SILENCIO
MORTAL
Jesús
C. Lens Espinosa de los Monteros
Durante
la adolescencia me tocó estudiar, como a tantos otros,
en un colegio de curas. Un día, tres o cuatro de los matones
de la clase agarraron a un pobre chaval, bajito y pusilánime,
y lo colgaron de una percha. El infeliz no pudo evitar que un
par de lágrimas, producto de la impotencia y la indefensión,
le brotaran de los ojos. Cuando leí el interrogatorio al
que Roberto Esteban sometía al enano Cerero, que pendía
colgado de una percha tras haber azuzado un bull terrier blanco
contra el ex boxeador, la imagen de aquel otro chaval se me vino
a la mente.
Es ésta, la de la capacidad de provocar evocaciones personales
en el lector, una de las cualidades mayores que David Torres
imprime a las oscuras páginas de "El
gran silencio", novela finalista del Premio
Nadal 2003. Es curioso lo que ha pasado con las dos novelas
ganadoras de este premio. Ambas se pueden encuadrar dentro del
género negro, pero mientras que los verdaderos aficionados
a dicho género hemos obviado por completo la de Trapiello
(y es que no hay nada más molesto que ese tono de suficiencia
del que considera como menor al género criminal y lo utiliza
para "trascenderlo y, partiendo de
él, hablar de las cosas realmente importantes de la vida"),
sí, hemos acogido a la de Torres como un verdadero ejercicio
de pura novela negra.
El
turbio mundo del boxeo y los juguetes rotos que deja a su paso
devastador, son los grandes protagonistas de esta historia.
Prácticamente no hay enigma que sostenga una trama. Hay
un personaje central, Roberto Esteban, ex campeón de Europa
de boxeo y fracasado aspirante al cetro mundial que, tras verse
obligado a abandonar el deporte profesional, se deslizó,
como tantos otros antes, por una destructiva espiral de drogas,
alcohol y violencia callejera. Al principio de la novela lo encontramos,
ya rehabilitado, ganándose la vida con la despreciable
profesión de apalizador por encargo. A tanto la pierna
o la mandíbula rota y a cuanto el día de hospital
del pobre encargo que haya tenido la mala suerte de encontrarse
con Roberto.
Como
siempre pasa, un encargo especial viene a romper la monotonía
quebradora de miembros de Roberto: proteger a una dulce bailarina,
que se encuentra en el candelero de la actualidad más rabiosa,
de las amenazas que está recibiendo de un sujeto anónimo,
pero que se sospecha puede ser es el celoso y abatido ex esposo
de Laura, un bailaor gitano que, tras un grave accidente, ha quedado
tullido de por vida. La protección de Laura llevará
a Roberto a verse metido de nuevo en un pasado que creía
haber dejado atrás: el de las peleas ilegales. Como si
fuese protagonista de una entrada en ese Diccionario de la Mitología
Griega que lee para amenizar las esperas de su vigilancia, una
fuerza irresistible lleva a Roberto a sumergirse de lleno, una
vez más, en ese mundo oscuro y violento, del que le hubiese
gustado haber escapado para siempre.
"El
gran silencio" es, igualmente, un gran ajuste de cuentas
con el boxeo, un monstruo ingrato y demoledor que sólo
premia con los oropeles del triunfo, las cámaras de televisión
y los dólares de Las Vegas a un reducidísimo número
de sus devotos que, como cangrejos que tratan de escapar de un
cubo, llegan a lo más alto a base de pisotear y machacar
a otros muchos desgraciados. Todos ellos sometidos, eso sí,
a los nefastos manejos de un grupo de crápulas que viven,
lucrándose, del sufrimiento, la sangre, las neuronas y
la vida misma de los boxeadores.
"El gran silencio" plantea al lector, que seguramente
habrá disfrutado alguna vez en su vida de una de esas intensas
veladas del noble arte del boxeo retransmitida por algún
canal de pago, una de esas dudas y disyuntivas sobre las que tanto
cuesta posicionarse: ¿es ético vibrar, emocionarse,
gozar y, si se es apostador, hasta lucrarse con el dolor y el
sufrimiento de dos seres humanos que se golpean hasta hacerse
papilla para júbilo de los espectadores? Las 260 páginas
con el parlamento de Roberto Esteban, uno de esos personajes íntegros
y de una pieza que dejan una huella imborrable en el lector, le
aclararán a éste unas pocas cosas. A fin de cuentas,
como dice en un momento de su narración: "Al
fin y al cabo, el boxeo no es más que una versión
acelerada de la vida. Todos pagamos algo para continuar vivos".
El
gran silencio
David Torres
Editorial: DESTINO
finalista del Premio Nadal 2003
25
de Mayo de 2003