Jospeh Conrad, el polaco que escribía en inglés, definió como pocos la esencia del poder en su extraordinaria novela “El Corazón de las Tinieblas”. Retomada en 1979 por Francis Ford Coppola para el cine, produjo la no menos extraordinaria “Apocalypse Now”.
El poder, sostiene Conrad por boca de un Coronel Kurtz desquiciado pero lucidísimo, depende del horror que uno sea capaz de inspirar. Cita como ejemplo un hecho bélico: Las tropas de Kurz llegan a un pueblo y vacunan a todos los niños contra la Polio como parte de su política de conquista. Al día siguiente vuelven al pueblo y se encuentran una pila de bracitos seccionados: el Vietcong les había cortado los brazos a todos esos niños.
A la vista de ese horrible espectáculo Conrad-Coppola ponen en boca del Coronel palabras dignas de Shakespeare: Lloré como una abuelita. Quise arrancarme los dientes. No supe qué quería hacer. Pero quería recordar eso. No quería olvidarlo jamás. No quería olvidarlo jamás. Y entonces me iluminé… como si me hubieran disparado… como si me hubieran disparado en la frente con una bala de diamante y pensé: ¡Mi Dios!… la genialidad de ese acto. El genio de eso. La voluntad de realizar esa acción. Perfecta, genuina, completa, cristalina, pura. Y entonces me di cuenta de que ellos eran más fuertes que nosotros. Porque ellos podían tolerar eso, que esos no eran monstruos… estos eran hombres, cuadros entrenados… estos hombres luchaban con su corazón, tenían familias, tenían hijos, estaban llenos de amor… pero tenían la fuerza, la fuerza para hacer eso. Las últimas palabras de Kurtz son: El horror, el horror.
El interés por el vínculo indisoluble del poder y del horror, tan caro a Ford Coppola, lo llevó a crear la magnífica e impecable saga de “El Padrino”, basado en las novelas del exquisito e irresponsable Mario Puzo en las cuales pone en evidencia que toda acumulación de poder es necesariamente criminal y horrorosa. Las hazañas de la actual política exterior norteamericana, con su consecuente respuesta del mundo musulmán son una prueba clara de ello.
Pero no son ésos los únicos horrores con los que debemos convivir. Están también el horror del hambre y de la miseria, de la absoluta iniquidad en la distribución de la riqueza y su consecuente respuesta: el horror de una criminalidad desatada que a todos alcanza y a todos pervierte.
La teoría de esa parejita de novios que han constituido Blumberg-Grondona, y a la que adhieren no pocos reaccionarios de la prensa, propone que a ese horror se lo puede contener con más horror, traducido en penas más severas, policías más bravas y enrejados más altos. Es como si quisiéramos apagar un incendio echándole un balde de nafta.
Hay un personaje que sabe mucho de lo que se está hablando cuando el tema es la violencia social: Marcos Camacho, alias Marcola. Es el jefe de la banda carcelaria llamada Primeiro Comando Capital (PCC) que no hace mucho tuvo a raya a toda la ciudad de Sao Paulo, atacando más de 50 comisarías simultáneamente y obligando a las autoridades a negociar con él condiciones de detención en las cárceles del estado. El tipo demostró el poder con el que cuenta y el horror que es capaz de desatar.
Lo que sigue es un reportaje que le hizo el diario O Globo el 23 de mayo último en el cual Marcola nos explica de qué se trata la cosa y como viene la mano. Buen provecho.
Periodista: ¿Usted es del PCC?
Marcola: Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes, durante décadas, jamás me miraron. Antes era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas favelas, periferias discretas; pero la solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron? Nada ¿El Gobierno Federal reservó alguna vez un presupuesto para nosotros?
Nosotros sólo éramos noticia cuando se producían derrumbes en las favelas de las montañas o en la música romántica que hablaba sobre la belleza de esas montañas al amanecer, cosas así. Pero ahora nosotros, con la multinacional de la droga, somos ricos y ustedes se están muriendo de miedo.
Nosotros somos el inicio tardío de su conciencia social, ¿se da cuenta?
Yo soy culto. Leo a Dante en la prisión.
Pero la solución, ¿cuál sería?
¿Solución? No hay solución, hermano. La misma idea de solución ya es un error.
¿Ya vio el tamaño de las 560 favelas de Río? ¿Ya anduvo en helicóptero por la periferia de Sao Paulo? ¿Solución, cómo?
Solo habría solución con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general. Todo ello bajo la batuta de una “tiranía esclarecida” que saltase por encima de la parálisis burocrática secular, que pase por encima del Poder Legislativo cómplice. ¿O usted se cree que los chupasangre no van a reaccionar? Si se descuida le van a robar hasta al PCC. ¿Y qué hay con el Poder Judicial que impide la punición? Tendría que haber una reforma radical del proceso penal del país. Tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre las distintas policías municipales, provinciales y federales. Nosotros hacemos “conference calls” entre presidiarios. Todo esto costaría billones de dólares e implicaría un cambio psicosocial profundo en la estructura política del país. O sea: ¡Es imposible!, ¡No hay solución!
¿Usted no tiene miedo de morir?
No. Son ustedes los que tienen miedo de morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar a matarlos a ustedes allí afuera. Nosotros somos hombres-bomba. En las favelas hay cien mil hombres-bomba. Estamos en el centro mismo de lo insoluble. Ustedes están entre el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera.
Ya somos una nueva especie, ya somos otros bichos diferentes a ustedes. La muerte para ustedes es un drama cristiano que se desarrolla en una cama por un ataque al corazón. La muerte para nosotros es el pan de cada día tirado en una fosa común. Ustedes los intelectuales, ¿no hablan de lucha de clases, de ser marginal, de ser héroe? Entonces llegamos nosotros y ¡ja, ja, ja!…
Yo leo mucho. Leí tres mil libros y leo al Dante. Mis soldados son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país. Ya no hay proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles. Es como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad.
Ya surgió un nuevo lenguaje. ¿Ustedes no escuchan las grabaciones hechas con autorización de la justicia? Es eso. Es otra lengua. Ustedes están delante de una especie de post-miseria. Eso. La post-miseria genera una nueva cultura asesina ayudada por la tecnología: satélites, celulares, Internet, armas modernas. Mierda con chips, con megabytes. Mis comandados son una mutación de la especie social. Son hongos crecidos en la suciedad de los errores.
¿Qué cambió en las periferias?
La guita. Ahora nosotros la tenemos. ¿Usted cree que alguien que tiene 40 millones de dólares, como Beira Mar, no manda? Con 40 millones la prisión es un hotel, un escritorio. ¿Qué policía va a quemar esa mina de oro?… ¿Entiende?
Nosotros somos una empresa moderna, rica en la que si un funcionario vacila es despedido y colocado en el microondas. Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes. Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos. Nosotros luchamos en nuestro terreno, ustedes en tierra extraña. Nosotros no tememos a la muerte. Ustedes se mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados, ustedes tienen calibre 38. Nosotros estamos en el ataque, ustedes en la defensa. Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles y no tenemos piedad. Ustedes nos transformaron en super stars del crimen. Nosotros los tenemos de payasos. Nosotros somos ayudados por la población de las favelas. Por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos globales. Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros “clientes”. Ustedes nos olvidan en cuanto se les pasa el susto por la violencia que provocamos.
Pero, ¿qué debemos hacer?
Le voy a dar una idea, aunque vaya en mi contra. ¡Agarren a los barones del polvo (cocaína)! Hay diputados, senadores, generales, hasta ex-presidentes del Paraguay en el medio de la cocaína y de las armas.
Pero, ¿quién va a hacer eso?… ¿El ejército?… ¿Con qué plata?… Si no tienen dinero ni para la comida de los reclutas. El país está quebrado, sustentando un estado muerto con intereses del 20 por ciento anual y Lula todavía aumenta el gasto público empleando a 40 mil sinvergüenzas. ¿El ejército irá a luchar contra el PCC?
Estoy leyendo a Klausewitz “Sobre la Guerra”. No hay perspectiva de éxito.
Nosotros somos las hormigas devoradoras escondidas en los rincones. Tenemos hasta misiles anti-tanque. Si joden vamos a salir con unos Stinger. Para acabar con nosotros… solamente con una bomba atómica en las favelas. ¿Ya lo pensó, Ipanema radioactiva?
Pero entonces, ¿no habrá solución?
Ustedes sólo pueden llegar a algún suceso si desisten de defender la “normalidad”. No hay normalidad alguna. Ustedes precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. Pero a ser franco en serio: en la moral.
Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida: sólo la mierda y nosotros, ya trabajamos dentro de ella.
Entiendamé hermano, no hay solución. ¿Sabe por qué? Porque ustedes no entienden la extensión del problema.
Como escribió el divino Dante: Pierdan todas las esperanzas… estamos todos en el infierno.