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Raúl Argemí
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PENÚLTIMO
NOMBRE DE GUERRA
Jokin
Ibáñez.
Un
nuevo libro y un nuevo premio. La carrera de Raúl Argemí
en España está imparable. Puede parecer un exceso,
pero para convencerte de ello es necesario abrir el (los) libro(s).
Y ¡ay! cuando lo haces. Creo que las novelas de este autor
llevan una resina maravillosa que impregna las páginas.
Maravillosa porque te permite pasar las hojas una a una, pero
impide dejar abandonada la historia hasta el final.
Como en la novela anterior, Argemí parte de un accidente.
Pero en este caso, el protagonista-periodista es el herido que
nos narra la historia. A pesar de estar paralizado en la cama
anónima de un hospital perdido del fin del mundo (La Patagonia
suena aquí al fin del mundo), y pasar por un período
de amnesia, no ha olvidado su condición de reportero. Así
que se esfuerza en comprender y en entresacar la historia de un
indio patagón que se encuentra en la cama de al lado. Un
indio casi analfabeto que ha matado a su familia para purificarla,
porque en su fanatismo religioso había leído el
camino que debía seguir entre las páginas chamuscadas
de una Biblia.
Pero la historia no es tan sencilla.
Y entre las nebulosas del sueño y la vigilia que se dan
en esa habitación del hospital, los retazos de historias
desordenadas en espacio, tiempo y personajes que se relatan surge
un puzzle gigantesco, que Argemí hace encajar perfectamente.
Por allí desfilan evocaciones de los indios de la Patagonia,
abandonados a su suerte por la gente de raza blanca, de los milicos
torturadores de la dictadura argentina, de los revolucionarios
arrepentidos, de la sed de dinero de ciertos personajes.
Y en medio de todos, Raúl Argemí, oficiando de maestro
de ceremonias y dando muestra de su pulso de narrador. El conjunto
de experiencias que trajo de su país, lo está soltando
en la península de manera avasalladora, logrando unas novelas
redondas. Y si me gustó Los muertos siempre pierden los
zapatos, ésta me gusta mucho más. Si califiqué
aquélla casi como un western, con una violencia medida,
y un canto a la amistad, esta nueva novela es mucho más
rica psicológicamente, a pesar del número más
limitado de personajes. El escritor se hace más redondo,
más completo aún.
Lo dicho, Argemí ha vuelto a acertar. Y esperamos más.
PENÚLTIMO
NOMBRE DE GUERRA
Raúl Argemí
Editorial Algaida
Mayo
2004
PENULTIMO
NOMBRE DE GUERRA
Jesús
Lens Espinosa de los Monteros
Primero
e importante, la novela es del argentino afincado en Barcelona
Raúl Argemí, uno de los tipos más clarividentes
que he conocido nunca: muchas ideas y muy claras. Lengua ágil
y afilada. Ni la más mínima tibieza en sus consideraciones.
Argemí, autor de la celebrada "Los muertos siempre
pierden los zapatos", se ha descolgado en este caso con una
novela corta, pero compleja, densa y profunda. Lo que no debe
considerarse como sinónimo de aburrida, plomo o ininteligible.
Ni mucho menos.
En
pocas palabras, la novela cuenta una investigación que,
desde el hospital en que se encuentra encamado, lleva a cabo un
periodista herido en un accidente de tráfico. Entre la
vigilia y la duermevela, entre la clarividente consciencia de
un cuerpo insensibilizado por las heridas y la opiácea
irrealidad de los medicamentos inyectados en vena; asistimos a
una vertiginosa sucesión de imágenes que mezclan
presente y pasado, memoria y desmemoria, verdad e impostura. ¿Qué
pasó ese fatídico día? ¿Por qué?
¿Cómo?
Por
su longitud, es buena idea comenzar a leerla un día en
que el lector tenga por delante cuatro o cinco horas libres para
disfrutar de ella. De esa manera podrá leerla de un tirón,
algo que "Penúltimo nombre de guerra" pide a
voces. El armazón es complicado, siguiendo el modelo de
novela mosaico que autores como Paco Ignacio Taibo II o James
Ellroy han acreditado como altamente eficaz para contar muchas
historias secundarias que, como afluentes, terminan desembocando
y alimentando a un majestuoso gran río principal. La obra
de Argemí es un puzle perfecto en que todas las piezas,
aun las aparentemente más disparatadas, absurdas e incoherentes,
terminan encajando a la perfección. Por eso, leída
de un tirón, la novela gana muchos enteros.
Porque
a veces es frustrante estar leyendo una secuencia, una situación
que se te aparece como incomprensible por completo. Y, precisamente
de esa pequeña frustración, nace la superior satisfacción
de un final perfectamente hilvanado en que quedas convencido,
y hasta sorprendido, de que todo tenía un cierto sentido.
"Penúltimo
nombre de guerra" es como la vida: extraña, sorprendente,
imprevisible. E interesante. Muy, muy interesante. Un quilombo
de muchos quilates en que la desmemoria es más, mucho más,
que un recurso argumental. Es toda una declaración de principios,
no en vano se suele decir que quienes olvidan la historia están
condenados a repetirla.
Es
una novela distinta a la aventurera "Los muertos siempre
pierden los zapatos" porque en esta ocasión el reparto
de papeles es más complejo, más matizado que en
aquélla. ¿Quiénes son los buenos y quiénes
los malos? Esa es la cuestión, que el claroscuro, como
si de un cielo otoñal se tratara, es la tonalidad predominante.
Estamos ante una novela corta que cuenta muchas cosas, sugiere
bastantes otras y nos trae recuerdos de aún otras más.
Y eso no siendo uno argentino, que los chés, a buen seguro,
han de disfrutarla y llorarla bastante más.
Siempre
se ha dicho que los buenos perfumes vienen es frascos pequeños.
En este caso no podemos estar más de acuerdo. Las ciento
noventa páginas de "Penúltimo nombre de guerra"
son pura esencia de la más perfecta y reivindicativa novela
negra. Una novela de hondo calado y largo recorrido que pronto
me descubriré releyendo, más tranquila, más
pausadamente que lo hice el lunes. Sin el ansia por resolver el
enigma y llegar al final. Releyéndola por el puro placer
de disfrutar de la excelente prosa de Raúl Argemí,
uno de los mejores y más preclaros escritores del momento.
PENÚLTIMO
NOMBRE DE GUERRA
Raúl Argemí
Editorial Algaida
Junio 2004
EL
LARGO VIAJE
Comentario sobre
"PATAGONIA CHU CHÚ"
© Guillermo
Orsi
He
aquí una historia pequeña que, como la línea
ferroviaria en la que transcurre, arranca despacito, sin siquiera
la pretensión de llegar a destino.
Entre Jacobacci, provincia de Río Negro, Argentina, y Esquel,
en la provincia del Chubut, hay unos 400 kilómetros y ninguna
autopista. Hasta hace poco más de una década, un
tren que no era el AVE recorría esa distancia. De trocha
más que angosta y arrastrado por una diminuta locomotora
a vapor, constaba de dos o tres vagones y un furgón, abrigados
por estufas a leña, salamandras que los propios pasajeros
se encargaban de alimentar. Pese a detalles que cualquier turista
europeo calificaría como pintorescos, "la Trochita",
cuya velocidad máxima en pendiente no superó nunca
los 50 kilómetros por hora, era un medio de transporte
vital para los escasos y dispersos habitantes de la Patagonia
profunda.
A ese tren mítico sube Argemí sus personajes.
Haroldo Boccini y Genaro Manteiga lo abordan en una estación
cualquiera, con la intención de rescatar al Beto, que será
trasladado desde una prisión en medio del desierto, "la
unidad 28, donde vuelven locos a los rebeldes peligrosos".
A poco de iniciado el viaje, surge la tentación de hacerse
con el botín que también transporta el tren, dinero
en efectivo que será resignado porque se trata del salario
de humildes obreros ferroviarios, "los catangos, escarabajos
que se la pasan cavando en el barro". Y es que Boccini y
Manteiga no son delincuentes: Butch Cassidy y Bairoleto, los pomposos
"nombres de guerra" que adoptan, transitan la memoria
de viejas luchas sociales, fantasmas de carne y hueso transformados
en pasajeros de este viejo tren como podrían haber sido
los huéspedes de una casa ruinosa y decadente.
Las vicisitudes del rescate del Beto y la relación con
el resto de los pasajeros ocupa el cuerpo narrativo de la novela,
cuyo ritmo supera la velocidad del convoy como un ciervo a una
tortuga. Turistas extranjeros, bellas mujeres, policías,
guardas traidores y un maquinista croata que maneja el idioma
español con la misma versatilidad y cariño con que
conduce a la Trochita, acompañan al lector en un viaje
inolvidable por el corazón desolado de la Patagonia.
El vértigo que esta pequeña historia produce no
surge, como es evidente, de la velocidad que alcanza el convoy.
Como los pasajeros de "Los premios", de Cortázar,
embarcados en un buque carguero con la promesa de un viaje de
placer que deviene en derrotero introspectivo, estos pasajeros,
menos pretenciosos que aquellos, se conforman con sumarse a una
aventura sin salida pero por la que vale la pena jugarse.
Leyendo "Patagonia Chu Chú" recordé al
personaje encarnado por John Voigt que, en un curioso filme yanqui
de director ruso, encarna a un presidiario que secuestra una enorme
y rugiente locomotora para fugarse hacia la nada. A diferencia
de esa peripecia casi solitaria, Bairoleto y Butch Cassidy conquistan
la complicidad de viajeros que, de otro modo, habrían llegado
sin sobresaltos al final de uno más entre tantos viajes
vacíos en los que a diario gastan sus vidas miles de turistas.
Pero el vértigo, ese cosquilleo, ese erizarse de la piel
que produce muy de tanto en tanto la literatura, es el premio
con el que se encuentra el lector de la novela de Argemí.
Como en el buen Soriano de "No habrá más penas
ni olvido", los personajes de Patagonia Chu Chú ya
están de vuelta de cualquier aventura redentora y sólo
buscan ponerse a salvo de la lluvia de balas, alcanzar un refugio
digno, entibiarse bajo los apaciguados soles de la memoria.
Hacia ese pasado de luchas y derrotas, y marchando en reversa,
enfila a su manera el trencito en las últimas y emocionantes
páginas, aunque como dice su desopilante maquinista croata,
cuando hombre mucho tiempo falta, país suyo se le muere;
no más volver a donde hay.
Y es que aunque sobre sus ruinas o sobre una magnífica
modernidad flameen las banderas de las naciones, para el desterrado
no hay regreso posible.
Como corresponde a todo largo viaje, la patria que un día
dejamos será siempre un sueño del que despertaremos
al llegar.
PATAGONIA
CHU CHÚ
Raúl Argemí
Algaida
Premio García Pavón 2005
Abril
2005
El Gordo, el Francés y el Ratón Pérez
© José Ramón Gómez
Debería
estar tipificado en el Código Penal como delito, ¿porqué
una novela tan interesante como "El Gordo, el Francés
y el Ratón Pérez", no está publicada
aún en España? y hay que acudir al impresionante
fondo de una librería especializada como Negra y Criminal
para tener acceso a este librito por el cuál tanto franceses
como alemanes ya se han interesado y tienen intención
en breve de publicar. Acaso no es aval suficiente que estén
escritos por un autor que ha obtenido con "Los muertos
siempre pierden los zapatos" el XXI Premio Felipe Trigo
de novela y con la inquietante "Penúltimo nombre
de guerra" el Premio internacional de Novela Luis Berenguer,
premio Dashiel Hammet 2005, premio Novelpol y Brigada 21, con
"Patagonia Chu Chu" el VII Premio de narrativa Francisco
García Pavón y los que vengan.
Acaso
no es suficiente la leyenda que circula por entre los periodistas
del Alto Valle que dice que a Raúl Argemi lo echaron
del diario argentino Río Negro tras publicar "El
Gordo, el Francés y el Ratón Pérez",
una novela en la que entre los protagonistas aparece un personaje
que es patrón, millonario, casado con su telefonista,
dueño de un zoológico privado. ¿Quizá
el dueño del diario?.
Aunque créanme, independientemente de todo esto estamos
ante una magnifica obra de género, con unos personajes
perfectamente definidos y un juego de muertes y traiciones que
impregnan de esa maravillosa resina cada una de sus hojas y
que te impide dejar su lectura.
Hay
cosas que no se entienden, de verdad. Si echamos un vistazo
a dos de sus obras anteriores, encontramos pistas de todo esto.
En
"Los muertos siempre pierden los zapatos" Raúl
Argemí nos quiere dejar claro que es posible mezclar
géneros y obtener un resultado magnifico. Parte de un
tiroteo en una remota carretera de la Patagonia para conducirnos
por una extraño encadenamiento de misteriosos asesinatos.
Por supuesto habla de la amistad, la soledad y la corrupción
política siempre presente en las obras de Argemí.
Con
la narración ágil y trepidante de "Penúltimo
nombre de guerra" nos traslada por momentos a la más
triste realidad argentina de hace no muchos años a través
de una intriga psicológica donde el personaje es la personalidad
del criminal.
"El
Gordo, el Francés y el Ratón Pérez"
es pura novela negra, la narración en primera persona
adquiere tono de confesión y le confiere cierta originalidad,
García "El Gordo" nos relata casi sin querer
la transformación de un perdedor en maquiavélico
héroe.
Una
carta acompañada de una foto hace sumergirse a García
en su pasado: "hay pruebas que no dejan elección:
se pelea hasta el final, o se marcha mansamente hacia los hornos
de la muerte."
Tres
años antes García "El Gordo" encuentra
por casualidad, a un antiguo compañero de prisión,
"El Francés" y rememoran cada uno sus caminos
hasta hoy. García se reinsertó y ahora es portero-recepcionista-chico
para todo con uniforme verde que satisface el ego de su jefe
dejándose ganar en los partidos de squasch, es decir
pequeño peón invisible en el tablero de ajedrez
del vasto imperio financiero dirigido por Tony Capriano Müller,
para el cual "El Francés" anarquista con un
pasado muy violento tiene un oscuro propósito, este propósito
es la llave que se le presenta al Gordo para escapar de su patética
existencia: venganza social y mucho dinero.
Al
"Francés" lo acompaña su brazo derecho,
"El Ratón Pérez" antiguo pugilista al
cual su pasado casi glorioso (llegó a pisar el ring en
el Luna Park) le ha dejado enormes secuelas físicas y
mentales y vive entregado en cuerpo y alma al "Francés".
Estos tres personajes organizarán el secuestro de Isabel
Capriano Müller, la joven exsecretaria de Tony Capriano
y actual segunda esposa. A García la frágil línea
entre el desprecio y la fascinación que siente por esta
mujer le pondrán en un serio compromiso.
Isabel
ve en su cautiverio la ocasión soñada para deshacerse
de su viejo marido y convierte a sus secuestradores en cómplices
de un maquiavélico plan. García "El Gordo"
será la marioneta de este embrollo, o no.
En
esta novela Raúl Argemi sienta los cimientos que tan
buenos resultados le han ido dando en sus posteriores publicaciones,
aquí comienza ese tango arrollador que va descubriendo
a los personajes ante el lector a través de sus acciones.
En
fin para los que deseen saborear una magnifica obra ya saben
donde acudir para conseguir esta novela imprescindible de autentico
género negro.
El Gordo, el Francés y el Ratón
Pérez
Raúl Argemí
Catálogos editora, 1996
Diciembre
2005
SIEMPRE
LA MISMA MÚSICA
©
Jesús Lens Espinosa de los Monteros
Suma
y sigue. Vini, vidi, vinci. Raúl Argemí, el Tigre
de Río Negro, en su cuarta novela "española"
ha conseguido superarse a sí mismo. Una vez más.
Y no era fácil. Empezó por "Los muertos siempre
pierden los zapatos" era un western patagónico,
repleto de buenos y malos, tiros y acción, que se leía
a ritmo de country y rock & roll.
"Penúltimo
nombre de guerra" era un shock, un latigazo, una patada
en la boca del estómago, una inquietante novela que hablaba
sobre la capacidad del Mal de mutar, transmitirse, camuflarse
y perpetuarse y destrozar todo lo que tocaba. "Patagonia
chu chu" era como un amanecer de invierno, prístino
y cristalino, luminoso y colorido. Una de esas mañanas
en que el paisaje refulge con esplendor, en que la vida se reinventa
así misma. Uno de esos amaneceres en que la utopía
parece posible y los sueños se acarician con la punta
de los dedos.
Y
ahora nos llega "Siempre la misma música",
dura y amarga, sin concesiones. Seca, áspera y cruel.
Pero, a la vez, tierna, emocionante, sentida, llena de matices,
de historias que se cruzan, de personajes que chocan, de mundos
de colisionan.
El
protagonista de la última y maravillosa novela de Raúl
Argemí es el Negro, un joven prometedor al que el Polaco,
un gángster de baja estofa, hace un encargo, a priori,
bastante sencillo: conducir una caravana de coches cargados
de droga a la frontera con Chile. Estamos en 1978 y el Mundial
de Fútbol copa el interés de todos los argentinos.
O casi. Los chupados, por ejemplo, los guerrilla, poco iban
a poder disfrutar del fútbol...
El
caso es que algo se tuerce en el camino a Chile y el Negro se
ve obligado a refugiarse en lugar seguro. Y allí conoce
a la Paraguaya, un conocimiento que va más allá
de lo que manda la prudencia: "Irma era de otra especie.
Por momentos con descaro, por instantes con la sutileza de una
sacerdotisa pagana, le enseñó en esa noche que
a veces, en muy contadas ocasiones, el cuerpo es arte y la piel
es magia."
¿Somos
las personas libres de tomar nuestras propias decisiones? Nos
gustaría poder decir que sí. Que lo somos. Así
lo cree, por ejemplo, el Negro, impetuoso, arrojado, valiente
y descarado. Y, sin embargo, podría pasar que nuestro
futuro esté tan marcado como las fichas de dominó
con que al Polaco le gusta hacer solitarios. Y entonces...
"Siempre
la misma música" es una narración arrebatadora,
cargada de un poso de fatalismo en el que los personajes se
ven arrastrados a representar el papel que el destino les ha
reservado, condenados a revivir una trágica historia
que se viene repitiendo desde el inicio de los tiempos y que,
a ritmo de tango, entronca con arquetipos clásicos y
universales, de Sísifo o Edipo a los asesinos de Hemingway
y Siodmark.
Una
historia que no se lee sino que se bebe de un sólo trago,
como un whisky de malta de veinte años, repleto de los
aromas, sabores, recuerdos y evocaciones de Raúl Argemí,
un narrador que escribe con el castellano porteño más
fértil, ubérrimo y portentoso que se puede leer
hoy en día.
TRISTEZAS
DEL DESENCUENTRO
Siempre la misma música
©
Guillermo Orsi
Quienes
escriben con las tripas porque no les queda otra -habiendo tantos
oficios decentes y mejor remunerados-, saben que el mundo es injusto.
"Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, varones
y doblés, contentos y amargaos", como reza "Cambalache",
la biblia tanguera de Enrique Santos Discépolo.
El argentino Argemí da un ejemplo de esta dolorosa lucidez
cuando otros ya sienten que están de vuelta, o cuando,
novatos, copian a los veteranos que no tienen nada que decir y
escriben sobre escritores, sobre ellos mismos, sobre "sus
fantasmas". No es malo escribir sobre fantasmas propios o
ajenos, sobre licántropos o dráculas de la modernidad.
Pero si el que escribe es argentino no necesita recurrir a la
mitología centroeuropea, los hombres lobo duermen en casa
como pichichos falderos y los colmilludos chupasangre ocupan cargos
públicos.
Vale aclarar, sin embargo, que escribir con las tripas no es una
habilidad adquirida en el circo, como dar triples saltos mortales
sobre un trapecio y sin red, aunque se le parece.
Se deja el alma, que no es poco, en un libro de escasas doscientas
páginas y que se llama "Siempre la misma música".
Dos "pesados" que no buscan precisamente cambiar el
mundo rivalizan por Irma, la Paraguaya, pelo teñido y ojos
dorados, algo mayor que el Negro, mucho menor que el Polaco.
El Polaco maneja sus negocios desde detrás de un mínimo
muro de fichas de dominó, que derrumba y rumba día
y noche sobre su escritorio en la trastienda del sórdido
"Gold King". De ahí no se mueve. Como el coronel
Kurtz hundido en su selva de "El corazón de las tinieblas",
de Joseph Conrad (Marlon Brando flotando en su propia grasa, versión
de Francis Ford Coppola, "Apocalipsis now"), ordenando
y desordenando sus fichas el Polaco es una suerte de dios pagano
y conservado en alcohol pero nunca borracho, siempre alerta a
los pasos que en puntas de pie dan los traidores.
El Negro es un mandadero que aspira a que, por las buenas o por
las malas, alguien en el mundo lo respete. Ni habla de amor, aunque
lo busque. Pero a su pesar, por pura mala estrella, es tan sombra
como el Serio, que atiende los pedidos y vigila como un perro
fiel el breve territorio del Polaco.
El escenario no es África, como en la historia de Conrad:
es Argentina. Por mandato de los ricos -que siguen mandando-,
una casta de genocidas seriales se ha alzado con el poder en el
país que acaba de sacarse de encima a la viuda surrealista
de Perón. Como nada es gratis, una de las "formas
de pago" por labor tan sacrificada como secuestrar, torturar
y matar a mansalva es el saqueo y apropiación de las pertenencias
de las víctimas. Nada nuevo, pero hay que disciplinar a
los profesionales para no saturar el mercado. Un chorro no es
un genocida, aunque asesine a unos cuantos, como tampoco un revolucionario
es un asesino, aunque mate. Los milicos en la Argentina nunca
se llevaron bien con los canas, los menosprecian, los consideran
lacayos cuya obediencia está siempre bajo sospecha. Y la
policía, en cualquier lado, comparte más códigos
con el hampa que con el mundo piramidal de los cuarteles militares.
Lejos de África, entonces, en otra selva, la Argentina:
el Negro, el Polaco y la Paraguaya. Y un malentendido sobre el
que se construyen a diario las tragedias. Que el amor puede compartirse,
que los territorios y las hembras son atavismos de una cultura
cavernícola "felizmente superada". El Negro para
colmo no emboca una, los recuerdos de amistades en su infancia
que creyó perdurables se estrellan contra "la yeta"
de su vida adulta. Va preso ocho años, lo torturan y casi
lo matan en un chupadero como si fuera "un guerrilla",
y al salir encuentra lo que encuentran todos: que ya está
muerto. Y que para seguir respirando en su nicho de fiambre no
le queda otra que ir al pie de quien le soltó la mano,
el marlon brando sudaca que juega dominó en su nido del
bar de putas y traficantes.
Ya no hay milicos gobernando, sus empleadores les bajaron el pulgar
y los dejaron solos, la sociedad civil que ayer los aplaudió
hoy los desprecia. El mandado que esta vez le encarga el Polaco
al Negro es más sencillo que el de ocho años antes,
no hay con qué hacerse el héroe conduciendo un Mercedes
hasta Bariloche y hay 1.500 kilómetros para rumiar algo
que se parezca a un ajuste de cuentas con quien se jacta de no
haber puesto ni un abogado que lo defendiera y, a lo mejor, quién
sabe, especular con que al Negro lo encontraran hamacándose
del cuello en los baños del pabellón de la cárcel.
Con tan pocos elementos Argemí construye su tragedia griega
o tango cachafaz. En su texto resuenan ecos de otro Raúl,
González Tuñón:
¿Te acuerdas de los pequeños deshollinadores oscuros,
oscuros? Pues hoy los pequeños deshollinadores son hombres
maduros que gritan en las cantinas escupen polvo en las negras
fábricas y aguardan las yiras fugaces en los baldíos
y en las esquinas, decía allá por la década
del ´20, en "Blues de los pequeños deshollinadores"
el inolvidable autor de "El violín del diablo"
y "La calle del agujero en la media".
El diablo que le arrebata el violín al ángel del
Negro hace lo que puede por seguir con la misma música
sin que se note, pero no puede con lo que hace. Sus pezuñas
de diablo no sirven para la melodía, la arañan hasta
destrozarla, son virtuosas para tocar al revés, o al vesre,
como se dice en porteño básico. Y aunque parezca
la misma, la música que toca es la ambiental del infierno.
"Siempre la misma música" es la historia de muertes
anunciadas. Los triángulos son geometría inestable,
quién no lo sabe. La única real sorpresa que depara
al lector este libro es la manera de contar la repetida historia
de los que destruyen aquello que más aman.
Argemí narra sin concesiones la infancia del Negro, quien
por estar tres meses en un correccional de menores "perdió
el año de escuela pero aprendió a abrir candados
con un alambre, se enteró de quién pagaba mejor
las radios y relojes robados, fue habilitado en los secretos del
dominó y salvó el culo a duras penas, en una batalla
de la que salió escupiendo algo como una araña,
un resto de cuero cabelludo de vaya a saber quién".
Tampoco disfraza de heroísmo la desesperación de
la militancia armada. Sin regodearse, pone en boca del Sapo, amigo
de la infancia del Negro y chorro como él, la descripción
del suicidio de una guerrillera acorralada en una casa de clase
media baja, en el oeste bonaerense. "Era muy joven",
dice el Sapo, testigo involuntario, "demasiado joven, hasta
para vivir". Y el atribulado Sapo "no tuvo tiempo de
pensarla destrozada en la tortura porque (la guerrillera) gritó
algo de vencer o morir, y alzando la pistola se disparó
en la cabeza. Como un reflejo de rabia, una andanada de balas
castigó por última vez la casa".
¿Qué sentido tiene, Negro, amasijarse de esa forma?,
pregunta el Sapo. "En lugar de contestar el Negro se volvió
hacia la barra haciendo una seña con dos dedos. El Sapito
necesitaba un whisky con urgencia".
Pero no todas las preguntas sin respuesta se saldan con un whisky.
A veces hay que enfrentarse cara a cara, mirar los ojos del otro
para encontrar la propia mirada y la condena.
Argemí toca su música de siempre con un contrapunto
coloquial que no transforma al texto en un guión, nada
sobra en los ásperos diálogos de los dos hombres.
Y cuando su prosa toma la engañosa distancia del narrador,
el uso de la tercera persona ilustra y da pie al monólogo
del Negro, música de fondo esta vez, como un tibio saxo
o un bandoneón lejano, pudoroso.
Porque si algo predomina en el texto de Argemí, es el pudor.
No se habla de amor ni de olvido. Tal vez porque el Negro y el
Polaco, como la Paraguaya, se sienten vacíos de sentimientos
y llenos de muerte.
Vale la pena leer el libro de Argemí. No cansa la vista,
no aburre, no baja línea, no reivindica a unos por sobre
otros, no pretende ser un manual destilando moralina ni especula
con la aparición de detectives omniscientes que imitan
mal a los norteamericanos. Ahora que terminó el mundial
de fútbol y estamos todos de vuelta en casa, da un amargo
gusto recordar aquel otro de 1978 durante el cual transcurre parte
de la novela, el pueblo festejando en las calles como en las buenas
épocas del peronismo, los dictadores dando saltitos de
argentinidad en el palco del estadio mundialista. Porque si bien
hoy no hay dictadura en la Argentina, siguen en pie el exitismo,
la idea de que el poder te da derecho a quedarte con lo ajeno
pero ofenderte si te llaman chorro.
Vale la pena leer a Argemí porque su libro está
"bien escrito", chocolate por la noticia. Porque no
especula con descubrimientos estilísticos, porque al escribir
con las tripas compromete al lector sin salpicarlo con golpes
bajos.
Vale la pena porque cuenta una sencilla historia para hablar de
la pulsión autodestructiva de un país "que
lo tiene todo", un país con una historia reciente
tan apasionante como perversa que, como Irma la Paraguaya, seduce
y enamora para después echar a sus amantes a los leones.
Sus personajes no eligen la marginalidad, sólo son conscientes
de que, aunque fueran respetables señores burgueses, el
único linaje de ser argentino es el desamparo, la decepción
que depara la certeza de que "ni el tiro del final te va
a salir", como vaticina Cátulo Castillo en el tango
"Desencuentro".
No hay, sin embargo, ningún juego de "tango for export",
ningún exceso, ni cortes ni quebradas ni esquinas rosadas
con faroles y guapos esperando a su percanta. Sólo hay
testimonio de un país que nos deja solos, que nos echa,
a los argentinos, como el padre golpeador y putañero al
Negro. Un país hecho de inmigrantes europeos que llegaban
de a miles mientras sus compatriotas se despreciaban unos a otros
y se mataban entre ellos de a millones.
Por eso, habiendo oficios decentes y mejor remunerados, el de
escritor cae siempre bajo sospecha. Pero valen la pena Argemí
y su libro, "Siempre la misma música", toda la
enorme pena por tanta mutación de pequeños deshollinadores
en hombres maduros que aguardan putas fugaces, evocada en este
libro con emoción y oscura, resplandeciente belleza.
Siempre
la misma música
Raúl Argemí
ALGAIDA
Julio
2006
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