CRÍTICAS


 


 


Petros markaris


SUICIDIO PERFECTO

 

Ricardo Bosque

Cuando un escritor decide alumbrar un personaje con el que iniciar una serie de novelas, uno de los aspectos fundamentales es conseguir que, entrega a entrega, el protagonista se vaya perfilando cada vez más. Y no sólo él, sino también los personajes que le rodean habitualmente, ya sean familiares, amigos, jefes o subordinados. Porque, como en la vida cotidiana, no todo es investigar. También, de vez en cuando, conviene discutir con la parienta (o pariente) más cercana, tomar copas con los amigos, ver los telediarios y comentar las noticias con la familia, visitar un hospital cuando se cae enfermo o simplemente se encuentra uno mal…

También es conveniente (y difícil de conseguir a la vista de los pocos casos en que esto se logra) que los personajes "crezcan", que evolucionen en alguna determinada dirección sin quedarse estancados en el papel que se les asignó al principio de los tiempos: las vidas del protagonista y allegados que transcurren paralelas a la trama principal no deben asemejarse a una fotografía familiar que con el tiempo va perdiendo los colores iniciales, sino a una película a cuyo guión se van añadiendo escenas día a día.

Y en esto Petros Márkaris aprueba con nota muy alta. Porque desde que nos presentó en "Noticias de la noche" al comisario ateniense Costas Jaritos hemos tenido la oportunidad de ir conociendo, hasta casi formar parte de la misma familia, a su mujer Adrianí, excelente cocinera, ama de casa y administradora de la vida de Jaritos; a su hija Katerina, residente en Salónica, estudiante de Derecho y aspirante a fiscal; a sus dos novios, el último de los cuales, el médico Fanis Uzunidis, está que "se sale" en esta nueva entrega; a su jefe Guikas, el que hizo un curso en el FBI y con el que mantiene una curiosa relación de admiración y desprecio en porcentajes similares; a Kula, la secretaria de Guikas y personaje fundamental en este último caso; a sus ayudantes Vlasópulos y Dermitzakis, al periodista Sotirópulos, al quiosquero de la esquina (y quien haya visitado alguna vez Grecia comprenderá la importancia de sus quioscos en los que se puede comprar, literalmente, de todo). Incluso de su vetusto Mirafiori sabemos más que de nuestro propio coche.

En cuanto a los casos que debe resolver hay que decir que son, ante todo, de absoluta actualidad. En "Noticias de la noche", la primera novela, Costas Jaritos se enfrentaba a un asunto de tráfico de personas y órganos entre los países balcánicos y Grecia, puesto sobre la mesa por la periodista estrella de la televisión basura griega; en "Defensa cerrada", el fútbol y las finanzas se daban la mano a lo largo de toda la trama; y ahora, en "Suicidio perfecto", le toca el turno a la especulación inmobiliaria asociada a las obras de los juegos olímpicos de 2004 y a la reconstrucción de los Balcanes.

Hace más de un año, dejábamos al comisario Jaritos abatido en el suelo por un disparo en el pecho. Y todo por la estupidez de hacerse el héroe. En esta última novela lo encontramos recién salido del hospital, de baja médica y al borde de la apatía, extremadamente protegido por una esposa que teme que vuelva al trabajo y al peligro diario, pasando la tarde en el parque como un anciano puesto al sol, alimentándose de pollo hervido y sopa de estrellas y echando de menos los tomates rellenos, los dolmadakia, el suvlakis, el ouzo y todo lo que constituye su dieta habitual. Incluso ha perdido parte de su interés por los diccionarios y acepta ver la televisión, que le sigue repugnando pero que, como nueve de cada diez griegos, contempla sin pestañear.

Así es como presencia, igual que varios millones de compatriotas, el suicidio en directo de Iásonas Favieros, un importante empresario vinculado a la izquierda y con estrechas relaciones con el gobierno. Tiene lugar en el transcurso de una entrevista en la que se le acusa de ser el adjudicatario de importantes obras públicas cuyo procedimiento de contratación no ha sido precisamente transparente.

A las pocas horas, un grupo de extrema derecha reivindica la inducción al suicidio del empresario, que siempre ha defendido públicamente los intereses de los inmigrantes, y amenaza con nuevas actuaciones si no se expulsa de Grecia a todos los extranjeros que están ocupando puestos de trabajo que deben corresponder a los griegos.

Aunque poco después dos kurdos son asesinados en el sótano en el que viven, el comisario Jaritos pone en duda la participación de ese grupo en el suicidio de Favieros: el empresario tendría sus motivos, personales o económicos, para pegarse un tiro, pero lo que no encaja es el carácter público del suicidio.

Por curiosidad, y por comenzar a deshacerse del yugo maternal a que le ha sometido Adrianí durante su convalecencia, Jaritos decide investigar el caso. Debe hacerlo con prudencia, al encontrarse en situación de baja médica, hasta que su jefe Guikas, por motivos que no entiende, decide ponerle al frente de la investigación. Eso sí, todavía de un modo extraoficial aunque pueda contar con la ayuda de su propia secretaria, Kula, y con su respaldo si resulta absolutamente necesario.

Y así, discretamente, Jaritos y Kula comienzan a averiguar aspectos desconocidos del empresario defensor de los inmigrantes, a descubrir la existencia de empresas radicadas en paraísos fiscales, de agencias inmobiliarias que actúan solamente en los barrios marginales de Atenas prestando sus servicios a los albaneses que trabajan en la Villa Olímpica…

Una estupenda novela construida alrededor de varios personajes de la izquierda histórica griega reconvertidos en "gente guapa" en cuanto han logrado tocar poder, ya sea económico, mediático o político (algo de lo que desgraciadamente sabemos bastante en España), y a la que sólo le puedo poner un "pero": las quizá excesivas referencias al caótico tráfico ateniense, aunque sea universalmente conocido que conducir un automóvil por la capital helena se trata de una experiencia absolutamente traumática.

SUICIDIO PERFECTO
Petros Márkaris

Ediciones B

agosto de 2004

 


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