|

José
Carlos Somoza
|
|
|
|
LA
CAVERNA DE LAS IDEAS
© José Carlos Somoza
Julio
González Trabanco
Llegó
a Gijón en un tren negro, pero no de mugre y suciedad,
como aquéllos en los que Sabina viajaba hacia el Norte,
sino de negrura literaria, de oscuridad de comisaría de
barrio y emboscada portuaria. Parapetado entre las huestes detectivescas
de Paco Ignacio Taibo II y los periodistas de turno, José
Carlos Somoza da la sensación de ser la aguja perdida en
el pajar, el polizonte sin billete, el intruso en la serie lógica:
ajeno completamente al jolgorio festivalero, como si nada de todo
aquello tuviera mucho que ver con él, su presencia silenciosa
delata cierta calidad de hermetismo y soledad, que no son más
que una impronta artística, el estigma que marca a los
que se entregan desde muy pronto al ejercicio ininterrumpido de
la escritura. Así que, como ya hemos dicho, llegó,
arrastró durante unos días su consumido esqueleto
por la Semana Negra, habló de su novela (¡y que novela!),
y nos abandonó (¿en otro tren, quizá?) de
la misma manera taciturna y misteriosa con la que había
venido.
Lo primero que puedo decir de La Caverna de las Ideas es
que se trata de uno de los proyectos formalmente más arriesgados
y ambiciosos en la narrativa española de los últimos
años. Partimos de una línea argumental sencilla:
un reputado traductor de griego clásico, trata de desentrañar
el contenido de un misterioso manuscrito (cuerpo central de la
novela); y verdaderamente, nada parece haber de excepcional en
un relato de corte detectivesco, en el que se nos cuentan las
peripecias y aventuras de Heracles Póntor, de oficio Descifrador
de Enigmas, y el filósofo Diágoras de Medonte (helenización
de Sherlock Holmes y el Doctor Watson) para resolver los salvajes
y atroces asesinatos de jóvenes efebos cometidos en las
calles de la Acrópolis ateniense; el problema empieza cuando
entre las líneas y las palabras una mente perspicaz intuye
claves ocultas, caminos secretos hacia una verdad, incluso peligrosa
para el que traduce desde la tranquilidad de su estudio. Poco
a poco se irá tejiendo una compleja red de acontecimientos
en la que ambos universos ficticios, -el del propio manuscrito,
por un lado, y el del traductor (quien a través de las
pertinentes aclaraciones a pie de página, nos convertirá
en cómplices de sus dudas, temores y vivencias, hasta el
punto de ir conformando una trama 'marginal')-, enredan y entremezclan
sus hilos con el único objetivo de atrapar a la verdadera
y más inocente de las víctimas: el lector. Hasta
aquí todo apunta hacia un planteamiento más que
prometedor, pero en este punto nuestra novela negro-histórica
(como seguramente diría algún perverso etiquetador
de géneros) no se diferenciaría de tantas otras
ya escritas a lo largo de los siglos y admiradas por todos. Ahora
bien, la verdadera originalidad de La Caverna de las Ideas, radica
en el uso de elementos literarios de corte clásico, recursos
extraños y desusados para el autor contemporáneo,
como la eidesis, gracias a los cuales el texto adquiere ese 'toque'
de antigüedad y arcaísmo, hasta el punto que uno bien
podría pensar que verdaderamente fue escrito por un coetáneo
de Platón.
Pero lo más importante, y por encima de cualquier tipo
de consideración teórica, es que todo aquel que
se acerque a La caverna de las Ideas, se encontrará con
un libro ameno, intrigante, absorbente, de esos que a uno lo envuelven
con su hipnotizadora atmósfera, y lo hacen olvidarse del
reloj y trasnochar hasta horas intempestivas. Una vez hayáis
empezado a leer, no podréis evitar querer saber qué
va a suceder en la página siguiente. Os divertiréis
con los ingeniosos diálogos, en ocasiones no exentos de
humos negro, entre el Descifrador de Enigmas y su idealista e
irritante colega (basta decir que Diágoras de Medonte es
profesor de la famosa Academia platónica); sufriréis
por la suerte del Traductor, atrapado en la peligrosa espiral
de un enigma milenario; os dejareis seducir por un periodo histórico
tan lejano como apasionante, del que el escritor demuestra tener
un conocimiento más que profundo; y os quedaréis
gratamente sorprendidos por un final que superará vuestras
expectativas (el Epílogo es en si mismo el auténtico
broche de oro que necesita toda gran novela).
Y ya sólo nos queda aplaudir a Juan Carlos Somoza por haber
creado una obra innovadora, que rompe estereotipos, y que lo convierte
a sus 42 años en uno de los autores más interesantes
del panorama literario español. Por cierto, una vez más,
los pseudo intelectuales, los listillos de siempre, los que basándose
en prejuicios estúpidos y puntos de mira torcidos, siguen
considerando el relato detectivesco merecedor de un estatus literario
de segundo orden, se quedaran sin argumentos.
|
|
|