LLUVIA
DE NIQUEL
Jesús
Lens Espinosa de los Monteros.
Cuando
el calor arrecia y el viento sahariano nos trae temperaturas
superiores a los 40 grados, nada mejor que plantarse bajo el
aire acondicionado y devorar un buen libro. Como "Lluvia
de níquel", de José Luis Muñoz, por
ejemplo.
Traigo
a colación la novela del salmantino porque comienza,
precisamente, con un vendedor de seguros que ha de refugiarse
en Las Vegas cuando el coche, recalentado, amenaza con dejarle
tirado en el infernal desierto de Nevada, barrido por una espeluznante
ola de calor.
Y
una vez en Las Vegas, varado, secuestrado por los acontecimientos,
convertido en pelele del destino
pues ya se puede intuir
lo que pasa. Sólo recuerdo otra novela que transmitiera,
con la fuerza con que lo hace ésta, la sensación
de vértigo a que el juego arrastra al ludópata:
"El jugador" de Dostoievski. La comparación
puede parecer aventurada, pero la defenderé con ahínco
ante quien sea menester. Porque hacía tiempo que leer
un libro no me provocaba la sensación de desasosiego
en que esta "Lluvia de níquel" me ha tenido
sumido durante el fin de semana.
Hay
un momento en que el protagonista intenta escapar, en un rapto
de lucidez, de la espiral de autodestrucción en que está
sumido; pero en el taller de coches en que ha dejado su Ford
Taurus para que se lo arreglen le ponen mil y una pegas para
no entregárselo. Se me vino a la mente aquella secuencia
de "Casino", de Martin Scorsese en que un japonés
había hecho saltar la banca, jugando a la ruleta y se
disponía a volver a su país con varios miles de
dólares en su equipaje. El gerente del hotel-casino expoliado
se las compuso para no permitir que el avión despegara
y el japonés tuviera que volver a sus habitaciones. Y
una vez allí, la indomesticable fiebre del juego hizo
que la situación contable entre casino y adicto volviera
a recomponerse. A favor del casino, por supuesto.
José
Luis Muñoz ha conseguido que el calor del desierto se
te meta dentro, que te sientas morir cuando la ruleta gira y
la bolita va saltando de casilla en casilla o que disfrutes
con algarabía cuando un pobre diablo alinea las tres
cerezas en una máquina tragaperras que empieza a vomitar,
generosamente, una lluvia de monedas que otras decenas de desgraciados
han ido depositando en esos ladrones de metal, vampirizadores,
chupasangre y roba-almas.
Venía
tan bien recomendada por los lectores más fiables que
cogí la novela con verdadera ansia, temiendo, en mi fuero
interno, que luego no fuera para tanto, llevándome un
chasco morrocotudo. No fue así. No sólo está
a la altura anunciada sino que, para los amantes del juego y
la literatura, su lectura es tanto un intenso placer
como
un riguroso y adictivo aviso para navegantes.