REPORTAJE


 

 

 

Delincuentes juveniles de ayer...
SUSAN E. HINTON

David G. Panadero

 

"Un toque de infancia desdichada, una pizca de rebeldía adolescente, y, por último, pero no menos importante, una muerte trágica en la familia."
Kiefer Sutherland en Dark City (1998).

 


Surge el urbanismo, nace la gran ciudad y ésta trae consigo sus propios fantasmas. Para ahuyentarlos aparecen todo tipo de exorcistas: asistentes sociales, psicólogos, educadores, policías... Pero la ciudad sigue siendo oscura. Quizás porque ninguna sociedad que reconozca que está enferma puede llegar a estar sana.

La criminalidad parece ser el cáncer de la jungla de asfalto, y extiende sus tentáculos hasta abarcar todas las esferas: desde la corrupción inherente a los cargos públicos hasta el crimen organizado, pasando por el privado y sucio reino de los pandilleros, que es el que nos interesa.

Los pandilleros: chupas de cuero, navaja en ristre, greñas, tatuajes, pantalones rotos; en definitiva, la indumentaria como primera forma de agresión. Esto, en un principio, tenía mucho que ver con el rock. Ahora es posible que no, que esas señas de identidad hallan quedado vaciadas de contenido a fuerza de ser reiteradas.

Hablando claro: ¿quién no lleva hoy día un piercing? ¿Y un tatuaje? ¿Y una simple perilla? Lo que antes era signo de rebeldía juvenil hoy por hoy ha pasado a ser mera pose, quizás por el gusto de las multinacionales por vampirizar todo aquello que huela a alternativo (adjetivo omniexplicativo pero de significado difuso; sirve tanto para hablar de gastronomía como de música, ya casi se emplea hasta a la hora de tirarse pedos). En definitiva; pregúntenle a cualquier chaval de aspecto modernito por el tal Andy Warhol. Lo más fácil es que le responda que debe ser un jugador del Manchester.

Dejando consideraciones aparte, recordemos que hubo una época en que vestir como un outsider implicaba una ética, unas costumbres y una forma de vida. La novelista norteamericana Susan E. Hinton ha legado una obra literaria que lo corrobora.

Nuestra mujer, nacida en Tucsa en el año 1950, lo plantearía a las claras con su opera prima: Rebeldes, escrita con tan sólo 16 años, que vio la luz en 1966. En esta primera novela recogería vivencias de su etapa en el instituto, dando a luz una obra algo femenina (se percibe en la delicadeza de sus personajes, sobre todo el inolvidable Poniboy, y de hecho ciertos autores hablan del supuesto carácter filogay de la obra), un tanto ingenua (se adscribe a la platónica idea de que toda ciudad se divide en dos: la de ricos y la de pobres), y un mucho utópica, totalmente inserta en las ideas rousseaunianas tan en boga en los 60, sin dejar escapar la coartada ecologista.

Pese a todo, lo que salva a la novela es su tremenda sinceridad, el hecho de que la autora cree en lo que está contando. Rebeldes plantea la confrontación entre las dos bandas rivales de la ciudad: los socs (abreviatura de "sociales") y los greasers; es decir, los rockers de pelo grasiento y engominado.

La afortunada traslación a celuloide correría a cargo de Francis Ford Coppola en 1983, con un film de idéntico título al de la novela, que recoge de forma fidedigna su espíritu, sus grandezas y sus flaquezas; así, tenemos un excelso melodrama, que mediante un magnífico uso del color y los paisajes, las sublimes puestas de sol, sabe llevarnos a estados de ánimo melancólicos. Pero la película (igual que la novela) abusa de los buenos sentimientos, y además muestra una concepción gregaria, dando a entender que, por muy sórdida que sea la vida en los barrios bajos, los "colegas" siempre te van a servir de colchón. Pero las cosas son más complicadas...

Susan E. Hinton retrata la moderadamente estable sociedad yanqui de los 50 o primeros 60, pero pronto todo iba a cambiar.

Esto ya es otra historia, novela de 1971, representaría una transición en las ideas de Susan E. Hinton. Las cosas estaban cambiando, y ella no podía cruzarse de brazos. A modo anecdótico, señalaremos que presenta cierta continuidad con Rebeldes, en tanto que aparecen en un segundo plano personajes de ésta, el gran Poniboy y Tim Shepard. Esto ya es otra historia es una novela notablemente inferior a la comentada previamente. Su principal defecto es el aire formulario y reiterativo, y su titubeante progresión, de modo que la "almendra" que mueve la historia, que anuncia como sinopsis la contraportada del libro, se presenta y desencadena en las páginas finales. No seremos nosotros quienes destripen la obra. Lo previo es un continuo ir y venir de los chavalitos protagonistas que poco enriquece el casi nulo in crescendo.

Con esta obra de relativo interés (salvo error no se conoce adaptación cinematográfica alguna), Hinton cae en fáciles e ingenuos moralismos, pero nos presenta un entorno diferente al de Rebeldes. Así, ahora el mayor peligro (a los ojos de la autora) son las comunas hippies (en una de las cuales acaba el personaje M&M), donde los adolescentes, ávidos de nuevas experiencias, se inflan a tomar LSD. Curiosamente, los postulados erótico-izquierdistas de nuestra señora en Rebeldes pasan a posturas más conservadoras en Esto ya es otra historia.

Quedémonos pues con las ideas conductoras: las pandillas son estupendas y sirven como segunda familia a los lumpen. Pero los lumpen caen en las redes de la droga, y acaban los tiempos gloriosos de las pandillas. Lo peor está por venir.

La ley de la calle, novela de 1975, es la obra de madurez de la Hinton, en la que representa el nihilismo de la década de los 70 y la resaca posterior a la era hippie.

Se trata de su obra maestra por diversos motivos; a saber, ya no pretende explicar el funcionamiento de la sociedad, ni siquiera se plantea hacer un retrato generacional (cuestión aparte es que involuntariamente lo logre). Ahora se centra en dos personajes: Rusty James, nostálgico de los tiempos de las pandillas y violento, y el Chico de la Moto, suerte de filósofo urbano nacido "en la mala orilla del río". Hinton constituye una obra minimalista en la cual, aplicando su ojo clínico a un personaje, nos da ciertas claves sobre las semillas de la violencia. Además, su estilo literario, siempre callejero y de jerga, nos sugiere una muy acentuada cercanía con los acontecimientos. Lo más relevante es cómo con un vocabulario tan limitado y expresiones tan sencillas la autora pueda llegar a introducirnos en situaciones tan complejas como la monofobia de Rusty James. Y ya nada porá salvar a los personajes de los peligros de la calle, ahora habrán de padecer en silencio y en solitario.

Un punto en común que tiene esta obra con Rebeldes es su desenlace: un policía, quizás por error, quizás por abuso de autoridad, mata a un personaje clave. Este detalle podría suponer un guiño nada disimulado a la canónica Rebelde sin causa (1955), de Nicholas Ray.

El por qué La ley de la calle "Rumble Fish" se halla erigido en uno de mis iconos es una pregunta que me asalta desde hace más de una década. Quizás sea por su grandeza trágica, por ser la epopeya urbana definitiva, o simplemente porque Coppola adaptó sus páginas en 1983, creando así la película que más veces he visto en mi vida.

El tratamiento post-expresionista a lo Welles o a lo Cocteau dado por el director a la cinta, el contrastado blanco y negro (sin olvidarnos de los peces de colores), su rijosa iconografía, su aire preternatural (que incluye el viaje astral de Rusty James tras una pelea, y relojes omnipresentes, tanto en imagen como en la pista de sonido) hacen de la película una extraña abstracción, partiendo de un texto ya de por sí enigmático.

Rusty James fue encarnado por un Matt Dillon que todavía no llegaba a la veintena. Como el Chico de la Moto tuvimos a Mickey Rourke (uno de sus pocos papeles aceptables), y también hicieron acto de presencia Diane Lane, Dennis Hopper, Nicolas Cage, Chris Penn, Laurence Fishburne, Vincent Spano... hasta la propia S. E. Hinton.

Así como Rebeldes, la película, constituía un estupendo melodrama de factura tradicional, La ley de la calle, desde antes de su gestación fue concebida como obra experimental, lo cual se aprecia en la inclasificable banda sonora, compuesta por Steward Copeland, batería de Police, que consiste en temas sumamente eclécticos y experimentos con la percusión en los que se emplea desde máquinas de escribir hasta relojes.

Estando a las puertas del siglo XXI aún vivimos en la gran ciudad, la gran bestia que cobra vida propia, y siguen naciendo niños con un toque de infancia desdichada. Es muy posible que más adelante desarrollen una pizca de rebeldía adolescente, y los ghettos, antes de desaparecer, se erijan en fronteras de las urbes.


 

 

 

 

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