El truco siempre funciona
(Sólo una mirada)
Zeki
Lo
que diferencia un trhiller de cualquier otra vertiente de la novela
negra-policial es su ritmo trepidante, me atrevería a decir
que esa es su característica principal. Un ritmo progresivamente
dinámico construido a base de soltar lastre, desvelando
al lector los elementos que van despejando la intriga e imprimiendo,
de esa forma, una aceleración gradual a la narración.
Suele haber, casi siempre en este subgénero, un "motor"
que cumple la función central -a menudo representada por
el personaje principal - hacía el que convergen todos los
peligros y que va descubriendo al mismo tiempo que el lector los
hilos de la madeja que le envuelven.
Cuando
Grace Lawson va a recoger las fotografías que ella y su
familia habían tomado durante las vacaciones, se da cuenta
que una de las instantáneas en la que aparece un grupo
de personas, a primera vista -pero sólo a primera vista-
desconocidas, no pertenece a su carrete. Es una foto que visiblemente
ya tiene algunos años. Uno de los jóvenes retratados
se parece extrañamente a Jack, su marido, con algunos años
menos. Una época de Jack que ella parece desconocer. Ella,
Jack y sus dos hijos, forman una pareja feliz desde que se conocieron,
años atrás, en el sur de Francia donde Grace se
había refugiado para curar las secuelas de un dramático
incidente del que fue una de las escasas víctimas que salieron
con vida. La foto, ese rastro del pasado que irrumpe en su feliz
burbuja será seguida por la inmediata desaparición
de su marido y la irrupción de un cortejo de presencias
fantasmales, algunas contundentes. Como Charlaine Swain, una ama
de casa que combate su aburrida rutina domestica exhibiendo sus
encantos, distraídamente y a horas fijas, ante un silencioso
y apocado vecino que disfruta del espectáculo detrás
de los estores. O Eric Wu, un asesino psicópata que aprendió
en las cárceles de Corea del Norte las mil y una maneras
de hacer daño o de matar a un semejante con sus manos.
Carl Vespa el mafioso que perdió a su hijo en el mismo
incidente en el que Grace quedo lisiada y Cram su chofer y guarda
espaldas. Todos ellos y alguno más se verán involucrados
en el secreto que esconde esa fotografía.
Sólo una mirada (RBA) de Harlan Coben, es un producto de
manual construido milimétricamente para insuflar en el
lector la necesidad compulsiva de seguir leyendo. ¿Significa
eso qué el conjunto es sólo un mecanismo artificial
desprovisto de encanto y poder de sugestión? No lo creo,
se asemeja más bien al proceder de un mago que dirige la
mirada de los espectadores hacía el sombrero donde surgirá
el conejo mientras escamotea de sus vistas el ángulo que
oculta la jaula. El maestro William Irish, fue un precursor de
este tipo de ejercicios de prestidigitación literaria que
consistían básicamente en deslumbrar al espectador
con golpes de efecto in crescendo, rodeándolo de una atmósfera
de peligro constante que lo mantenía atenazado en su sillón.
Poco
importaba si a menudo los "suspense" de William Irish
no solían resistir un examen a la luz del día, el
deslumbramiento y los escalofríos resultantes, combinados
con un estilo genuino, compensaban ese mero detalle. El trhiller
de Harlan Coben, fruto de un minucioso andamiaje y un más
que correcto, aunque neutro, estilo literario, consigue entretener
gracias a su fácil "visualización" que
seguramente pronto dará lugar a su versión cinematográfica
pero sobre todo por el conjunto de personajes segundarios que
el autor consigue perfilar con acierto.
Con
mucho oficio el autor maneja los resortes de la intriga consiguiendo
efectos sorpresa que desconciertan las expectativas del lector.
Volviendo con socorridos paralelismos entre los espectáculos
de magia de cabaret y este tipo de vertiente de novela de suspense:
en realidad la asistente del mago no es aserrada por la mitad,
todos lo sabemos, pero el truco siempre funciona y nos deja agarrotados
con el corazón en un puño.
Sólo
una mirada
Harlan Coben
RBA
Octubre
2005
EL INOCENTE
©
Ricardo Bosque
Decía
Einstein en una de sus más célebres frases que "Dios
no juega a los dados", ya sea con el hombre o el mundo. Con
ello venía a negar la posibilidad del capricho o el azar
como directores de los fenómenos que acontecen en la naturaleza.
Decía
mi padre, menos ilustre que el físico alemán pero
tan digno de respeto en sus ideas como el que más, que
"Dios aprieta, pero no ahoga
pero pone bien moradico".
Con ello venía a dejar siempre una puerta abierta ante
cualquier situación, por difícil que esta pudiera
ser.
Supongo
que algo de esto debió pasar por la cabeza de Harlan Coben
(me inclino a pensar, por razones obvias, que le influyó
más Einstein que mi padre) cuando se planteó la
trama de "El inocente". Y es que sólo por azar
pueden unirse las vidas de un estudiante condenado a cuatro años
de cárcel por un accidente que no debió haber tenido
lugar, una monja con tetas de silicona, varios agentes del FBI,
una stripper en franca decadencia y una ejecutiva del sector de
la informática a la que le gusta utilizar pelucas de color
rubio platino.
Si
de todo este batiburrillo sale algo coherente, es que el autor
sabe cuál es su oficio y lo desempeña a las mil
maravillas. Es el caso de Harlan Coben, por ejemplo.
Matt
Hunter, el protagonista de "El inocente" es un hombre
que se caracteriza por estar donde no debe en el momento menos
oportuno. Le pasó ya con veinte años, el día
que un amigo le invitó a dar un rodeo para asistir a una
fiesta universitaria que acabó en una pelea en la que intentó
separar a los contendientes. Uno de ellos terminó con la
cabeza abierta por un golpe contra el borde de la acera. Matt
Hunter fue condenado por ello a cuatro años de cárcel.
Años
después de cumplir condena, ha reconducido su vida, colabora
en un despacho de abogados del que era socio su hermano, está
felizmente casado y espera un hijo. La pareja decide comprar unos
móviles con cámara para poderse enviar fotos de
familia cuando el trabajo les separe. Y será a través
de ese móvil como reciba una fotografía de su mujer,
tocada con una llamativa peluca y acompañada por un desconocido.
Y la llamada que le pregunta, una y otra vez: A ver si adivinas
qué le estoy haciendo ahora mismo a tu mujer.
Paralelamente,
una monja que ejerce como profesora en un colegio femenino fallece
aparentemente por causas naturales. La directora, al intentar
reanimarla mediante compresiones en el tórax, descubre
que la monja lucía unos implantes mamarios no habituales
en la Congregación que dirige. Loren Muse, investigadora
de homicidios del condado y ex alumna del mismo colegio es requerida
por la directora para que, con la mayor discreción posible,
averigüe lo que pueda sobre el pasado de la fallecida.
Si
todo esto sucede en las primeras cuarenta páginas de la
novela, qué no podrá pasar en las más de
trescientas restantes. Pues una sucesión imparable de situaciones
imposibles de imaginar, una trama que se complica a cada página
que vuelves, un sinnúmero de personajes a cual más
complicado y con más aspectos ocultos, una historia dentro
de otra y dentro de otra y dentro de otra
y un final que
parece no llegar nunca, pues cada vez que piensas "ya está,
se acabó", el autor se reserva una sorpresa nueva
para que no puedas dejar ni un párrafo para el día
siguiente.
Harlan
Coben es un consumado autor de thrillers y sabe cómo enganchar
al lector desde la primera a la última línea. Y
además, lo hace del modo que más duele, con una
historia que, a pesar de lo que pueda sugerir todo lo anterior,
a cualquiera le puede suceder. Porque, a ver, que levante la mano
aquel que no haya bebido demasiado en una fiesta, haya participado
en una pelea y, en algún momento, tal vez al día
siguiente, no haya pensado qué habría sucedido si
esa tontería hubiera terminado de peor modo de cómo
lo hizo.
Lo
dicho, que Dios no juega a los dados. O, como le contradecía
Stephen Hawking años más tarde, no sólo juega
a los dados sino que además, a veces, los lanza a donde
no podemos verlos.
EL
INOCENTE
Harlan Coben
Traducción: Esther Roig
RBA 2006
Junio
de 2006