Por: José Ramón Gómez Cabezas
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| Alejandro Gallo |
En la Semana Negra de Gijón podemos verlo desdoblándose de personalidad de una manera casi esquizofrénica: puede estar presentando la novela de cualquier amigo en la carpa principal a la vez que controla la seguridad del evento o invitando a unas cañas a Eduardo Monteverde, eso sí, mientras te lo presenta firma unos ejemplares de su novela para una señora que amablemente se lo pide. Él es Alejandro Martínez Gallo, un gran escritor y una magnífica persona que tras el enorme éxito de sus libros anteriores, Asesinato de un troskista y Una Mina llamada Infierno, saca un hueco de su apretada agenda que en los próximos días lo va llevar hasta Bélgica, para charlar con sus amigos de La Gansterera.
“Caballeros de la muerte” su última novela, cuenta una historia muy emotiva basada en la vida de un teniente jefe de escolta de Negrín ¿Qué le lleva a retomar esta historia y cómo fue su relación con el personaje real?
El protagonista de Caballeros de la Muerte está basado en la vida de tres personajes reales. Recordemos que en la novela, por el año 1977, Andrés Rivera, el Mayor, tiene 65 años. Sus primeros años, hasta el 38 y 39, los basé en la vida de Ángel Fuertes, teniente de la Guardia de Asalto que defendió la plaza de Santander ante el avance del ejército franquista, para replegar sus fuerzas hacia Asturias. Cuando cayó todo el frente Norte, se unió al 5º Regimiento y formó parte de la expedición que escoltó a Juan Negrín hasta ponerlo a salvo en Francia. Del año 38 hasta el final de los maquis en Asturias, es un poco la vida de Manuel Caxigal, un guerrillero muy famoso en las cuencas mineras. Él, siempre que bajaba de las montañas e iba a Oviedo u otra ciudad, se disfrazaba de cura, pues era la única forma de que las fuerzas del régimen no le pidieran la documentación. Y la última parte de su vida es un entreverado de muchos luchadores que cuando terminó la guerra civil se unieron a las fuerzas de la resistencia francesa o a los partisanos de Tito para seguir luchando contra los nazis y el fascismo. Concretamente, tenía en mi mente a Miguel Campos, que fue el primero que entró en París, liberándolo de la ocupación nazi, al mando del blindado Guadalajara, perteneciente a la Novena División, formada íntegramente por españoles e incluida en la II División Acorazada de Leclerc.
En sus anteriores libros, Asesinato de un troskista y Una mina llamada infierno, hace continuas referencias a un tema que en su última novela Caballeros de la muerte se convierte en el eje central, la lucha social desde la base del pueblo durante la época de represión. En alguna ocasión, ha hablado de pensamiento débil y memoria corta dentro de la novela negra. ¿Es por esto que le preocupa en todas sus novelas recuperar esa memoria histórica que algunos no quieren recordar?.
Hace unos años, cuatro, para ser más exactos, en uno de los cafés semanales que disfrutaba con mi amigo Justo Vasco en la calle Corrida, de Gijón, me dijo: “Alejandro, ¿por qué no escribes novela negra?” “¿Yo?”, le respondí, entre la perplejidad y el asombro más absoluto. “Deberías hacerlo o intentarlo, yo creo que puedes expresar lo mismo que en tus ensayos, diciéndolo de otra forma y llegando a un público más numeroso”, remató Justo. Así nació mi primera novela. Y comprendí que tenía razón, siempre la tenía: sin necesidad de vulgarizar podía poner en solfa a Nietzche, Freud, Camus, Deleuze, Foucault, Kafka o Marx. Desde el primer momento, así lo entendí y lo entiendo. La novela negra se compone de una unidad dialéctica, de juego y diálogo. Casi siempre son opuestos y luchan en el interior del texto por llevar la supremacía, pero nunca debe vencer ninguno, ambos son necesarios. Por juego entiendo el enigma, el misterio que envuelve la novela y que es un poco el combustible que hace avanzar al lector a través de las páginas. Y por diálogo quiero expresar la complicidad que se da entre el autor y el lector a la hora de interpretar la realidad, expresada como metáfora por el escritor. En mi caso, el caballo de batalla de este diálogo que quiero llevar a cabo con mis lectores es el ataque sistemático al cáncer intelectual de nuestro tiempo, que se manifiesta en otra maldita unidad dialéctica compuesta por el pensamiento débil y la memoria corta, que está convirtiendo a los seres racionales en cosas que andan y sólo sirven para consumir y ser obedientes a un sistema socioeconómico mundial a todas luces injusto.
El Inspector Ramalho da Costa y Andrés Rivera, "el Mayor” protagonistas de Una mina llamada infierno y Caballeros de la muerte, respectivamente, son personajes complejos, con trazas de superhéroes, irreductibles, totalmente éticos, siempre en el sitio oportuno ¿Los personas principales de las novelas policiales deben tener siempre este perfil?
Cada escritor es muy libre de dar el estilo y el toque que quiera a sus protagonistas y personajes secundarios, para eso son una creación suya. De hecho así es, los hay cínicos, borrachos, puteros, ejemplares padres de familia, desencantados, cáusticos, glotones, sibaritas, pendencieros, nostálgicos, alegres, irónicos... Pero lo que siempre va a condicionar es el escenario en el que se muevan o en el que el autor los sitúe: no se mueve igual un protagonista por las noches de New York, que por las mañanas en un pueblo de Castilla, ni su lenguaje es el mismo si visita el Barrio de Salamanca o pulula por el cinturón industrial de Bilbao o las cuencas mineras. Si yo sitúo el escenario en las cuencas mineras de Asturias y León, debo crear un personaje creíble para los habitantes de allí, que se sumerja en su población como uno más. ¿Se imagina un personaje sibarita, algo dandy, bronceado por una máquina de rayos uva, picando carbón a quinientos metros bajo tierra con un martillo compresor de diez kilos en una mano durante diez horas? Si hablo de mineros, de guerrilleros antifranquistas, de huelguistas que caen abatidos por cuatro balas en la barriga, de gente que quisieron o quieren cambiar lo que les rodea, debo dibujarlos como son: recios, complejos, fieles a sus ideas y compañeros, éticos...
Pero el inspector Ramalho da Costa, el Trini, tiene trazas casi de superhéroe.
Bien es cierto que en la novela Una mina llamada Infiernoquise darle al inspector T. Ramalho da Costa, el Trini, un aire un poco heroico, pero tenía mis razones, ya que se iba a convertir en un personaje de cómic. De hecho, el guión ya está terminado y están trabajando en los dibujos.
¿Cuándo veremos en los kioskos y librerías el nº 1 del Inspector Da Costa, el Trini?
Espero que pronto, si todo va como está previsto.
Los investigadores de todos sus libros tienen algún vínculo de presente o pasado con la policía o el ejército, ¿esto es fundamental en la novela policial o tiene que ver más con la biografía del autor?
Los protagonistas de las novelas negras no tienen por qué estar vinculados a la Policía ni al Ejército. Es una decisión personal del autor o, quizás, la influencia de la historia que se cuenta. Es más, casi todos los grandes escritores de género de Latinoamérica prefieren colocar como protagonistas a otras personas con otras profesiones (Vea usted a Guillermo Orsi, Raúl Argemí, Ramírez Heredia...). Los autores norteamericanos prefieren la figura individualista del detective privado. Y los europeos son los que se centran más en protagonistas vinculados con la Policía. Si algo he aprendido del género negro es que no hay reglas, ni para las historias ni para sus protagonistas, lo importante es que narren sucesos interesantes que hagan sumergirse al lector en mundos desconocidos para él y que, al final, tanto lector como escritor salgan enriquecidos intelectualmente de la experiencia.
De alguna forma el pueblo minero está siempre presente en sus novelas ¿De dónde viene esa relación tan especial con el mundo de la mina?
En realidad, no hago tanta alusión al pueblo minero y sus luchas como a la historia negra, mítica e insurgente de una tierra: Asturias y León. Mi intención es escribir una trilogía sobre esa historia. La primera fue de minas (Una mina llamada Infierno); la segunda, sobre la guerrilla antifranquista, el Maquis (Caballeros de la muerte); y la tercera será sobre la Revolución del 34. Minas, Maquis y Revolución compondrán la trilogía. Si me va a preguntar cuándo tendremos en el mercado la última novela de la trilogía, le responderé que, si todo va según lo previsto, para dentro de diez meses. Aunque a los lectores de esta página (grandes amigos míos) les puedo dar una primicia: se titulará Revolución del 34: Caso abierto y el protagonista volverá a ser el inspector T. Ramalho da Costa que se sumergirá 70 años en la historia.
Pero siendo de Astorga y viviendo en Asturias es difícil que no exista una relación más personal con la minería.
Yo crecí en un pueblo minero, en el que la mina lo era todo para su gente. Después de un accidente grave en la mina, que casi le cuesta la vida a mi padre, vino una larga odisea por esos mundos: Alemania, Madrid, Toledo, León... Y en el año 97 recabé mucha información, como jefe de la policía local de Langreo. Langreo es el centro por antonomasia de la cuenca minera del Nalón, en Asturias, destino en el que estuve hasta el 2001, cuando me incorporé como jefe de la policía local de Gijón. Puedo decir, sin equivocarme, ni exagerar, que mi vinculación es visceral.
Y de la novela negra actual, ¿qué puede decirnos?
Creo que la novela negra en el Estado Español vive una luna de miel. Producto de que los aficionados al género han metido mucho ruido (como diría algún amigo mío, entre ellos Zeki). Esto se traduce en los numerosos clubes de lectura que hay por la geografía, la cantidad de series negras que están sacando las editoriales, blog especializados, etc. Pero lo mejor de todo es ver cómo los escritores, lectores y libreros forman una gran familia. A veces riñen entre ellos, pero la sangre nunca llega al río. Ya le digo: una gran familia. Esto no lo encuentra usted en otros géneros, ni en la poesía, ni en el relato infantil, ni en ningún otro, en los que parece que siempre andan a la gresca por ver quién se lleva el gato al agua.
Barcelona, Madrid, Bruselas, toda Asturias, la demanda para presentar “Caballeros de la muerte” está desbordando las previsiones de su autor que se muestra sorprendido pero a la vez tremendamente satisfecho con la opinión y comentarios de los asistentes a estos actos, en muchos casos antiguos combatientes que desde la distancia aplauden que Alejandro Gallo ejerza de escribano con unos hechos que indudablemente formaron parte de la historia, quizás de esa historia hasta ahora no escrita.