SON
LADRONES COMO NOSOTROS
Karmelo C. Iribarren
El
caso de Edward Anderson resulta, cuando menos, curioso. Con sólo
dos obras publicadas, su nombre ocupa un lugar único, diferenciado,
dentro del panorama de la literatura negra norteamericana. Anderson
había nacido en Tejas, en 1906, pero fue en Oklahoma donde
se inició como escritor, colaborando durante los años
veinte en revistas especializadas en crímenes reales. Su
primera novela, Hungry Men, del año 35, es un cautivador
y maravilloso relato de las peripecias que vivió el propio
autor durante los primeros años treinta, cuando decidió
poner tierra de por medio y lanzarse a recorrer el país
haciendo autostop o colándose como polizonte en los trenes
de mercancías. El libro fue muy valorado por la crítica,
que llegó a comparar a Anderson con autores de la talla
de Hemingway y Faulkner. Dos años después, la publicación
de Son ladrones como nosotros, título considerado
hoy como mítico por los aficionados a esta literatura,
situaría a este escritor entre los grandes del momento.
Como en Hungry Men, en Son ladrones como nosotros
Anderson vuelve a dar voz a los proscritos, a los al margen de
la ley, pero centrándose esta vez más en las bandas
de atracadores de bancos, que tanto proliferaron durante la Depresión.
La novela -alternando la prosa dura y escueta de Hammett con el
lirismo de los páramos desiertos de Steinbeck- es un fresco
realista y muy fiel de la sociedad rural norteamericana de la
época. Simplificando mucho, Son ladrones como nosotros
puede ser leída como una historia de policías y
ladrones, sólo que vista desde el otro lado (lo que ya
la hace distinta y singular), desde el lado de los delincuentes,
para quienes -como dice uno de los protagonistas de la novela-
los jueces, las fuerzas del orden, los banqueros..., son tan ladrones
como ellos. Las gasolineras solitarias, los pueblos desperdigados,
vistos a lo lejos, desde las autopistas, las persecuciones por
carreteras comarcales, los campos de algodón, los yermos...,
componen un escenario desolado y elegíaco a través
de cual los personajes de Anderson -perdedores natos, seres marcados
por la fatalidad- parecen embarcarse una y otra vez en un viaje
sin retorno hacia ninguna parte.
Como se ha apuntado, Son ladrones como nosotros cosechó
un resonante éxito de público y crítica,
pero fue también la despedida, el testamento literario
de Edward Anderson. Nadie -ni amigos ni biógrafos- ha podido
dar hasta la fecha una explicación mínimamente plausible
sobre esta tan extraña como inesperada decisión.
Ni siquiera los reiterados elogios de Raymond Chandler - quien,
en carta fechada en el año 54, y dirigida a su editor inglés,
se refería a Anderson como un autor injustamente olvidado
que ha escrito una de las mejores novelas sobre delincuentes de
todos los tiempos- lograron que el escritor tejano rompiese su
silencio. Se sabe que trabajó de guionista en Hollywood,
y que salió -como tantos- escaldado. Y poco más.
Durante sus últimos años, otra vez en Tejas, en
casa de sus padres, volvió al periodismo, llegando incluso
a dirigir un diario, pero nunca retomó su carrera de novelista.
Totalmente olvidado para la literatura, murió en su ciudad
natal, en 1969.
Son ladrones como nosotros fue llevada al cine por Nicholas
Ray en 1948, estrenándose un año después
bajo el título de They Live By Night. Pese al talante progresista
de John Houseman, productor de la película, no hubo más
remedio que suprimir ciertos pasajes críticos de la historia.
Con todo, la versión de Ray está considerada hoy
como un clásico indiscutible del cine negro. Peor suerte
corrió este libro en manos de Robert Altman, allá
en los primeros setenta, pero esa es otra historia.
Publicada recientemente por la editorial Poliedro, esta
novela tuvo una exquisita edición -muy superior a la actual,
por cierto- en 1990, en Plaza y Janes, en la nunca suficientemente
ponderada colección Black.
SON
LADRONES COMO NOSOTROS
EDWARD ANDERSON
POLIEDRO
Junio
2006