RAYMOND CHANDLER
(El
simple arte de escribir)
Karmelo
C. Iribarren
Nacido
en Chicago, emigrado de niño con su madre a Inglaterra,
donde recibiría una sólida formación clásica,
y establecido definitivamente en Los Ángeles, su ciudad
de adopción, en 1910, Raymond Chandler publicó su
primera novela, El sueño eterno, en 1939, tras haber escrito
durante años relatos policíacos para los pulps.
La novela -hoy un clásico incuestionable, como todas las
suyas- tuvo un éxito que podríamos calificar de
moderado, pero Chandler insistió -entre otras cosas por
que no tenía un duro- y al año siguiente Adiós
Muñeca le consagró definitivamente. Luego vendrían
cuatro más, la última de las cuales, El largo adiós,
está considerada a día de hoy como la mejor novela
policíaca de siempre. De su experiencia en Hollywood (nefasta
en lo personal, nunca soportó la prepotencia de la industria)
nos han quedado los espléndidos guiones de Perdición
y Extraños en un tren, entre otros.
Duro con el mundo y consigo mismo ("conocerme en persona
es la muerte de la ilusión", llegó a declarar
a un periodista), de trato personal áspero y difícil,
debido seguramente a su timidez, de pensamiento siempre ágil
e ingenioso, y con una poderosa inteligencia analítica,
Chandler fue sobre todo un ser insatisfecho y contradictorio,
con una vida que él mismo definió como "más
bien desdichada". Odiaba a los patanes engominados de Hollywood,
pero amaba profundamente el cine, arte que definió como
"el único enteramente nuevo creado por el hombre en
siglos". Pensaba que el noventa por ciento de los autores
de novelas policiacas (incluido James M. Cain, a quien detestaba)
eran malos escritores, pero admiraba sinceramente a Hammett y
a Stanley Gardner. Adoraba a su mujer, Cissy (veinte años
mayor que él), pero coqueteaba impunemente con las secretarias.
Sabía que el alcohol en su caso era veneno, pero bebía
hasta perder el sentido. Anhelaba la tranquilidad de un hogar
alejado del mundanal ruido, pero fue un nómada que cambió
más de cien veces de domicilio. Creía en la ley
y el orden como sólidos garantes de la civilización
moderna, pero no aguantaba ni a los abogados ni a la policía.
No simpatizaba con los comunistas, pero arremetió públicamente
contra "la caza de brujas". Se posicionó contra
la pena de muerte. Donó sus córneas. Exigió
que le incinerasen y prohibió los discursos baratos en
su último adiós. Chandler era así, ya lo
he dicho, tan grande como contradictorio.
De todo ello da buena fe El simple arte de escribir, libro que
reúne una nutrida selección de las cartas que fue
escribiendo a lo largo de su vida. Muchas de estas cartas fueron
escritas en la oscuridad de la madrugada, dictadas a una grabadora,
para que su secretaria mexicana, Juanita Messik, las transcribiese
al día siguiente. A menudo bebía mientras las dictaba,
y quizá por ello representan un viaje insólitamente
libre y sincero por la mente de un hombre que había visto
mucho y al que le había gustado más bien poco lo
que había visto. Como bien dice Tom Hiney, autor (o recopilador)
del libro, las cartas de Chandler ocupan un firme lugar en el
corazón de su legado literario, y resultan válidas
incluso para aquellos que no conocen sus novelas. El trabajo de
Hiney tiene su antecedente en The Selected Letters of Raymond
Chandler, publicado por Frank MacShane, en 1981, y recoge también
una pequeña selección de poemas (vocación
frustrada de Chandler) de su época en Inglaterra, algún
ensayo e incluso una entrevista con Lucy Luciano.
Compulsivamente legible -a lo que ayuda la magnífica traducción
de César Aira-, El simple arte de escribir es un regalo
para la inteligencia, un disfrute, la constatación de que
la literatura puede y debe estar al servicio del hombre, le guste
o no a la sesuda y aburrida crítica.
El
simple arte de escribir
Raymond Chandler
Emecé