CRÍTICAS


 


 


Paco Igancio Taibo II

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MUERTOS INCOMODOS

Jesús Lens Espinosa de los Monteros

 

MUERTOS INCOMODOS Un buen, excelente día de finales de 2004, un desconocido abordó en la calle a Paco Ignacio Taibo II, escritor asturmexicano de novelas policíacas y director de la Semana Negra de Gijón. Fue un abordaje sorprendente.

El nombre del Correo no ha trascendido. Quizá se tratara del mismísimo Elías Contreras, Comisión de investigación chiapaneco, pero, como digo, ese dato no lo conocemos. El caso es que el Correo era portador de una misiva remitida desde las montañas del Sureste Mexicano por el mismísimo Subcomandante Insurgente Marcos a PIT II, y contenía una propuesta, todo un desafío, un reto, una oferta que, el novelista, no podía rechazar: escribir una novela a cuatro manos, a modo de serial, a base de capítulos alternos tipo réplica/contrarréplica (pero en positivo), con dos protagonistas y una sola historia.

El resultado de la "tentaera", que se pudo ir siguiendo, mes a mes, en el diario mexicano La Jornada, ya está editado en forma de libro: "Muertos incómodos (falta lo que falta)" y, ni que decir tiene, que es un libro muy, muy especial.

Todo comienza con las llamadas que un muerto realiza desde el más allá a Monteverde, un funcionario que comparte apartamento y existencia en el más acá con Tobías, un perro cojo. La voz de ultratumba habla de un tal Morales, un asesino y criminal de los años setenta al que el detective Héctor Belascoarán Shayne habrá de seguir la pista, treinta años después de cometidos sus desafueros.

A la vez, unas enigmáticas notas que el escritor Manuel Vázquez Montalbán dejó escritas antes de morir, hará que Elías Contreras, un Comisión de investigación de la selva de Chiapas, se ponga a seguir la pista… de un tal Morales.

Así comienza una sorprendente historia de fantasmas y desaparecidos, de cadáveres y reaparecidos, que cumple con los cánones de la mejor novela policial. Muy politizada, como no podía ser menos, teniendo en cuenta quienes son sus autores, pero novela ejemplar, al fin y al cabo.

El que espere un texto menor, de compromiso en el peor sentido de la palabra, un juego inofensivo, se llevará una fabulosa y gloriosa decepción. Porque el Marcos que escribe parabólicas Declaraciones desde lo más profundo de la selva de Lacandona ha dado poderosa vida a Contreras, personaje de una pieza y diversos registros, que habla, piensa y actúa como sólo un detective del EZLN puede hacer cuando, abandonando su Chiapas natural, ha de enfrentarse directamente con el Monstruo, con ese DF desmesurado y caótico, subyugante y adictivo.

¿Resultó fácil el ejercicio? Ni mucho menos. "En la madre, que duro es esto de hacer novelas", dice Taibo que decía Marcos, en mitad del proceso creativo.

Y el Belascoarán que Taibo II pone tras la pista del muerto es el mejor Belascoarán posible, el más astuto, el más comprometido, el más sagaz y el que mejor sigue conociendo tanto las calles como las profundidades e interioridades del Monstruo. No es un Belascoarán menor, así como de vuelta, pasota y aburrido. Ni modo. ¡Poderoso, avispado, insomne y deliciosamente pinche compinche, este Belascoarán Shayne!

Decía que estamos ante una novela muy especial, escrita de un modo muy particular por dos personas tan conocidas como comprometidas. Por todo ello, si "Muertos incómodos" dio que hablar cómo idea y siguió dando que hablar cómo serial en un diario mexicano, su publicación como novela, a buen seguro, no dejará indiferente.

De momento rondan por España las ediciones argentina y mexicana. La española saldrá en Destino. En otoño. Y, una vez comprada y leída la mexicana, ya estoy deseando hincarle el diente a la hispana (*). Porque quizá las palabras sean las mismas, pero el momento será otro y el yo lector, también.

Y no estará de más, entrando en el 2006, cuando se cumplirán setenta años del alzamiento militar fascista de 1936, repasar algunos conceptos presentes en "Muertos incómodos", como el Mal y el Malo, que siempre hay que tener claro quién es el enemigo, por mucho que la mona se vista de seda.

"Muertos incómodos" es un poderoso foco de luz que ilumina la penumbra en que se camuflan los malos de hoy, de ayer y de siempre, procurando pasar inadvertidos. Y sí, falta lo que falta, pero gracias a la novela de Marcos y de PIT II, hoy falta un poquito menos que ayer. Gracias, Jefes.


(*) No se olvide que los beneficios que genere cualquiera de las ediciones de "Muertos incómodos" en concepto de derechos de autor, irán destinados a la ONG "Enlace Civil A.C.", que, a su vez, los dedicará a obras sociales en Chiapas.

MUERTOS INCOMODOS
Paco Ignacio Taibo II y el Subcomandante Marcos
EDITORIAL : JOAQUIN MORTIZ


Septiembre 2005

 

DIAS DE COMBATE...

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

...y noches de padecimiento.

Pero empecemos por el principio. Hace unos meses, justo antes de salir para Etiopía, cayó en mis manos una de las aventuras del detective mejicano Héctor Belascoarán Shayne. La disfruté inmoderadamente. A lo bestia, quiero decir. Con total algarabía. Y como luego, durante nuestro viaje africano, a Anuca y a mí nos fue de maravilla, pues se me metió entre ceja y ceja que antes de iniciar otro viaje a África era necesario leer algo del mismo autor, el sin par Paco Ignacio Taibo II.

A priori, puede parecer una estupidez, lo reconozco. Pero igual que un futbolista o un torero supersticioso, antes de viajar me gusta cumplir con mis ritos habituales y dar rienda suelta a mis manías: cortarme el pelo casi al rape, afeitarme apuradamente, hacer la cama... y elegir qué libros habrán de acompañarme durante los siguientes días.

Nos íbamos a Tanzania. A intentar subir a lo más alto del Kilimanjaro. Como el reto era de los que imponían, pensé que si Belascoarán me había dado suerte en Etiopía, no me dejaría tirado en el Kili. Así que me llevé la edición de Booket, recién sacada del horno y dedicada por el autor.

En esta ocasión, Belascoarán se las tenía que ver con Márquez, un asesino despiadado, un estrangulador con aires de grandeza que iba sembrando el DF de anónimos intelectualoides y de cadáveres de jovencitas. Entre levantarnos, desayunar, caminar, poner al día el cuaderno de viajes y recrearnos con las maravillosas vistas que nos ofrecía el Kili, reconozco que no tenía mucho tiempo para leer. Pero, aunque fuera antes de dormir, siempre sacaba un rato de paz y tranquilidad para avanzar un poco en las aventuras de Belascorán y su estrafalaria cohorte de improvisados socios y colaboradores. No me centraba mucho en la trama, ni conectaba en exceso con los personajes, pero, como siempre, el universo creado por PIT II se me iba metiendo dentro: el México del smog y su intrincada red de alcantarillado, los tacos y los chiles, las canciones desesperadas, los programas de televisión cutrones, etc.

El último tramo de ascensión al Kili hay que hacerlo de noche. Así que, ya metidos en los sacos para intentar descansar unas horas antes de afrontar el momento decisivo, por fin pude empaparme bien de las andanzas del detective más chingón de México y su personal y quimérica cruzada contra uno de los representantes en la tierra del mal absoluto. Del Mal con mayúsculas. Con el duelo final entre buenos y malos rondando por mi mente, conseguí dormir un rato, y bueno, al despertar decidí que el libro no pesaba mucho y que sería un bonito homenaje a PIT II y a su adictiva prosa, personal e intrasferible; llevar a su Belascoarán hasta lo más alto de África.

Era noche cerrada y el cielo estaba cuajado de estrellas mientras, pole pole, íbamos subiendo por la ladera de la montaña. Nadie hablaba. Ni una palabra. Hacía frío. Y el cansancio se iba dejando sentir. Ni de beber éramos capaces.

Ateridos y con los músculos fatigados, tras cinco horas de subida, exhaustos, estábamos al borde del abandono y apenas éramos ya capaces de dar tres pasos seguidos. Además, todavía no se intuía en el horizonte un sólo jirón de claridad que anunciara el final de la noche, temible y tenebrosa. Y entonces, de repente, noté que me faltaba el aire. Joder. Esta vez no era una pérdida momentánea del resuello debido a lo empinado de la cuesta. Literalmente, me estaba asfixiando.

Y, con los ojos haciéndome chiribitas, al borde de perder la consciencia, lo ví.¡Márquez me estaba asfixiando! ¿Cómo? ¿Márquez? No podía ser cierto. ¡Márquez era un personaje de ficción! Y, sin embargo, ahí estaba, apretando sus manos de demente homicida en torno a mi cuello. No pude ni pensar en librarme de la presa de Márquez. - ¿Cómo es esto posible?- fue lo único que medio razoné mientras las piernas me flaqueaban.

Dicen que cuando uno va a morir ve pasar por delante de sus ojos los momentos más siginificativos de su vida. Quizá sea cierto, pero yo debí saltarme ese trámite porque lo único que vi fue el haz de luz frente a mí. Joder. La luz al final del túnel. Estaba definitivamente muerto. Me levanté y, resignado, me encaminé hacia el resplandor. Poco a poco. Despacio. Pole pole. Como si siguiese subiendo la montaña. Hasta que me di de bruces con ella.

- ¡Coño Jesús, a ver si tienes cuidado que casi me tiras!

Pero, pero... ¡si era ella! ¡La chica de la cola de caballo en persona! Allí mismo, frente a mí. Tan guapa como la describe PIT II en “Días de combate”. Alta, dura, guerrera. Y justo delante de ella estaba... ¡el mismísimo Belascorán Shayne!

- ¡Héctor! – exclamé alborozado - ¿Chingaste a ese hijo de mala madre? Te lo chingaste, ¿verdad que sí? Me pilló de improviso, compadre. El muy cabrón... ¿Te chingaste a ese pinche culero? Por cierto... tú... tú... ¿eres negro? Mira que no es que me importe un carajo, pero tan sólo... que me quedé sorprendido hermano. No recordaba que fueras negro.

- Do you feel alright, Jesus? – dijo el Belascoarán cobrizo.

- ¿Eh? Esto... yes, yes. Good. Very good... but... por qué... digo... why speak english you, Belascoarán?

Entonces, interrumpiendo mi diálogo con el mejor detective del DF, volvió a tronar su voz de ordeno y mando, femeninamente estridente e implacable:

- ¡Mira que te lo dije! Es que te lo dije. Siempre igual. Que te pongas la gorra... Que aunque no hace calor, el sol pega fuerte. Y tú, don erre que erre. Que me dejes tranquila y que no seas coñazo. Y, ¡hala! a leer como un capullo puesto al sol a ver si florece. Es que no tienes remedio.

¿Qué le pasaría a la chica de la cola de caballo? ¿Por qué estaba tan enfadada? Debíamos haber echado el guante a Márquez, ese condenado joto puto, y ella se ponía a darme voces. Y, además...

- ¿Por qué llevas una ropa tan rara tú? ¿Eh?

- Tú si que eres raro. No. Raro no. Cabezón. Y gilipollas. ¿Quieres espabilar de una vez? Mira que no llegamos arriba, que se me están congelando las manos... ¡Y allá empieza a despuntar el alba! ¡Espabila, cretino, que nos perdemos el amanecer! Venga hombre, que ya casi lo hemos logrado.

Al espabilar de verdad, lo que más me llamó la atención fue la cara de Bonny, nuestro guía tanzano. Dudo que jamás hubiera presenciado un acceso de mal de altura trufado de insolación tan surrealista como aquél. Dos metros de español loco balbuceando incoherencias sobre un estrangulador y un tal Nosequé Shayne mientras se le congelaba el moquillo en la nariz. Pobre. Al menos, tendría una anécdota divertida que contar a los demás guías cuando volviéramos al campamento. Se iban a descojonar bien a gusto, sin duda.

Finalmente, llegamos a lo alto del Kili. Afortunadamente, el sol más hermoso del mundo comenzaba a disipar las tinieblas que cubrían la superficie del abismo sobre el que nos encontrábamos. Pero, aún así, casi no pudimos hacer fotos ya que el intenso frío hacía que la cámara se congelara apenas la sacabas del bolsillo del forro polar. Y las pocas que hicimos, salieron movidas. Como con sombras o algo así. Es curioso. Parece que allá arriba, en el Uhuru Peak, junto a Anuca y a mí, ese amanecer se dejaba ver algo parecido a la silueta de una mujer con el pelo recogido en una larga cola además de una especie de áura, perteneciente a un tipo con inequívoco apellido vasco-irlandés... Qué locura.

Septiembre 2004

"Sombra de la sombra"

Jesús C. Lens Espinosa de los Monteros

Entre las "Veinte reglas para escribir un relato de intriga" que, en 1928 publicó S.S. Van Dine encontramos la que así reza: "No debe haber más que un detective, un protagonista de la deducción. Juntar las mentes de tres o cuatro detectives para resolver un problema dispersa el interés y rompe el rastro directo de la lógica, además de adquirir una ventaja nada limpia sobre el lector... es como hacerlo correr contra un equipo de relevos". Se suele decir que si las normas existen, es para romperlas, violarlas y hacer tabla rasa con ellas. ¿Sospecharía Van Dine que a finales del siglo XX iba a aparecer un autor de novela de intriga que, gozosa y festivamente, iba a destrozar no sólo la regla novena, sino prácticamente todos y cada uno de sus postulados?

En la maravillosa "Sombra de la sombra" son precisamente cuatro los detectives. Y el lector no siente que esté corriendo contra un equipo de relevos sino que, dada la desbordante imaginación que derrocha su autor, el universal hispano-mexicano Paco Ignacio Taibo II, en cada capítulo, se siente como un atleta que participa en la Maratón de Nueva York y tiene que luchar contra muchos miles de contrincantes. Sin embargo, ¿qué es lo auténticamente excitante de esa carrera? Ganar no, desde luego. Lo apasionante de tomar parte en una carrera popular es tener la ocasión de participar, de conocer distintos atletas, de correr, de sudar... y de terminar. Así, los entrañables Pioquinto Manterola, Tomás Wong, el Poeta Valencia y el Licenciado Verdugo constituyen uno de los mejores y más fabulosos equipos de rivales a los que he tenido la suerte de conocer y con los que me he tenido que enfrentar como lector de novela negra.

¿Cómo no amar incondicionalmente a unos tipos que, cuando van a visitar al convaleciente periodista Manterola al hospital, lo primero que hacen es tirar las flores y el agua del vaso que las sostiene y utilizar éste de cenicero, para, acto seguido, descolgar de la pared un grabado religioso de Durero y utilizarlo como base para montar uno de esos ilustrativos juegos de dominó con el que los protagonistas nos/se deleitan? PIT II es un tipo a todas luces excesivo, inclasificable, mestizo, heterodoxo, dionisíaco, prolífico y dotado del don de la ubicuidad literaria. Novelista e historiador, su capacidad para entreverar sus obras de lo mejor de ambas disciplinas le convierten en un autor total para el que las fronteras no existen. Ni las fronteras ni, mucho menos, los límites. Todos sus relatos son un a priori inverosímil mezcla entre novela negra, realismo social, denuncia, aventuras de capa y espada en versión del siglo XX y, por supuesto, un humor descacharrante. El resultado es una serie de novelas tan divertidas como apasionantes, intrigantes y comprometidas con los parias de la tierra.

En "Sombra de la sombra", PIT II, además de literato, fundador y organizador de la famosa Semana Negra de Gijón, nos novela un hecho real: el intento, allá por los años 20, de desgajar las tierras del norte de México, precisamente las que albergaban la mayor parte de las reservas petrolíficas del país, para que fueran anexionadas por los EE.UU. tras una efímera independencia como la República Independiente... del Oro Negro. Personajes históricos reales tienen el honor de participar en las aventuras de nuestros cuatro protagonistas. Comparten con ellos tragos largos y tiros certeros, noches en casas de lenocinio y tugurios varios con días de lucha anarquista en mitad de las huelgas gloriosas de aquéllos turbulentos años, pesquisas detectivescas con noches de sexo tórrido, premios de lotería y sesiones de hipnotismo con retruécanos, ripios, poemas y crónicas rojas.

Todo ello en el marco de un Distrito Federal que, por aquéllos entonces, aún no se ocultaba bajo el smog, ese manto de contaminación, polución y miseria que envuelve a la capital de México de final de siglo. El DF posrevolucionario era también turbulento y agitado, pero las figuras de Villa y Zapata todavía ejercían un notable ascendiente en sus habitantes, la Idea prendía como la yesca en los corazones nobles y la solidaridad era algo más que un mero truco de márketing bien rentabilizado por publicistas y relaciones públicas. Por fortuna, tenemos a Paco, el cronista oficioso de una ciudad tan mágica como fabulosa, tan real como, a la vez, irreal; para que nos la cuente con la pasión y el humor que le son característicos.

"Sombra de la sombra"
Paco Igancio Taibo II
Ed.B 1989
(reeditado por Txalaparta, 1996)

 

RETORNAMOS COMO SOMBRAS


Jesús C. Lens Espinosa de los Monteros.


Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, Ernest Hemingway se compró un barco, el Pilar, lo armó, acondicionó y pertrechó de bebidas para dedicarse a recorrer las aguas del Caribe en una constante búsqueda de submarinos alemanes, con la inequívoca intención de entablar singular combate con ellos. Sus biógrafos nos indican que la búsqueda fue permanentemente infructuosa y que, por tanto, no tomó parte activa en la gran guerra.

¿Seguro? Yo no lo estaría tanto. ¿Dónde estaba Hem. en la primavera del 42? - En Cuba, contestarán los más puestos. ¿Y no se movió de allí? Concretamente, ¿dónde estuvo la semana siguiente a una de sus más apoteósicas borracheras, conseguida a base de deleitarse con decenas de daiquiris por la zona del Malecón? Ahí, hasta los más expertos estudiosos de la vida del genio han de callar. Esa semana es un agujero negro en la biografía de Don Ernesto. O lo era. Porque Paco Ignacio Taibo II, biógrafo de otro Ernesto, ese Ernesto Guevara, también conocido como el Che, nos trae memoria de aquéllos días en su última obra "Retornamos como sombras".

Unos días que transcurrieron en un México convulso que se debatía entre una neutralidad aparente y una severa pugna entre germanófilos convencidos y aliadófilos pragmáticos.

Hem. se unió a una extraña partida de luchadores por la libertad compuesta por un tal Pioquinto Manterola, periodista y calvo; Alberto Verdugo, abogado y demente; Fermín Valencia, poeta manco y agente secreto; y Tomás Wong, proletario muerto y resucitado con el apodo de la Iguana Amarilla. Estoy seguro que esos nombres serán familiares al lector. No en vano son los mismos bragados y preclaros jugadores de dominó que, unos veinte años antes, consiguieron desmontar una oscura trama político - petrolera que, de haber prosperado, habría desgajado la zona petrolera de México en un estado independiente, dependiente de los EE.UU. Bueno, exactamente los mismos no son. Veinte años después, en palabras certeras del Poeta, son más inteligentes, más tercos, más cabrones, más emperrados... y menos completos.

Los nazis y sus adláteres mejicanos lo tienen crudo al enfrentarse a esta banda de cincuentones que, como los héroes de Dumas, no van a permitir que su México, pinche y lindo a la vez, padezca a la escoria nacionalsocialista en su propia tierra. ¿Qué buscan los alemanes en la selva chiapaneca? ¿Y en las costas del Golfo? La segunda pregunta tiene una más fácil respuesta: una base de aprovisionamiento para los submarinos que intentaban colapsar el comercio oceánico. Sobre el primer interrogante diremos que, tal y como ahora se ha hecho público acerca de Kennedy, Adolf Hitler necesitaba continuamente inyecciones de estimulantes para poder trabajar en pos de la destrucción del mundo. Y, cosas del destino, el mejor estimulante que sus médicos encontraron era la cafeína chiapaneca en estado puro. Si a eso unimos que una pirámide azteca, oculta en lo más intrincado de la selva, alberga en su interior secretos esotéricos por los que los consejeros del Fuhrer llevaban suspirando desde hacía décadas, el interés geoestratégico de México gana puntos en el mapa de operaciones de la II Guerra Mundial.

Nuestros cinco mosqueteros, ayudados esporádicamente por un extraño inglés que se hace llamar Graham Greene, por una senegalesa que tiene la facultad de leer los pensamientos ajenos, por un novelista cínico de nombre Revueltas y por todo un rey del danzón que trabaja en la embajada americana, tras una partida de póker celebrada en El Faro, un frenopático de las afueras del Distrito Federal, tomarán cartas en el asunto y... sería demasiado largo de explicar. Ametralladoras que se quedan sin munición, ritos extraños, puertas secretas, conspiraciones, daiquiris, lingotes de plata, secuestros, muertes y resurrecciones, alquimia y esoterismo, literatura y Beethoven y un largo etcétera de ingredientes conforman un espectacular cocktail que sólo un mago como PIT II es capaz de agitar y mezclar en las dosis justas y exactas para que conformen el más refrescante, sorprendente y excitante trago literario de este año.


RETORNAMOS COMO SOMBRAS
©Paco Ignacio Taibo II (2001)
Ediciones Destino (2001)

 

COSA FÁCIL

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros

 

Antes de emprender un viaje a un país más remoto que simplemente lejano, el viajero debe blindarse física y emocionalmente para que el regreso, semanas después, no le resulte excesivamente violento ni traumático. Porque cuando un pulcro europeo, acostumbrado a su esterilizada sociedad de seda y celofán, suaves perfumes y relajante música ambiental se sumerje durante algún tiempo en el corazón del África negra, sufre una serie de cambios que convierten la vuelta al hogar resulte descorazonadora, fría, aséptica, aburrida y, hasta cierto punto, odiosa.

Para contrarrestar esa decepcionante vuelta a la normalidad, como decía, el viajero debe blindarse de forma que, a su regreso, será imprescindible que se encuentre en casa con un disco que llevase tiempo queriendo oir, con esa película que, por fin, consiguió encontrar en un catálogo de venta por correo y, sobre todo, con un buen libro. O, aún mejor, con toda una serie de libros de alguno de sus autores favoritos.

En mi caso, y para evitar la profunda desazón que me invadió a la vuelta del Malí hace un par de años, antes de salir para Etiopía decidí preparar el blindaje de la forma más exhaustiva posible. De la parte musical y cinematográfica hablaremos en otra ocasión porque ahora toca hablar un poco de libros. Desde hacía tiempo venía resistiendo la tentación de lanzarme sobre "Cosa fácil" de Paco Ignacio Taibo II, uno de mis autores más queridos. En dicho libro, Paco nos presenta a uno de esos impagables personajes de nombre imposible: Héctor Belascoarán Shayne. Pero lo mejor es que con "Cosa fácil" arranca toda una serie posterior de aventuras protagonizadas por un peculiar detective privado que comparte su despacho con un plomero, un experto en drenaje profundo y un tapicero; testigos, interlocutores, confidentes y, a veces, colaboradores del sabueso.

Las novelas protagonizadas por Belascoarán son difíciles de encontrar en España. Uno hubo de encomendarse a los buenos oficios de Paco Camarasa, su santidad negra, para hacerse con ellos. Ahora bien, una vez conseguidos y alineados en la estantería... ¡que poderoso efecto de atracción tienen! Aguanté hasta la semana antes del viaje. Y entonces cedí a la tentación. Dejé que Belascoarán me acompañara, sin apenas dormir, por las calles fascinantes del Distrito Federal, escuchando a través de las ondas al Cuervo Valdivia, uno de esos locutores noctámbulos que, con su palabra, hacen que las largas horas de la noche y la madrugada pasen un poco menos lentas.
Nos enfrentamos Belascorán y yo, durante aquellas noches, a un secuestro, a un asesinato, a algún chantaje y a la posible resurrección de un héroe mitológico de la iconografía popular más universal: Emiliano Zapata. Sin pasamontañas esta vez. Aquella última semana fue vertiginosa. Por la mañana, el trabajo. Por la tarde, los preparativos del viaje y por la noche..., por la noche salía embozado a la calle para compartir desventuras con un detective de 31 años, mexicano para su fortuna y desgracia, divorciado y sin hijos, enamorado de una mujer que estaba lejos, inquilino de un despacho cochambroso. Con una maestría en Tiempos y Movimientos en universidad gringa y un curso de detective por correspondencia en academia mexicana; lector de novelas policiacas, aficionado a la cocina china, chofer mediocre, amante de los bosques, dueño de una pistola del 38, un poco rígido, un tanto tímido, levemente burlón, excesivamente autocrítico, que un día al salir de un cine había roto con el pasado y había empezado de nuevo."

De los desmesurados personajes y las rocambolescas tramas ideadas por Paco Ignacio Taibo II ya hemos hablado en otras varias ocasiones, pero todo lo que se diga es poco. Hay que hacerse con sus libros y disfrutarlos, desde la dedicatoria y la primera cita (en este caso, toda una declaración de intenciones: "Sólo hay esperanza en la acción" J.P. Sartre) hasta el punto y final. Un punto y final que, en "Cosa fácil" significa sólo un punto y aparte. Porque desde su atalaya en la estantería, Belascoarán me reclama, prometiendo más aventuras, enigmas y casos complicados de resolver que me ayudarán a superar el siempre terrible SFV: Síndrome del Final del Viaje. ¿Cuánto tardaré en ceder a sus cantos de sireno cínico e incorruptible? Poco. Muy poco. Ahora mismo no se me ocurre mejor compañía literaria para sobrellevar la vuelta... y la terrible amenaza de la Navidad, que ya se cierne sobre nosotros.

8 de Diciembre de 2003.

 


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