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MUERTOS
INCOMODOS
Jesús
Lens Espinosa de los Monteros
Un
buen, excelente día de finales de 2004, un desconocido
abordó en la calle a Paco Ignacio Taibo II, escritor
asturmexicano de novelas policíacas y director de la
Semana Negra de Gijón. Fue un abordaje sorprendente.
El
nombre del Correo no ha trascendido. Quizá se tratara
del mismísimo Elías Contreras, Comisión
de investigación chiapaneco, pero, como digo, ese dato
no lo conocemos. El caso es que el Correo era portador de una
misiva remitida desde las montañas del Sureste Mexicano
por el mismísimo Subcomandante Insurgente Marcos a PIT
II, y contenía una propuesta, todo un desafío,
un reto, una oferta que, el novelista, no podía rechazar:
escribir una novela a cuatro manos, a modo de serial, a base
de capítulos alternos tipo réplica/contrarréplica
(pero en positivo), con dos protagonistas y una sola historia.
El
resultado de la "tentaera", que se pudo ir siguiendo,
mes a mes, en el diario mexicano La Jornada, ya está
editado en forma de libro: "Muertos incómodos (falta
lo que falta)" y, ni que decir tiene, que es un libro muy,
muy especial.
Todo
comienza con las llamadas que un muerto realiza desde el más
allá a Monteverde, un funcionario que comparte apartamento
y existencia en el más acá con Tobías,
un perro cojo. La voz de ultratumba habla de un tal Morales,
un asesino y criminal de los años setenta al que el detective
Héctor Belascoarán Shayne habrá de seguir
la pista, treinta años después de cometidos sus
desafueros.
A
la vez, unas enigmáticas notas que el escritor Manuel
Vázquez Montalbán dejó escritas antes de
morir, hará que Elías Contreras, un Comisión
de investigación de la selva de Chiapas, se ponga a seguir
la pista
de un tal Morales.
Así
comienza una sorprendente historia de fantasmas y desaparecidos,
de cadáveres y reaparecidos, que cumple con los cánones
de la mejor novela policial. Muy politizada, como no podía
ser menos, teniendo en cuenta quienes son sus autores, pero
novela ejemplar, al fin y al cabo.
El
que espere un texto menor, de compromiso en el peor sentido
de la palabra, un juego inofensivo, se llevará una fabulosa
y gloriosa decepción. Porque el Marcos que escribe parabólicas
Declaraciones desde lo más profundo de la selva de Lacandona
ha dado poderosa vida a Contreras, personaje de una pieza y
diversos registros, que habla, piensa y actúa como sólo
un detective del EZLN puede hacer cuando, abandonando su Chiapas
natural, ha de enfrentarse directamente con el Monstruo, con
ese DF desmesurado y caótico, subyugante y adictivo.
¿Resultó
fácil el ejercicio? Ni mucho menos. "En la madre,
que duro es esto de hacer novelas", dice Taibo que decía
Marcos, en mitad del proceso creativo.
Y
el Belascoarán que Taibo II pone tras la pista del muerto
es el mejor Belascoarán posible, el más astuto,
el más comprometido, el más sagaz y el que mejor
sigue conociendo tanto las calles como las profundidades e interioridades
del Monstruo. No es un Belascoarán menor, así
como de vuelta, pasota y aburrido. Ni modo. ¡Poderoso,
avispado, insomne y deliciosamente pinche compinche, este Belascoarán
Shayne!
Decía
que estamos ante una novela muy especial, escrita de un modo
muy particular por dos personas tan conocidas como comprometidas.
Por todo ello, si "Muertos incómodos" dio que
hablar cómo idea y siguió dando que hablar cómo
serial en un diario mexicano, su publicación como novela,
a buen seguro, no dejará indiferente.
De
momento rondan por España las ediciones argentina y mexicana.
La española saldrá en Destino. En otoño.
Y, una vez comprada y leída la mexicana, ya estoy deseando
hincarle el diente a la hispana (*). Porque quizá las
palabras sean las mismas, pero el momento será otro y
el yo lector, también.
Y
no estará de más, entrando en el 2006, cuando
se cumplirán setenta años del alzamiento militar
fascista de 1936, repasar algunos conceptos presentes en "Muertos
incómodos", como el Mal y el Malo, que siempre hay
que tener claro quién es el enemigo, por mucho que la
mona se vista de seda.
"Muertos
incómodos" es un poderoso foco de luz que ilumina
la penumbra en que se camuflan los malos de hoy, de ayer y de
siempre, procurando pasar inadvertidos. Y sí, falta lo
que falta, pero gracias a la novela de Marcos y de PIT II, hoy
falta un poquito menos que ayer. Gracias, Jefes.
(*)
No se olvide que los beneficios que genere cualquiera de las
ediciones de "Muertos incómodos" en concepto
de derechos de autor, irán destinados a la ONG "Enlace
Civil A.C.", que, a su vez, los dedicará a obras
sociales en Chiapas.
MUERTOS
INCOMODOS
Paco Ignacio Taibo II y el Subcomandante Marcos
EDITORIAL : JOAQUIN MORTIZ
DIAS
DE COMBATE...
Jesús
Lens Espinosa de los Monteros.
...y
noches de padecimiento.
Pero
empecemos por el principio. Hace unos meses, justo antes de
salir para Etiopía, cayó en mis manos una de las
aventuras del detective mejicano Héctor Belascoarán
Shayne. La disfruté inmoderadamente. A lo bestia, quiero
decir. Con total algarabía. Y como luego, durante nuestro
viaje africano, a Anuca y a mí nos fue de maravilla,
pues se me metió entre ceja y ceja que antes de iniciar
otro viaje a África era necesario leer algo del mismo
autor, el sin par Paco Ignacio Taibo II.
A
priori, puede parecer una estupidez, lo reconozco. Pero igual
que un futbolista o un torero supersticioso, antes de viajar
me gusta cumplir con mis ritos habituales y dar rienda suelta
a mis manías: cortarme el pelo casi al rape, afeitarme
apuradamente, hacer la cama... y elegir qué libros habrán
de acompañarme durante los siguientes días.
Nos
íbamos a Tanzania. A intentar subir a lo más alto
del Kilimanjaro. Como el reto era de los que imponían,
pensé que si Belascoarán me había dado
suerte en Etiopía, no me dejaría tirado en el
Kili. Así que me llevé la edición de Booket,
recién sacada del horno y dedicada por el autor.
En
esta ocasión, Belascoarán se las tenía
que ver con Márquez, un asesino despiadado, un estrangulador
con aires de grandeza que iba sembrando el DF de anónimos
intelectualoides y de cadáveres de jovencitas. Entre
levantarnos, desayunar, caminar, poner al día el cuaderno
de viajes y recrearnos con las maravillosas vistas que nos ofrecía
el Kili, reconozco que no tenía mucho tiempo para leer.
Pero, aunque fuera antes de dormir, siempre sacaba un rato de
paz y tranquilidad para avanzar un poco en las aventuras de
Belascorán y su estrafalaria cohorte de improvisados
socios y colaboradores. No me centraba mucho en la trama, ni
conectaba en exceso con los personajes, pero, como siempre,
el universo creado por PIT II se me iba metiendo dentro: el
México del smog y su intrincada red de alcantarillado,
los tacos y los chiles, las canciones desesperadas, los programas
de televisión cutrones, etc.
El
último tramo de ascensión al Kili hay que hacerlo
de noche. Así que, ya metidos en los sacos para intentar
descansar unas horas antes de afrontar el momento decisivo,
por fin pude empaparme bien de las andanzas del detective más
chingón de México y su personal y quimérica
cruzada contra uno de los representantes en la tierra del mal
absoluto. Del Mal con mayúsculas. Con el duelo final
entre buenos y malos rondando por mi mente, conseguí
dormir un rato, y bueno, al despertar decidí que el libro
no pesaba mucho y que sería un bonito homenaje a PIT
II y a su adictiva prosa, personal e intrasferible; llevar a
su Belascoarán hasta lo más alto de África.
Era
noche cerrada y el cielo estaba cuajado de estrellas mientras,
pole pole, íbamos subiendo por la ladera de la montaña.
Nadie hablaba. Ni una palabra. Hacía frío. Y el
cansancio se iba dejando sentir. Ni de beber éramos capaces.
Ateridos
y con los músculos fatigados, tras cinco horas de subida,
exhaustos, estábamos al borde del abandono y apenas éramos
ya capaces de dar tres pasos seguidos. Además, todavía
no se intuía en el horizonte un sólo jirón
de claridad que anunciara el final de la noche, temible y tenebrosa.
Y entonces, de repente, noté que me faltaba el aire.
Joder. Esta vez no era una pérdida momentánea
del resuello debido a lo empinado de la cuesta. Literalmente,
me estaba asfixiando.
Y,
con los ojos haciéndome chiribitas, al borde de perder
la consciencia, lo ví.¡Márquez me estaba
asfixiando! ¿Cómo? ¿Márquez? No
podía ser cierto. ¡Márquez era un personaje
de ficción! Y, sin embargo, ahí estaba, apretando
sus manos de demente homicida en torno a mi cuello. No pude
ni pensar en librarme de la presa de Márquez. - ¿Cómo
es esto posible?- fue lo único que medio razoné
mientras las piernas me flaqueaban.
Dicen
que cuando uno va a morir ve pasar por delante de sus ojos los
momentos más siginificativos de su vida. Quizá
sea cierto, pero yo debí saltarme ese trámite
porque lo único que vi fue el haz de luz frente a mí.
Joder. La luz al final del túnel. Estaba definitivamente
muerto. Me levanté y, resignado, me encaminé hacia
el resplandor. Poco a poco. Despacio. Pole pole. Como si siguiese
subiendo la montaña. Hasta que me di de bruces con ella.
-
¡Coño Jesús, a ver si tienes cuidado que
casi me tiras!
Pero,
pero... ¡si era ella! ¡La chica de la cola de caballo
en persona! Allí mismo, frente a mí. Tan guapa
como la describe PIT II en Días de combate.
Alta, dura, guerrera. Y justo delante de ella estaba... ¡el
mismísimo Belascorán Shayne!
-
¡Héctor! exclamé alborozado - ¿Chingaste
a ese hijo de mala madre? Te lo chingaste, ¿verdad que
sí? Me pilló de improviso, compadre. El muy cabrón...
¿Te chingaste a ese pinche culero? Por cierto... tú...
tú... ¿eres negro? Mira que no es que me importe
un carajo, pero tan sólo... que me quedé sorprendido
hermano. No recordaba que fueras negro.
-
Do you feel alright, Jesus? dijo el Belascoarán
cobrizo.
-
¿Eh? Esto... yes, yes. Good. Very good... but... por
qué... digo... why speak english you, Belascoarán?
Entonces,
interrumpiendo mi diálogo con el mejor detective del
DF, volvió a tronar su voz de ordeno y mando, femeninamente
estridente e implacable:
-
¡Mira que te lo dije! Es que te lo dije. Siempre igual.
Que te pongas la gorra... Que aunque no hace calor, el sol pega
fuerte. Y tú, don erre que erre. Que me dejes tranquila
y que no seas coñazo. Y, ¡hala! a leer como un
capullo puesto al sol a ver si florece. Es que no tienes remedio.
¿Qué
le pasaría a la chica de la cola de caballo? ¿Por
qué estaba tan enfadada? Debíamos haber echado
el guante a Márquez, ese condenado joto puto, y ella
se ponía a darme voces. Y, además...
-
¿Por qué llevas una ropa tan rara tú? ¿Eh?
-
Tú si que eres raro. No. Raro no. Cabezón. Y gilipollas.
¿Quieres espabilar de una vez? Mira que no llegamos arriba,
que se me están congelando las manos... ¡Y allá
empieza a despuntar el alba! ¡Espabila, cretino, que nos
perdemos el amanecer! Venga hombre, que ya casi lo hemos logrado.
Al
espabilar de verdad, lo que más me llamó la atención
fue la cara de Bonny, nuestro guía tanzano. Dudo que
jamás hubiera presenciado un acceso de mal de altura
trufado de insolación tan surrealista como aquél.
Dos metros de español loco balbuceando incoherencias
sobre un estrangulador y un tal Nosequé Shayne mientras
se le congelaba el moquillo en la nariz. Pobre. Al menos, tendría
una anécdota divertida que contar a los demás
guías cuando volviéramos al campamento. Se iban
a descojonar bien a gusto, sin duda.
Finalmente,
llegamos a lo alto del Kili. Afortunadamente, el sol más
hermoso del mundo comenzaba a disipar las tinieblas que cubrían
la superficie del abismo sobre el que nos encontrábamos.
Pero, aún así, casi no pudimos hacer fotos ya
que el intenso frío hacía que la cámara
se congelara apenas la sacabas del bolsillo del forro polar.
Y las pocas que hicimos, salieron movidas. Como con sombras
o algo así. Es curioso. Parece que allá arriba,
en el Uhuru Peak, junto a Anuca y a mí, ese amanecer
se dejaba ver algo parecido a la silueta de una mujer con el
pelo recogido en una larga cola además de una especie
de áura, perteneciente a un tipo con inequívoco
apellido vasco-irlandés... Qué locura.
Septiembre
2004
"Sombra
de la sombra"
Jesús
C. Lens Espinosa de los Monteros
Entre
las "Veinte reglas para escribir
un relato de intriga" que, en 1928 publicó
S.S. Van Dine encontramos la que así reza: "No
debe haber más que un detective, un protagonista de la
deducción. Juntar las mentes de tres o cuatro detectives
para resolver un problema dispersa el interés y rompe
el rastro directo de la lógica, además de adquirir
una ventaja nada limpia sobre el lector... es como hacerlo correr
contra un equipo de relevos". Se suele decir que
si las normas existen, es para romperlas, violarlas y hacer
tabla rasa con ellas. ¿Sospecharía Van Dine que
a finales del siglo XX iba a aparecer un autor de novela de
intriga que, gozosa y festivamente, iba a destrozar no sólo
la regla novena, sino prácticamente todos y cada uno
de sus postulados?
En la maravillosa "Sombra de la
sombra" son precisamente cuatro los detectives.
Y el lector no siente que esté corriendo contra un equipo
de relevos sino que, dada la desbordante imaginación
que derrocha su autor, el universal hispano-mexicano Paco
Ignacio Taibo II, en cada capítulo, se siente como
un atleta que participa en la Maratón de Nueva York y
tiene que luchar contra muchos miles de contrincantes. Sin embargo,
¿qué es lo auténticamente excitante de
esa carrera? Ganar no, desde luego. Lo apasionante de tomar
parte en una carrera popular es tener la ocasión de participar,
de conocer distintos atletas, de correr, de sudar... y de terminar.
Así, los entrañables Pioquinto Manterola,
Tomás Wong, el Poeta Valencia y el Licenciado
Verdugo constituyen uno de los mejores y más fabulosos
equipos de rivales a los que he tenido la suerte de conocer
y con los que me he tenido que enfrentar como lector de novela
negra.
¿Cómo no amar incondicionalmente a unos tipos
que, cuando van a visitar al convaleciente periodista Manterola
al hospital, lo primero que hacen es tirar las flores y el agua
del vaso que las sostiene y utilizar éste de cenicero,
para, acto seguido, descolgar de la pared un grabado religioso
de Durero y utilizarlo como base para montar uno de esos ilustrativos
juegos de dominó con el que los protagonistas nos/se
deleitan? PIT II es un tipo a todas luces excesivo, inclasificable,
mestizo, heterodoxo, dionisíaco, prolífico y dotado
del don de la ubicuidad literaria. Novelista e historiador,
su capacidad para entreverar sus obras de lo mejor de ambas
disciplinas le convierten en un autor total para el que las
fronteras no existen. Ni las fronteras ni, mucho menos, los
límites. Todos sus relatos son un a priori inverosímil
mezcla entre novela negra, realismo social, denuncia, aventuras
de capa y espada en versión del siglo XX y, por supuesto,
un humor descacharrante. El resultado es una serie de novelas
tan divertidas como apasionantes, intrigantes y comprometidas
con los parias de la tierra.
En "Sombra de la sombra",
PIT II, además de literato, fundador y organizador
de la famosa Semana Negra de Gijón, nos novela
un hecho real: el intento, allá por los años 20,
de desgajar las tierras del norte de México, precisamente
las que albergaban la mayor parte de las reservas petrolíficas
del país, para que fueran anexionadas por los EE.UU.
tras una efímera independencia como la República
Independiente... del Oro Negro. Personajes históricos
reales tienen el honor de participar en las aventuras de nuestros
cuatro protagonistas. Comparten con ellos tragos largos y tiros
certeros, noches en casas de lenocinio y tugurios varios con
días de lucha anarquista en mitad de las huelgas gloriosas
de aquéllos turbulentos años, pesquisas detectivescas
con noches de sexo tórrido, premios de lotería
y sesiones de hipnotismo con retruécanos, ripios, poemas
y crónicas rojas.
Todo ello en el marco de un Distrito Federal que, por aquéllos
entonces, aún no se ocultaba bajo el smog, ese manto
de contaminación, polución y miseria que envuelve
a la capital de México de final de siglo. El DF posrevolucionario
era también turbulento y agitado, pero las figuras de
Villa y Zapata todavía ejercían un notable ascendiente
en sus habitantes, la Idea prendía como la yesca en los
corazones nobles y la solidaridad era algo más que un
mero truco de márketing bien rentabilizado por publicistas
y relaciones públicas. Por fortuna, tenemos a Paco, el
cronista oficioso de una ciudad tan mágica como fabulosa,
tan real como, a la vez, irreal; para que nos la cuente con
la pasión y el humor que le son característicos.
"Sombra
de la sombra"
Paco Igancio Taibo II
Ed.B 1989
(reeditado por Txalaparta, 1996)
Jesús
C. Lens Espinosa de los Monteros.
Durante
los años de la Segunda Guerra Mundial, Ernest Hemingway
se compró un barco, el Pilar, lo armó, acondicionó
y pertrechó de bebidas para dedicarse a recorrer las
aguas del Caribe en una constante búsqueda de submarinos
alemanes, con la inequívoca intención de entablar
singular combate con ellos. Sus biógrafos nos indican
que la búsqueda fue permanentemente infructuosa y que,
por tanto, no tomó parte activa en la gran guerra.
¿Seguro? Yo no lo estaría tanto. ¿Dónde
estaba Hem. en la primavera del 42? - En Cuba, contestarán
los más puestos. ¿Y no se movió de allí?
Concretamente, ¿dónde estuvo la semana siguiente
a una de sus más apoteósicas borracheras, conseguida
a base de deleitarse con decenas de daiquiris por la zona
del Malecón? Ahí, hasta los más expertos
estudiosos de la vida del genio han de callar. Esa semana
es un agujero negro en la biografía de Don Ernesto.
O lo era. Porque Paco Ignacio Taibo II, biógrafo
de otro Ernesto, ese Ernesto Guevara, también
conocido como el Che, nos trae memoria de aquéllos
días en su última obra "Retornamos como
sombras".
Unos días que transcurrieron en un México convulso
que se debatía entre una neutralidad aparente y una
severa pugna entre germanófilos convencidos y aliadófilos
pragmáticos.
Hem. se unió a una extraña partida de luchadores
por la libertad compuesta por un tal Pioquinto Manterola,
periodista y calvo; Alberto Verdugo, abogado y demente;
Fermín Valencia, poeta manco y agente secreto;
y Tomás Wong, proletario muerto y resucitado
con el apodo de la Iguana Amarilla. Estoy seguro que
esos nombres serán familiares al lector. No en vano
son los mismos bragados y preclaros jugadores de dominó
que, unos veinte años antes, consiguieron desmontar
una oscura trama político - petrolera que, de haber
prosperado, habría desgajado la zona petrolera de México
en un estado independiente, dependiente de los EE.UU. Bueno,
exactamente los mismos no son. Veinte años después,
en palabras certeras del Poeta, son más inteligentes,
más tercos, más cabrones, más emperrados...
y menos completos.
Los nazis y sus adláteres mejicanos lo tienen crudo
al enfrentarse a esta banda de cincuentones que, como los
héroes de Dumas, no van a permitir que su México,
pinche y lindo a la vez, padezca a la escoria nacionalsocialista
en su propia tierra. ¿Qué buscan los alemanes
en la selva chiapaneca? ¿Y en las costas del Golfo?
La segunda pregunta tiene una más fácil respuesta:
una base de aprovisionamiento para los submarinos que intentaban
colapsar el comercio oceánico. Sobre el primer interrogante
diremos que, tal y como ahora se ha hecho público acerca
de Kennedy, Adolf Hitler necesitaba continuamente inyecciones
de estimulantes para poder trabajar en pos de la destrucción
del mundo. Y, cosas del destino, el mejor estimulante que
sus médicos encontraron era la cafeína chiapaneca
en estado puro. Si a eso unimos que una pirámide azteca,
oculta en lo más intrincado de la selva, alberga en
su interior secretos esotéricos por los que los consejeros
del Fuhrer llevaban suspirando desde hacía décadas,
el interés geoestratégico de México gana
puntos en el mapa de operaciones de la II Guerra Mundial.
Nuestros cinco mosqueteros, ayudados esporádicamente
por un extraño inglés que se hace llamar Graham
Greene, por una senegalesa que tiene la facultad de leer
los pensamientos ajenos, por un novelista cínico de
nombre Revueltas y por todo un rey del danzón
que trabaja en la embajada americana, tras una partida de
póker celebrada en El Faro, un frenopático de
las afueras del Distrito Federal, tomarán cartas en
el asunto y... sería demasiado largo de explicar. Ametralladoras
que se quedan sin munición, ritos extraños,
puertas secretas, conspiraciones, daiquiris, lingotes de plata,
secuestros, muertes y resurrecciones, alquimia y esoterismo,
literatura y Beethoven y un largo etcétera de ingredientes
conforman un espectacular cocktail que sólo un mago
como PIT II es capaz de agitar y mezclar en las dosis
justas y exactas para que conformen el más refrescante,
sorprendente y excitante trago literario de este año.
RETORNAMOS COMO SOMBRAS
©Paco Ignacio Taibo II (2001)
Ediciones Destino (2001)
Jesús
Lens Espinosa de los Monteros
Antes
de emprender un viaje a un país más remoto que
simplemente lejano, el viajero debe blindarse física
y emocionalmente para que el regreso, semanas después,
no le resulte excesivamente violento ni traumático.
Porque cuando un pulcro europeo, acostumbrado a su esterilizada
sociedad de seda y celofán, suaves perfumes y relajante
música ambiental se sumerje durante algún tiempo
en el corazón del África negra, sufre una serie
de cambios que convierten la vuelta al hogar resulte descorazonadora,
fría, aséptica, aburrida y, hasta cierto punto,
odiosa.
Para
contrarrestar esa decepcionante vuelta a la normalidad, como
decía, el viajero debe blindarse de forma que, a su
regreso, será imprescindible que se encuentre en casa
con un disco que llevase tiempo queriendo oir, con esa película
que, por fin, consiguió encontrar en un catálogo
de venta por correo y, sobre todo, con un buen libro. O, aún
mejor, con toda una serie de libros de alguno de sus autores
favoritos.
En
mi caso, y para evitar la profunda desazón que me invadió
a la vuelta del Malí hace un par de años, antes
de salir para Etiopía decidí preparar el blindaje
de la forma más exhaustiva posible. De la parte musical
y cinematográfica hablaremos en otra ocasión
porque ahora toca hablar un poco de libros. Desde hacía
tiempo venía resistiendo la tentación de lanzarme
sobre "Cosa fácil" de Paco Ignacio Taibo
II, uno de mis autores más queridos. En dicho libro,
Paco nos presenta a uno de esos impagables personajes de nombre
imposible: Héctor Belascoarán Shayne. Pero lo
mejor es que con "Cosa fácil" arranca toda
una serie posterior de aventuras protagonizadas por un peculiar
detective privado que comparte su despacho con un plomero,
un experto en drenaje profundo y un tapicero; testigos, interlocutores,
confidentes y, a veces, colaboradores del sabueso.
Las
novelas protagonizadas por Belascoarán son difíciles
de encontrar en España. Uno hubo de encomendarse a
los buenos oficios de Paco Camarasa, su santidad negra, para
hacerse con ellos. Ahora bien, una vez conseguidos y alineados
en la estantería... ¡que poderoso efecto de atracción
tienen! Aguanté hasta la semana antes del viaje. Y
entonces cedí a la tentación. Dejé que
Belascoarán me acompañara, sin apenas dormir,
por las calles fascinantes del Distrito Federal, escuchando
a través de las ondas al Cuervo Valdivia, uno de esos
locutores noctámbulos que, con su palabra, hacen que
las largas horas de la noche y la madrugada pasen un poco
menos lentas.
Nos
enfrentamos Belascorán y yo, durante aquellas noches,
a un secuestro, a un asesinato, a algún chantaje y
a la posible resurrección de un héroe mitológico
de la iconografía popular más universal: Emiliano
Zapata. Sin pasamontañas esta vez. Aquella última
semana fue vertiginosa. Por la mañana, el trabajo.
Por la tarde, los preparativos del viaje y por la noche...,
por la noche salía embozado a la calle para compartir
desventuras con un detective de 31 años, mexicano para
su fortuna y desgracia, divorciado y sin hijos, enamorado
de una mujer que estaba lejos, inquilino de un despacho cochambroso.
Con una maestría en Tiempos y Movimientos en universidad
gringa y un curso de detective por correspondencia en academia
mexicana; lector de novelas policiacas, aficionado a la cocina
china, chofer mediocre, amante de los bosques, dueño
de una pistola del 38, un poco rígido, un tanto tímido,
levemente burlón, excesivamente autocrítico,
que un día al salir de un cine había roto con
el pasado y había empezado de nuevo."
De
los desmesurados personajes y las rocambolescas tramas ideadas
por Paco Ignacio Taibo II ya hemos hablado en otras varias
ocasiones, pero todo lo que se diga es poco. Hay que hacerse
con sus libros y disfrutarlos, desde la dedicatoria y la primera
cita (en este caso, toda una declaración de intenciones:
"Sólo hay esperanza en la acción"
J.P. Sartre) hasta el punto y final. Un punto y final que,
en "Cosa fácil" significa sólo un
punto y aparte. Porque desde su atalaya en la estantería,
Belascoarán me reclama, prometiendo más aventuras,
enigmas y casos complicados de resolver que me ayudarán
a superar el siempre terrible SFV: Síndrome del Final
del Viaje. ¿Cuánto tardaré en ceder a
sus cantos de sireno cínico e incorruptible? Poco.
Muy poco. Ahora mismo no se me ocurre mejor compañía
literaria para sobrellevar la vuelta... y la terrible amenaza
de la Navidad, que ya se cierne sobre nosotros.
8 de Diciembre de 2003.
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