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Bill S. Ballinger

Por: Karmelo C. Iribarren

BILL S. BALLINGERLa primera novela que leí de Bill Ballinger fue En el silencio de la noche. Era la historia de un abogado escéptico y alcoholizado al que le encargan la defensa de una mujer –menuda mujer, por cierto- acusada de asesinar –en el silencio de la noche- a una lesbiana rica en un cuarto de hotel. En la primera página de aquella novela, Cyrus March, el protagonista, tras describirnos una de sus muchas borracheras, nos ofrecía esta reflexión: Esta era mi vida, limitada al norte por el limbo y al sur por la desesperación. Y en la estéril tierra del corazón sólo había olvido. Y es éste quien constituye el mejor de todos los hogares.

Convendrán conmigo en que cuando una novela empieza así es prácticamente imposible dejarla. Yo no sólo no la dejé sino que me la leí como quien dice de un tirón aquella remota noche de invierno, del año, creo recordar, 82. Y, claro, como no podía ser de otra manera, coloqué a Ballinger en la balda de honor de mi biblioteca, junto a mis grandes héroes del momento: Chandler, Hammett, Godis, Macdonald...

Al día siguiente volví a la librería y, rebuscando aquí y allá, encontré Retrato en humo, con aquel intrigante rostro de mujer en la parte de abajo de la portada, recién publicada por Bruguera, como la anterior, pero no en la Colección naranja, sino en Libro amigo. La lectura, trepidante también, de Retrato en humo, no hizo sino confirmar (definitivamente y hasta hoy, y creo que ya para siempre) mi devoción por Ballinger. Menudo libro. Y menuda mujer, nuevamente. Si cada página de En el silencio de la noche rezumaba nihilismo y fatalidad hasta el empacho, Retrato en humo no le iba a la zaga, desde luego. La novela empieza uno de esos días brumosos, de niebla, que las chimeneas de las fábricas adensan, y que tan corrientes eran entonces en Chicago. El protagonista, Danny, un joven que regenta una pequeña empresa de cobros a morosos, nos confiesa, también en la primera página (Ballinger no se anda por las ramas, te inocula su veneno nada más abrir el libro, con un par de frases) que si nos contase lo que le ha sucedido (es decir, la novela), podría considerarse hombre muerto. Además- agrega-, ¿quién iba a creerme? Retrato en humo es la búsqueda obsesiva de una mujer, un rostro desdibujado por el humo del tiempo, diez años nada menos, que capítulo a capítulo va perfilándose para disfrute del lector y agonía del protagonista. Negra, negra, negra, es decir: maravillosa.

Pero se me acabó Ballinger, quiero decir que no pude encontrar más libros suyos. Me ayudaron las relecturas de los clásicos y algo innombrable que pillé por ahí en alguna feria de ocasión. Así hasta el año noventa, fecha en la que apareció La mujer del pelirrojo, en la nunca suficientemente valorada colección Black, de Plaza y Janés. El libro, como todos los de la colección, traía además un pequeño estudio sobre el autor a cargo de Javier Coma. Y lo devoré, claro (el estudio y la novela). Así supe que William Sanborn Ballinger (que firmaba a veces, sobre todo los pulps, como de Frederic Freyer y B.X. Sanborn, pero que ha quedado como Bill Ballinger), había publicado su primera novela en el año 48, aunque no sería hasta el año cincuenta con la mencionada Retrato en humo cuando diese con su verdadero estilo. Un estilo rápido, directo, en el que el suspense (derivado por momentos hacia el onirismo) se sustentaba en una particular y nueva distribución del tiempo narrativo, y que acabó formando corriente dentro del género negro, el realismo lírico, escuela que, iniciada por James M. Cain (a partir sobre todo de las reflexiones del protagonista al final de su primera novela, tras la muerte de Cora), y ensanchada luego por autores como Fredric Brown, Kenneth Fearing y William Irish, entre otros, alcanzará su cumbre en las páginas de Ballinger.

Envuelta en un clima de romanticismo trágico, La mujer del pelirrojo narra la persecución de la pareja protagonista por parte de un detective de policía cada vez menos convencido de su misión. “Cualquier cosa que hagamos ahora estará justificada si nos lleva hasta mañana”, dice en un momento ella, la mujer del pelirrojo. La frase, creo, sintetiza mejor que cualquier explicación divagadora el ritmo trepidante de esta novela.

Tras la publicación de La mujer del pelirrojo, en el año 1957 (para Coma la obra maestra de su autor, aunque esto va por gustos, ya se sabe, y a nadie debe extrañar que Fereydon Hoveyda prefiera Retrato en humo), la estrella de Ballinger empieza a decaer. Las series de televisión, el cine, en fin, el mercado, o, más claramente, el dólar, apartan a Ballinger del género. Publica a partir de entonces una serie de novelas de espías que poco o nada (obviando el dinero, claro) añaden a su carrera. Así hasta 1971, año en que En el silencio de la noche supuso el regreso de Ballinger al buen camino, valga (tratándose de novela criminal) el oxímoron.

Nacido en Iowa, en 1912, Ballinger nos dejó para siempre el 23 de marzo de 1980. Estas palabras van a su memoria.


BIBLIOGRÁFIA

Retrato en humo (1950)- Bruguera col: Club del Misterio (1981)
La mujer del pelirrojo, en el año (1957) -Plaza y Janés -col.: Black (1990)
En el silencio de la noche (1971)- Bruguera col: Serie naranja (1981)



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