ENTREVISTA:
David Torres
Por:
David G. Panadero y Zeki
Un escritor
que ha venido para quedarse
David tiene las ideas muy claras,
a pesar de no haber publicado en exceso (3 novelas, una de ellas,
Los huesos de Mallory escrita en colaboración con Rafael
Conde, numerosos relatos breves, volúmenes de poesía,
y varios guiones) sus obras ya alcanzan la madurez del escritor
de raza.
En el trance de sacarle algunas
respuestas interesantes, no tuve otro remedio que acudir a refuerzos
profesionales. Un tocayo y vecino suyo, tuvo el buen tino de
soplarme algunas de las preguntas que astutamente y a continuación
ice pasar por mías. Desvelado el ardid y el nombre del
cómplice: David G. Panadero, solo le queda al lector
separar el grano de la paja. Siendo el grano de David y la paja
de un servidor
-¿Eres
de esos autores que conciben su oficio como una suerte de sacerdocio?
Es decir, ¿tienes en mente un plan general de toda tu obra
futura y quieres dejar tu huella para la posteridad?
En
los tiempos que vivimos, aguantar dos semanas en una librería
ya es todo un éxito, así que imagínate la
posterioridad. Eso es ciencia-ficción. No, yo creo que
escribo para mi época, limitado por mi época, alimentado
y defendido por ella. No puedo ser otra cosa. La obra futura existe
en la hipoteca existencial de mi vida. Tengo unas cuantas novelas
que me gustaría haber sembrado por ahí, antes de
abonar la tierra. Pero no sé si dispondré de tanto
tiempo. En cuanto al oficio, está claro que se trata de
un sacerdocio pero sin pagas estatales ni subvenciones de ningún
tipo. Ni siquiera se nos deja pasar el cepillo. Quiero decir que
el esfuerzo inmenso, los meses y años que te dejas en una
novela no tienen compensación económica de ningún
tipo. En comparación, un artículo de prensa es una
pasta. De manera que, si la escritura de novelas es un oficio,
debe de tratarse del último resto de artesanía medieval.
Somos un poco como ese escultor de Notre Dame, empeñado
en afilar los colmillos de una gárgola que, tal y como
estaba situada, nadie iba a apreciar. Muy pocos lectores (para
qué hablar de los críticos) se fijan en estas cosas.
Cuando alguien le recriminó al escultor de Notre Dame por
qué se tomaba tanto esfuerzo para algo que nadie iba a
ver bien, él respondió: "Bueno, la verá
Dios". Amén.
-En
El gran silencio, la novela gira alrededor de Esteban. Un personaje
que intenta superar su destino y que para ello elige el boxeo,
aunque como bien dice: Elegir, no me
jodas. Como si en la vida se pudiera elegir. Enfrentado
a sus limites concretizados en ese combate con Chamaco cuando
oye el crujido de su alma despegándose de su carne. ¿Por
qué la derrota conlleva una vuelta al punto de partida?
Tu relato Ida y vuelta, lo ilustra muy bien, aunque de otra manera.
¿El camino emprendido, no es ya una victoria?
Victoria y derrota son términos simplistas, muy americanizados
y muy poco definidos. Un héroe, en el sentido griego del
término, no es el que gana, sino el que es capaz de encarnar
una moral, una forma de vida, una época. Por eso Rambo
es un papanatas y un gilipollas, y Aquiles o Héctor, auténticos
héroes, ganen o pierdan. En este sentido, Esteban no puede
superar su destino, porque el destino cae sobre el héroe
como una maza. Es en la lucha, a pesar de la derrota, donde un
hombre adquiere su grandeza. Ahí está, creo yo,
el verdadero sentido de la lucha en el boxeo. Un combate siempre
es trágico porque no se puede ganar. De ninguna manera.
La derrota siempre aguarda al final, es metafísica, es
absoluta, y es total. Por eso mismo, porque sólo se puede
perder, hay que luchar.
-(Quizás esta pregunta redunda con la primera) Tus personajes
tienen todos algo de Nietzscheano, se sobreponen a sus limitaciones
Sin embargo lo que debería ser motivo de satisfacción
acaba siempre en una amarga derrota, ¿siempre hay un límite
que no se puede vencer?
Seguro. Esos límites están definidos. En última
instancia, como te dije antes, son metafísicos. La enfermedad,
la vejez, la muerte. Pero en El gran silencio, las posiciones
de salida también están muy marcadas. La pobreza
social, la falta de oportunidades en un barrio como San Blas.
No digo que estos límites no puedan vencerse (yo, sin ir
más lejos, escapé de San Blas), pero nadie te resarcirá
del tiempo y el esfuerzo gastados en el combate, de las cicatrices
y la rabia. Pérdidas que, en sentido nietzscheano, son
ventajas. "Todo lo que no me mata, me fortalece" dijo
el viejo Nietzsche. O en cristiano: "Lo que no mata, engorda".
No estoy de acuerdo. No siempre. Hay recuerdos que acaban generando
un cáncer y balas que te matan veinte años después
de disparadas.
- ¿Tienes una especial predilección por los prototipos
de perdedores?
¿Quién es ganador y quién perdedor? Te repito
que esto sólo es filosofía americana barata, la
misma que nos ha dado a Rambo y al gobernador de California, a
Bush y a la hamburguesa. Una verdadera mierda. Estados Unidos
podría haber escuchado a Hemingway, a Jack London o a Norman
Mailer pero no lo hicieron. Creyeron que Bukowski era Rimbaud.
Creen que los Rolling son un grupo maldito, cuando son cuatro
niñatos, pijos y gilipollas. Una marca de fábrica.
Los americanos tenían a Jimmy Hendrix, indio, negro y santo,
que se incineró, y creen que el cobarde bobalicón
de Keith Richards es su reencarnación. Los Estados Unidos
están repletos de un montón de subproductos baratos
y palomiteros, de imitaciones, de comida barata para usar y tirar.
El país que dio a Miles Davis le hace un trono a Elvis
Presley, un tío que se sentaba a cagar en un retrete de
oro macizo. Piénsalo: un retrete hecho de oro. He ahí
un buen símbolo del ganador, según América.
-En tu caso ¿qué factores influyen en la elección
de los argumentos?
A
la hora de escribir no tengo mucha elección. Las cosas
más importantes de la vida suelen presentarse por sí
solas, sin aviso previo: un amor, una enfermedad, un libro, un
despido, un amigo. En mi caso, en una novela, el argumento se
desarrolla a partir de los personajes y no al revés. En
el caso de El gran silencio, Roberto Esteban fue el eje, la columna
sobre la cual se fue edificando todo: trama, estructura y lenguaje.
-¿Es cierto que El gran silencio se gestó una
mañana de domingo, entre un grupo de amigos que desayunaban
en el VIPS? Detállanos, por favor, esa historia.
No fue una mañana, sino una noche en un bar. Éramos
cinco amigos escritores, tres poetas, Alvaro Muñoz, Jesús
Urceloy, Rafael Pérez Castells, un cuentista, Antonio Polo,
y el diseñador de la revista Ariadna, Pedro Díaz
del Castillo. Y yo. De pronto se me ocurrió, en un momento
de lucidez inspirado por el bourbon, que podíamos escribir
una novela entre todos, una especie de cadáver exquisito
en que cada uno de nosotros fuera desarrollando una historia y
unos personajes y pasando el muerto al siguiente. Se sorteó
el género y se votó el título. Salió
novela negra y salió "El pie sin huella". Se
sorteó quien empezaría y perdí yo. Tenía
una semana por delante para los diez primeros folios. En esa semana
nació un detective llamado Roberto Esteban, que tenía
un despacho cutre en la Plaza de España, en Madrid, una
pecera con un pez luchador, y una vecina maciza. No bebía
ni fumaba y tomaba caramelos de menta. Esto último lo hice
exclusivamente para joder al siguiente, que era Alvaro Muñoz.
En ese primer capítulo ya aparecía el Oso Panda,
Sebas, el enano, el perro, Laura y Morales. Pero en las siguientes
entregas, los poetas empezaron a desbarrar: con Alvaro, la chulería
se vino abajo y Esteban empezó a llorar por los rincones.
Con Rafa empezó a beber de nuevo. Con Jesús, citaba
a Shakespeare y a Espronceda. Muy divertido pero muy poco serio.
El caso es que, como le había cogido cariño al personaje,
di un golpe de estado y me quedé con la novela. Por razones
de verosimilitud, sustituí al detective por un matón
de tres al cuarto, un campeón de boxeo venido a menos.
Cambié casi todo por completo, pero quise conservar una
cosa al menos de lo que cada uno de mis amigos habían puesto
en el libro: el comisario Muñoz es una creación
de Alvaro; el pasaje del ciego cruzando la calle por culpa del
móvil de Esteban es obra de Antonio Polo; el personaje
de Ávalos, chulito y repeinado, está saqueado de
Jesús Urceloy; el nombre del enano es una cortesía
de Rafa Pérez Castells. Por cierto, que ningún crítico
en este país, ni siquiera vosotros, que sois amantes de
la novela negra, ha caído en la cuenta del juego de palabras.
Raimundo Cerero es Raymond Chandler.
-En
esta novela, hay un claro homenaje al film La ley de la calle,
con un protagonista sordo, que tiene por compañía
un pez. ¿Es intencionado?
La sordera de Esteban forma el verdadero pilar secreto del libro.
Es el enigma que sostiene todo: la soledad del personaje, sus
silencios, su carácter arisco, su chulería en las
réplicas, su obsesión por escuchar una música
que no puede escuchar... La sordera funciona como el asesino en
las novelas de detectives tradicionales, y no sé si hemos
hecho bien en desvelarlo a los futuros lectores del libro. Como
no creo que queden muchos interesados, puedo adelantar que se
trata de un truco de perspectiva, a la manera de Conrad o Henry
James. Teóricamente, el lector debe descubrir la sordera
de Esteban al tiempo que Laura la revela. De hecho, en cuanto
a la génesis del libro, fue el detalle más inquietante
y hermoso de todos: no descubrí que Esteban estaba sordo
hasta que llegué al pasaje de la playa. En ese instante,
supe (no me preguntes cómo) que el combate con Chamaco
todavía le pasaba factura.
Descubrí la conexión con la película de Coppola
mucho después, cuando ya estaba a punto de terminar el
libro, y no me inquietó gran cosa. En este caso, las semejanzas
no son un homenaje ni una influencia directa, ni siquiera un guiño,
sino, directamente, una señal de vasallaje, inconsciente
e involuntario. Es una gran película, la había visto
muchos años atrás y, por lo visto, dejó su
huella. Hubo cosas que se me quedaron por ahí dentro, en
los rincones oscuros, en especial, la visión del pez luchador
restallando con su llama roja en medio del blanco y negro. Pensé
en eliminar al Señor Rodríguez de la historia y
sustituirlo por una tortuga, pero luego comprendí que sería
jugar sucio conmigo mismo y con Rumble Fish.
-Resulta curiosa tu manera de combinar elementos de la cultura
clásica con alusiones a las subculturas urbanas. Y en El
gran silencio, consigues presentar de forma lírica los
paisajes más arrabaleros ¿Resulta complicado unir
lo elitista con lo residual, la cultura académica con la
cultura basura?
No encuentro mucha diferencia entre la cultura clásica
y la llamada cultura urbana. Subcultura es una palabra que no
me gusta; en mi vocabulario particular significa dar gato por
liebre. No depende del ámbito de extracción social,
sino del grado de compromiso del escritor, de su sinceridad y
de sus ganas de trabajar. Bukowski dijo que, para él, un
vagabundo americano de hoy era más interesante que un dios
griego muerto. La frase parece muy brillante pero es engañosa:
fíjate que el adverbio "de hoy" no quiere decir
nada. Cuando Bukowski lo escribió ya estaba pasado por
agua. Así que un vagabundo americano puede ser interesante
si lo describe, por ejemplo, Jack London, que es como veinte veces
más escritor que Bukowski y Carver juntos. En cuanto al
dios griego, es evidente que no está tan muerto si hasta
un supuesto iletrado como Bukowski había oído hablar
de él.
En cuanto al lirismo, surgió directamente del problema
de dar voz y visión a Esteban. Es evidente que hay un problema
de verosimilitud en el libro, pero no me preocupa. Yo quería
diferenciar muy bien la voz interior de Esteban (sus pensamientos,
sus sentimientos, su visión) de su voz exterior, que es,
más o menos, una mezcla entre Humprey Bogart y Mike Hammer
con un deje de San Blas. No hay ningún problema en casar
lo elitista y lo residual, puesto que lo residual suele ser una
forma de elitismo y lo elitista, como su propio nombre indica,
es residual.
-Si esta novela se llevara al cine, ¿a quién
te imaginas dirigiéndola? ¿Qué opinión
te merecen los italo-americanos, como Scorsese, De Palma o Coppola?
Si fuese un productor muchimillonario con poder para resucitar
a los muertos, mi reparto ideal sería John Garfield como
Roberto Esteban, Verónica Lake como Laura y Anthony Quinn
como Morales. Movería cielo (literalmente) y tierra para
que la película la dirigiese John Huston, bendito sea esté
donde esté.
Si pedimos simplemente un milagro, me pido a Scorsese y de Esteban
a Harvey Keitel o a Nick Nolte, los dos con diez años menos,
o a Benicio del Toro, con diez más. En el ámbito
hispano, creo que Javier Bardem sería perfecto, aunque
Sergi López también podría dar mucho juego.
Volví a ver el Drácula y La última tentación
de Cristo, dos películas supuestamente menores que en su
día me fascinaron y es asombroso comprobar cómo
han ganado con los años. Son como los buenos vinos: se
han depurado, se han templado, han ganado cuerpo y sabor. Coppola
y Scorsese son tal vez los últimos grandes directores que
ha dado el cine; el pobre besugo de Brian de Palma no tiene nada
que ver con ellos y su mención al lado de sus primos mayores
o de Spielberg a mí, personalmente, me da mucha pena. O
risa. Creo que el director de cine es una especie que, vistas
las trayectorias descendentes de tipos que prometían tanto
como Ridley Scott, Tarantino o los Cohen, está en vías
de extinción.
-Según vemos en tu obra, tu mirada a los ochenta está
exenta de glamour, lujos y movidas madrileñas. ¿Cómo
viviste esa época?
La sobreviví, que no es poco. En mi caso, la lectura fue
un refugio y una trinchera. Mi visión de la movida coincide
más o menos con la de Esteban: un jueguecito de niños
pijos, que dio una plástica hecha por ciegos, una música
hecha por sordos y un cine hecho por gilipollas. Cualquiera que
crea que el cine de Almodóvar refleja tan sólo un
diez por ciento del Madrid de aquella época, puede creer
también en las hadas, en los gnomos o en Paco Porras. En
general, la movida fue una pintura de glamour sobre un montón
de mierda: algo así como una novela de Ana Rosa Quintana
con guión de Boris Izaguirre producida por Sardá
y filmada por Urdaci. En mi opinión, lo único bueno
que salió de todo aquello fue la cocina de Abraham García,
que es a Ferrán Adriá lo que fue Brahms a Johann
Strauss.
-En
El gran silencio es un boxeador, en Nanga Parbat, una montaña,
eres guionista del Al filo del imposible, ¿Fascinación
por el riesgo?
Puta
envidia, más bien. Soy el tipo más sedentario, miedoso
y vago que uno pueda imaginarse, así que la sola idea de
ponerme unos guantes de boxeo o unas botas de montaña para
salir al Himalaya me produce una mezcla de urticaria, pánico
y pereza de la que sólo puede curarme una buena siesta.
-¿Podremos
disfrutar de más aventuras de Roberto Esteban?
No sé si la novela ha tenido tanta aceptación entre
los lectores de género como para iniciar una serie. La
idea de serie es casi consustancial al género negro, ¿no?
y depende más del personaje que de cualquier otra cosa.
Yo creo que Esteban volverá cuando a él le dé
la gana. A lo mejor, dentro de cuatro o cinco años, vuelve
a la carga, enfrentándose a la mafia rumana o sacando de
la calle a un sicario colombiano de trece años. Al menos,
me gusta juguetear con la idea de que, un día de éstos,
puedo volver a tropezarme con él.
Abril
2004