Ed. B, 2006) propone sendos espectáculos
tenebristas en los que convierte Sevilla en receptáculo
del mal y escenario inmejorable para aventuras detectivescas
condenadas al fracaso, en medio de lluvias intermitentes y noches
perpetuas.
Con El manuscrito de Dios, Biedma ha conseguido parir
un best seller inquietante, que desafía al lector de
manera mucho más intensa que la mayoría de las
actuales novelas seudo-históricas y no se acomoda en
soluciones esperanzadoras, renovando el sentimiento del goticismo
y la encadenación de misterios y enigmas culturales,
todo ello orquestado con un castellano preciso, y una forma
narrativa que resulta novedosa quizás por su clasicismo
y por la sencillez y rotundidad de su planteamiento, aunque
el autor enmascare su propuesta en un envoltorio escurridizo.
Amanecer
Negro
Tuve
la suerte de leer El manuscrito de Dios cuando aún
no era más que un manuscrito, pues faltaban meses para
que Ediciones B lo lanzara al mercado -con un sorprendente y
grato éxito, por cierto-. Eran los primeros meses de
2005. Juan Ramón Biedma lo había escrito hacia
2000, cuando era poco más que un treintañero,
y le daba el título provisional de Luz poniente,
en alusión al momento del día que más le
inspira, el pesado atardecer. También aludía con
ese título a la disposición de los templos católicos,
que se encaminan de las tinieblas a la luz, siempre orientadas
hacia Palestina, la cuna del cristianismo, en un intento de
burlar la oscuridad.
Muchos lectores y aficionados nos sorprendimos de encontrar
un debut literario tan satisfactorio y pleno, pues nos topamos
con una obra digna de autor veterano, sólida, inquietante,
que delataba miles de noches de lecturas e investigaciones esotéricas
y un cuidado esmerado tanto de la trama principal como de los
infinitos detalles que salpican a ésta. Costaba trabajo
creer que el autor no hubiese publicado antes ninguna otra obra.
No pude evitar preguntar unas cuantas cosas a Biedma, que me
respondió con humor y de manera muy directa. Respecto
a sus lecturas de adolescencia, me dice, "Leía con
voracidad de perturbado las novelas de los maestros ingleses,
franceses y rusos del siglo XIX y las folletinescas historias
de los cómics de la Marvel, que ahora en el recuerdo,
son una misma cosa. Escuchaba hasta memorizarlas las canciones
de la Nueva Trova Cubana, y el jazz, y el sinfónico de
la época. Flipaba con los polars. Metabolizaba todo el
terror y el policiaco -en formato escrito, dibujado o cinematográfico-
que caía en mis manos. Buscaba puertas en las reproducciones
de Salvador Dalí que llenaban las paredes de mi habitación...
la lista sería interminable".
Cuando le pregunto por sus referencias culturales más
personales, comenta su pasión por "las mujeres,
los bares, la noche y la lluvia. Los perdedores de John Huston
y Sam Peckinpah, los torturados de Graham Greene y Dostoievski,
los amorales de Shakespeare y el marqués de Sade, los
supervivientes de Dashiell Hammet, los iluminados de Julio Cortázar,
los cínicos de Jardiel Poncela, los perdidos de Raymond
Carver, los autodestructivos de Allan Poe..."
Insistiré en un punto: con solo esta novela publicada,
Juan Ramón Biedma se ha consolidado como un autor de
personalidad marcada, erudito y sólido, de carisma magnético
y prosa afilada. No me resisto a citarme a mí mismo:
sobre esta novela escribí para la revista Gigamesh, "El
manuscrito de Dios es, en suma, un excelente debut del autor,
a quien se le intuye tanta pasión por el cómic
y el cine de serie B como por los grandes clásicos de
la literatura. Está resuelta de forma espectacular y
cinematográfica, a la vez que conserva un sublime y desgarrado
estilo literario. No encuentro ninguna definición de
esta obra mejor que la proporcionada por Paco Ignacio Taibo
II: Estamos ante el resultado de un apareamiento entre Neil
Gaiman y Valle-Inclán."
Monstruos
a través del espejo
Este
arrollador debut literario no se había podido saldar
de manera más satisfactoria; en pocos meses, El manuscrito
de Dios superó los 10.000 ejemplares vendidos con
creces, y en menos de un año ha conocido edición
en bolsillo, que a buen seguro animará a multitud de
lectores ocasionales a incursionar en las zonas más degradadas
de ese Sevilla decadente.
Por suerte para los lectores, Biedma guardaba montones de ideas
en el tintero, y no pasaría un año hasta que recibiésemos
su nueva novela, El espejo del monstruo. Si en la anterior,
el autor mostraba una técnica narrativa diríase
de 'collage', llena de recovecos y laberintos, en esta ocasión
apostaría por un llamativo minimalismo literario; para
la nueva obra la referencia es la novela por entregas con todo
su esquematismo, de capítulos escuetos, ninguno de los
cuales supera las cinco páginas, siempre pendiente el
autor de mantenernos en una continua incertidumbre, merced a
las frases lapidarias que cierran cada entrega abriendo un nuevo
enigma.
El espejo del monstruo se ambienta en una Sevilla tenuemente
futurista, en la que por las calles caminan misteriosas compañías
teatrales improvisando 'performances', donde los arrabales y
las antiguas callejuelas, las iglesias y las naves industriales,
crean un ambiente compacto y frío, en medio de lluvias
interminables. El abogado Set Santiago acaba de cumplir condena
por el asesinato de su propia hija, y ahora le encargan la investigación
de una serie de crímenes; están apareciendo muertas
una serie de personas que ostentan deformidades físicas,
y son aniquiladas mediante los rituales de sacrificio de los
mártires católicos. Ya ha muerto una mujer que
tiene tres ojos, un hombre que tiene a otro adosado a la barriga,
una ex siamesa y un hermafrodita. Para completar el reparto
de esta obra de 'Grand Guignol' tenemos al policía Vendimia,
un hombre de aspecto repulsivo, con su cara calcinada.
Al atractivo de las propuestas hemos de sumar el eclecticismo
de la obra, donde se aúna la narración detectivesca
clásica con las formas del cómic de vanguardia,
el ambiente católico oscurantista -resulta fácil
pensar en la película Seven- con el 'thriller'
heterodoxo de diseño, todo ello ofrecido con una prosa
depurada que nos incita a leer sin parar.
He aquí lo que encontrará el que lea El espejo
del monstruo: "Una mujer con dos bocas, un hombre con
la cabeza cónica, una mujer sin dedos, un hombre perfectamente
formado de unos treinta centímetros de altura, una mujer
con una oreja en la frente, un hombre con una tercera pierna
atrofiada colgándole de la cintura, una mujer sin brazos,
un hombre con los genitales en la cabeza, una mujer sin nariz,
otra con la piel transparente, un hombre con un pulmón
externo adherido a la espalda, una mujer con los dedos fusionados,
un hombre con dos piernas que surgen de sus hombros y otras
dos de sus ingles
Mujeres y hombres."
Benditos
sean los enfermos
Al
apreciar la plasticidad de su prosa no pude evitar preguntar
a Biedma por su interés en otros medios de expresión
además del literario, y me comenta que ya ha preparado
un guión de cómic en el que va a continuar las
hazañas del indigente Riven, de la novela El manuscrito
de Dios. El cómic se llama Riven, la ciudad
observatorio, y lo va a publicar Ediciones B. Para la editorial
Dolmen ya ha avanzado un proyecto llamado Anfiteatro anatómico,
en el que ahonda en uno de sus temas predilectos: la deformidad,
entendida en sentido amplio.
Con Juan Ramón Biedma, pues, tenemos un escritor elegante
y sórdido, divertido, enérgico, entusiasta, que
al tener demasiadas cosas que contar, convierte sus novelas
en ejercicios de estilo 'bigger than life', en abigarrados vergeles
donde no hay lugar para un momento de descanso. Retomando las
ideas apuntadas al principio de estas líneas, no puedo
dejar de insistir en el lugar que ocupa Biedma dentro de la
narrativa fantástica española. Al igual que muchos
de sus colegas, se muestra abierto a la influencia de los medios
de comunicación de masas el cómic, el cine de
serie B y hasta los vídeo-juegos. Pero su gran baza es
subordinar toda suerte de referencias a un 'leit motiv' puramente
español: el catolicismo, con toda su fuerza iconográfica
y el tenebrismo que ésta implica. Y quizás en
lo cercano de estas raíces, en lo autóctono de
estas propuestas, resida el secreto de su exotismo. Si bien
muchos de los autores puramente góticos del siglo XVIII
y XIX ambientaban sus tramas en España, Italia o Grecia,
ofreciendo una imagen pintoresca de nuestro país y sus
costumbres, Biedma amplía y exagera esa caricatura sin
ninguna piedad, haciendo que esos severos retratos al óleo
resulten curiosamente reconocibles.
Comentaba al principio de estas líneas que, si bien la
literatura fantástica española vive un momento
dulce, aún sobran dedos de una mano -la mano izquierda,
claro- para contar a los autores puramente góticos, que
además aprovechen un escenario tan propio y a la vez
tan misterioso como España para hacer crecer sus ficciones.
Nuestra narrativa no tiene por qué ser mera traslación
de los modelos foráneos. Y con Juan Ramón Biedma
tenemos al recién llegado y a uno de los más importantes
dentro de los autores netamente góticos.