ENTREVISTA A BUDD SCHULBERG
Ramón
García

El ciclo que el Festival de Cine Americano de Deauville dedicó
al cine de boxeo deparó el encuentro con Budd Schulberg,
en el hall del hotel Royal Normandy. Ramón García,
para La Gangsterera, tuvo la fortuna de dialogar con el autor
de "Más
Dura será la Caída" (Alba),
"
El Desencantado"(Acantilado) y "Sanctuary
V": el individuo al que Humphrey Bogart encarnó en
1956, en la memorable película de Mark Robson.
Con
el homenaje a Ron Howard, la película "Cinderella
Man" cobró carácter protagonista durante la
31 edición del Festival de Cine Americano de Deauville,
celebrada entre el 2 y el 11 de septiembre pasados y cuyo palmarés
encabezó "Crash", de Paul Hagis. Lo curioso es
que, por una casualidad que tal vez no fuera tan casual, el Festival
otorgó el premio literario a la novela "Sanctuary
V" de Budd Schulberg, autor a su vez de la novela "Más
Dura será la Caída" en la que se inspira el
clásico filmado por Mark Robson en 1956, con Humphrey Bogart
interpretando a un periodista especializado en boxeo que muy bien
pudiera ser el propio Budd Schulberg.
En
cualquier caso, Budd Schulberg estaba el 11 de octubre de 1939
en el Madison Square Garden de Nueva York, contemplando el combate:
Jim Braddock-Max Baer, que constituye el núcleo argumental
de "Cinderella Man". El viernes 9 de septiembre de 2005,
con 91 años y una lucidez envidiable desde la que contempla
todo un siglo de literatura, cine y boxeo - sus tres grandes pasiones
-, Budd Schulberg nos esperaba en el lobby del hotel Royal de
Deauville: un soberbio edificio emblemático de la belle
époque y que parece surgido de un relato de Scott Fitzgerald.
Fue precisamente con Francis Scott Fitzgerald con quien Budd Schulberg
inició su carrera literaria, colaborando en la escritura
de dos guiones para películas que se saldarían con
sendos fracasos. En 1941 publicaría su clásico "What
makes Sammy run?", quizá la mejor novela que se haya
inscrito nunca sobre Hollywood. En 1950 glosaría su amistad
con Scott Fitzgerald en la novela "The Disenchanted".
Sus colaboraciones con Elia Kazan le consagrarían como
guionista: "On the Waterfront" (la mítica película
con Marlon Brando y Eva Marie Saint), "A face in the crowd"
(1957). En 1971 publicaría "Sanctuary V" una
vibrante y pletórica novela sobre el primer año
de la revolución castrista en Cuba rescatada por la editorial
Bernard Pascuito y que rescata a su vez a Budd Schulberg, el último
representante vivo de la Lost Generation. Sentado entre dos grandes
plantas tropicales, delgado y fino al trasluz del sol veraniego
de esa mañana, Budd Schulberg parecía como un cruce
entre Truman Capote y John Cheever. Casi daban ganas de darle
las gracias por estar vivo. Con una timidez increíble,
pulsé el botón rojo de la grabadora
Ramón
García:
-
Sr. Schulberg, usted es una de las últimas personas que
guarda un recuerdo vivo de Scott Fitzgerald, ¿cómo
fueron sus relaciones con él?
Budd
Schulberg: Scott y yo nos llevamos muy bien, desde el principio.
Yo tenía mucho interés en su obra. Él no
tenía un gran interés en mi obra, porque yo no tenía
realmente ninguna obra en ese momento. Le interesaban mucho las
diferencias entre la generación de los años 20 y
las características de la generación que siguió
a la Gran Depresión. Hablábamos mucho sobre eso.
Me gustó desde el principio, me cayó muy bien enseguida.
Después de la comida solíamos quedarnos toda la
tarde enzarzados en largas conversaciones: el problema es que
hablábamos sobre cualquier cosa, de todo salvo sobre la
película que se suponía que debíamos escribir
juntos. Tal como describo en "The Disenchanted", por
esa época Scott empezó a beber una y otra vez.
Mi padre estaba muy excitado con la idea de que yo iba a escribir
con Scott Fitzgerald, y para celebrarlo trajo dos grandes botellas
del mejor champán para celebrarlo. Y extrañamente
fue ese champán el que incitó a Scott, que había
conseguido pasar nueve meses sin probar un trago, a beber una
vez más. No era un gran bebedor, el alcohol le afectaba
y se le subía muy pronto a la cabeza. Y en uno de esos
fines de semana se embarcó en una auténtica ordalía
de alcohol, fue un desastre. Pero más adelante, al volver
a Hollywood, yo le veía de vez en cuando, y volvió
a serenarse, trabajaba y escribía, pero el dinero no acababa
de llegar, estaba prácticamente en la miseria y pasando
una situación muy difícil, que le preocupaba porque
quería enviar a su hija a una buena escuela, a Harvard
y tenía que pagar las facturas del sanatorio donde estaba
internada su mujer, Zelda. Tocaba fondo. Es muy triste porque
ahora es un escritor tan famoso y reconocido, sin duda sería
millonario, un auténtico millonario, pero en ese momento
Scott Fitzgerald estaba en la ruina casi total. Estaba luchando
tanto por salir de esa situación.
- ¿Había escrito ya "El Último Magnate"
en esa época?
-
Bueno, después de escribir el guión para la película
"Winter Carnaval", los dos nos separamos y, curiosamente,
ambos empezamos a escribir novelas sobre Hollywood. Yo viajé
al Este y escribí mi libro "What Makes Sammy Run".
Yo no sabía qué estaba escribiendo Scott en esa
época. Sólo sabía que estaba trabajando.
Y entonces, una vez que concluí mi libro, le pregunté
a Scott si querría leerlo. Estaba clavado a la cama. Le
habían construido una especie de mueble especial para que
no tuviese que levantarse, y Scott estaba escribiendo allí
y me preguntó si no me importaría escuchar el primer
capítulo de lo que él había escrito. Y de
pie allí, en medio de la habitación, vi a Scott
Fitzgerald leyéndome el primer capítulo de "El
Ùltimo Magnate" y una vez que llegó al final
del primer párrafo, yo me di cuenta: pero sí está
escribiendo sobre mí, por qué escribe en primera
persona, en el primer párrafo había algo que yo
le había dicho y es que yo nací en Hollywood, procedo
directamente de allí, de manera que nunca vi las películas
como algo que tuviera ningún glamour. Eran más bien
como una especie de producto industrial y estas factorías,
en lugar de fabricar neumáticos, o coches, lo que fabricaban
eran cintas de películas. Las primeras frases de la novela
reflejaban exactamente esto que yo le había dicho a Scott
me
sentí un poco herido pensando que tal vez le había
contado demasiado y quizá accidentalmente yo había
resultado muy útil porque le había revelado algo
sobre Hollywood a lo que él no hubiera podido tener acceso
de alguna manera me utilizó porque yo soy hijo también
de un magnate del cine y él combina la idea: en el libro
de Scott es la hija la que narra la historia de El Ultimo Magnate.
Y una vez terminada la lectura, me dijo: "I hope you don`t
mind", espero que no te importe. Comprendí enseguida
que así es como actúan y han actuado siempre los
escritores, es imposible no atraer a la ficción a las personas
que les rodean.
-
¿Considera que su novela "What makes Sammy Run"
es mejor que el "Último Magnate"? ¿Hay
más calado en su obra en el Hollywood real que en la novela
de Scott?
-
Es algo extraño porque son dos libros que se tocan casi
por los extremos, en cierto sentido. El protagonista de la novela
de Scott es un hombre joven y ambicioso pero básicamente
bien intencionado, de manera que Scott estaba escribiendo sobre
el lado positivo de la industria del cine, mientras que en mi
libro lo que yo abordo son las disputas entre clanes familiares
y otros aspectos muy turbios de la industria. De manera que lo
mejor sería poner ambos libros lado a lado, efectuar una
especie de comparación, y esa sería la mejor manera
de tener una idea, de obtener toda la verdad sobre Hollywood.
-
¿Existía algún precedente de novela sobre
Hollywood equivalente a la suya en intensidad, furia, rabia? ¿Fue
Sammy el comienzo de un género literario completamente
nuevo?
Se
habían escrito muchas, muchas novelas sobre Hollywood.
Antes de que yo escribiera "What makes Sammy Run" había
ya algunas interesantes, como una titulada "Wuthering people".
Pero Sammy... está escrita desde un punto de vista, digamos,
terrible que creo mejora todo lo que se había escrito hasta
entonces. Creo que abrió una perspectiva nueva, y no sé
si esto tuvo algo que ver con el impacto del libro. Yo no sabía
qué esperar. Y francamente cuando apareció, el éxito
fue tal que me dejó desconcertado. Nunca lo hubiera esperado.
Mi padre me aconsejó que no lo publicase. Era una de las
personas más importantes de Hollywood, y lógicamente
esto influía en su actitud. Me dijo: creo que está
muy bien escrito, pero te pido que no lo publiques. Me lo comunicó
en una carta que yo utilizo en mis memorias. Si lo publicas, me
dijo, arruinarás tu carrera y será un golpe muy
duro para tu madre y también para tu padre. Este libro
podría suponer la destrucción de la familia, así
que por favor te pido que no lo publiques.
-
¿Por qué se veía reflejado en el personaje
de Sammy Glick?
No,
no en realidad no por eso. No se vió reflejado en el personaje
de Sammy Glick sino más bien en el personaje del productor,
el viejo jefe de estudio que finalmente es desplazado por el arribista
Sammy. No es que se viera reflejado en el personaje de Sammy,
pero pensaba que categorizar al Jefe del Estudio de la manera
en que yo había categorizado a Sammy Glick en su carrera
hasta la cúspide sería algo que tomarían
muy a mal todos los jefes de los restantes estudios, como Mayer
o Warner y que ello provocaría una especie de guerra. Y
esto le encendía de cólera, hasta el punto de jurar
y gritar.
-
Y sin embargo, pese a las advertencias de su padre, usted publicó
el libro.
Para
mí era muy importante. Había pasado un año
trabajando en ello, había dejado mi trabajo en Hollywood,
era joven y acababa de casarme. Había firmado un contrato
y el contrato no estipulaba demasiado dinero pero si no lo publicaba
simplemente no tenía nada.
-
Y además la película que había escrito con
Scott Fitzgerald, "White Carnival", había sido
un fracaso absoluto.
Era
un trabajo tan deplorable. Debía tratarse, en principio,
de una "comedia romántica". Pero, por alguna
razón, ni Scott Fitzgerald ni yo conseguimos arrancarle
a la historia nada que pudiese satisfacer a nuestro productor,
Walter Wanger. Y cuando finalmente concluimos la historia, me
encontré con la peor película que probablemente
se haya filmado nunca.
- Y entonces se volvió a la ficción. ¿Qué
prefiere: la novela o el guión cinematográfico?
En
general prefiero la novela porque todo cuanto hay ella es tuyo,
mejor o peor es todo tuyo, mientras que, como sabe, en una película,
con mucha frecuencia, el guión cae en manos del productor,
del director o de la estrella y lo desfiguran hasta tal punto
que el trabajo resulta absolutamente insatisfactorio, pero en
mi caso yo tuve mucha suerte. Con Elia Kazan como director hice
"On the Waterfront" (La Ley de los Muelles) y "A
face in the crowd" (Un rostro en la multitud) y el caso de
Kazan era muy inusual entre los directores porque tenía
un respeto absoluto hacia los escritores. En el teatro es el escritor
quien tiene la última palabra, ni el director ni las estrellas
pueden cambiar el lugar, o los diálogos y seguir adelante.
Kazan respetaba este principio a rajatabla. Por supuesto me hacía
sugerencias a propósito de los diálogos, pero siempre
era yo el que tenía la última palabra. Este tal
vez sea un caso único en la historia del cine. Y creo que
así es como debería ser. Pero ocurre exactamente
al contrario, cuando se produce el estreno de una película,
todos los periódicos dicen: "una película de
"
Y a continuación el nombre del director, nunca se menciona
el nombre del escritor. Yo soy miembro del Consejo de Escritores
de Estados Unidos, y en mi juventud fui miembro del Sindicato
de Escritores Americanos y uno de nuestros principios es que sólo
puede decirse que una película "es de
"
si el director es también la persona que ha escrito el
guión. Si no es él, entonces no es "una película
de
"
-
Pero después de haber escrito "What makes Sammy Run"
en 1941 y antes de escribir "On the Waterfront" en 1956,
usted escribe "The Harder they Fall" y ahí descubre
el segundo gran tema de su obra: el boxeo.
No
puede decirse en realidad que fuera un descubrimiento porque yo
ya estaba implicado en el mundo del boxeo desde hacía mucho
tiempo y casi con tanta intensidad como en el negocio del cine.
Mi padre era un gran amante del boxeo y solía llevarme
a ver combates una o dos veces por semana, normalmente los miércoles
y los viernes en el Hollywood Leyton. Así que cuando tenía
catorce años ya era un experto en boxeo. Y no he perdido
aún la pasión. He seguido la evolución de
este deporte desde que tenía 10 años. Y sigo haciéndolo.
-
Cuando supo que Philip Yordan iba a ser el guionista que adaptase
su novela, y que Humphrey Bogart le interpretaría a usted
mismo, supongo que no se sintió decepcionado, ¿Confiaba
en el equipo Yordan, Bogart y Mark Robson?
Bueno,
yo ya había escrito mi propia versión, una adaptación
muy extensa y detallada, casi plano por plano. Y se suponía
que yo iba a ser el guionista. El problema es que Harry Cohn,
que por entonces era el jefe del estudio, quería que fuese
a Hollwood para escribir el guión en el estudio y yo no
quería escribir así. Si había escrito la
novela en mi granja de Pennsylvania, ¿por qué no
podía escribir la adaptación también en la
granja y llevar después todo el material a Hollywood? En
Hollywood lo que escribes cada día pasa, al final de la
jornada, a una secretaria que lo lleva al productor, quien examina
página por página lo que has hecho y normalmente
lo masacra. No quería trabajar así y me retiré
del proyecto. Finalmente fue Philip Yordan quien escribió
el guión. Dicho esto, he de reconocer que siguieron muy
fielmente el texto de la novela pero al mismo tiempo incluyeron
algunos añadidos, algunas cosas con las que yo no estaba
de acuerdo. Por culpa de ello escribí
un
artículo para la revista Sports Illustrated, en la que
yo era el periodista especializado en boxeo y en el que ataqué
cuanto pude esos añadidos.
-
Acaba usted de mencionar a Harry Cohn: un nombre que no es me
desconocido. Fue con este productor con quien Arthur Miller consideró
la posibilidad de rodar su guión "The Hook",
también basado en el combate de los sindicalistas de los
muelles de Nueva York. ¿Existe algún paralelismo
entre la historia que usted escribió para Elia Kazan y
la historia de Miller?
No
realmente. Kazan vino a verme y pregunté si estaría
interesado en hacer una película en la costa este sobre
este horrible incidente. Yo ya había escrito un guión
titulado Call on the Waterfront basada en las crónicas
que Malcolm Johnson había publicado en el desaparecido
New York Sun. Mi guión iba a ser filmado por Columbia.
Y entonces Kazan me dijo que todo esto era muy curioso porque
él había estado trabajando con Arthur Miller en
un texto titulado The Hook, sobre el mismo tema. En ese momento
yo no sabía nada sobre el guión de Arthur Miller
y creo que él no sabía nada tampoco sobre mi propio
texto, pero ambos guiones giraban en torno al mismo asesinato
de Peter Panto. Pero, por testimonios de Kazan, sé que
en el texto de Miller, The Hook, se colaron varios malentendidos.
-¿Pero
qué ocurrió con Panto? ¿Hubo una investigación
sobre su muerte?
No
hubo ninguna investigación seria ni siquiera sobre la identidad
de Panto. El gobierno se desentendió por completo de este
crimen, y no hubo ninguna investigación ni a nivel estatal
ni a nivel privado sobre la suerte que corrió este sindicalista
de los muelles, Peter Panto. Más tarde sí se llevó
a cabo una investigación federal, con una comisión
creada ex profeso, sobre los asesinatos cometidos en los muelles
en general. ¿Sabe? los asesinatos en los muelles de Nueva
York eran algo tan habitual. Se sabe que este monstruo, Anastasia,
llegó a matar a través de sicarios, sobre todo el
temido Ryan, a 35 personas: pero estas son muertes comprobadas,
pudo haber más. Finalmente, a finales de los 50 Ryan fue
arrestado, procesado y condenado a la silla eléctrica:
pero Anastasia esquivó todo eso. Y aún hoy en día
sigue viviendo en Miami, en una mansión increíble.
Muchos de los culpables directos de las atrocidades cometidas
en Nueva York no pagaron nunca por ello.
-
Volvamos al boxeo ¿Cuáles eran esos añadidos
que usted deseaba atacar?
Uno
de los añadidos me enfureció y es algo que se repite
en "Cinderella Man" a propósito de Maxi Baer.
En esta película un boxeador muere en el ring y Maxi Baer
que era un gigante dice "el crédito es mío,
yo golpeé a este hombre con tanta fuerza que estaba casi
muerto cuando lo envié a la lona". Bueno, yo escribí
al editor de la revista porque esto es una inexactitud monstruosa.
Si un boxeador moría a consecuencia de una pelea su contrincante
no sólo no se alegraba sino que era un motivo de sufrimiento
del que apenas podía recuperarse, normalmente suponía
el final de su carrera porque ese boxeador no volvía a
calzar los guantes nunca más. He conocido a miles de boxeadores
y ninguno de ellos hubiera dicho nunca nada como: "el crédito
es mío". Mucho menos aún Maxi Baer, que en
la vida real era un tipo encantador. Cierto que tenía una
pegada terrible, pero lo último que se le hubiera pasado
por la cabeza era matar a nadie. Pero en "Cinderella Man"
vuelve a repetirse este error, y no sólo eso, sino que
en presencia de la mujer de Jim Braddock, Baer dice que lo va
a matar. Es impensable que Baer dijese algo así. Baer tuvo
la desgracia de que uno de los púgiles contra los que combatió,
Frankie Campbell, murió. Pero para él fue siempre
una desgracia, no algo de lo que se jactase. Y creo que en la
película de Ron Howard se trata simplemente de un intento
de demonizar a Baer.
-
Parece la típica treta hollywoodiense: Braddock es el bien,
Baer es el mal. El bien y el mal combaten y, muy maniqueamente,
el bien termina siempre por imponerse.
Cierto,
es la manera de funcionar de Hollywood. Hollywood premia a los
buenos y castiga a los malos. Pero en la vida real no hay buenos
ni malos, las cosas son bastante más complicadas.
-
¿Y para Toro Molina, el boxeador que protagoniza "Más
Dura será la caída" se inspiró en algún
boxeador real, en alguna figura real?
El
personaje de Toro Molina está inspirado, con bastante exactitud,
en el boxeador Primo Carnera. Bueno, las cosas sucedieron así:
en 1929 mi padre y yo viajamos a Europa en el trasatlántico
Ile-de-France, y en este barco viajaba también el campeón
de Estados Unidos de los pesos pesados, Gene Tunney. Era un peso
pesado realmente duro y viajaba a Europa para combatir contra
Primo Carnera en Londres. Mi padre y yo fuimos a Londres para
ver el combate y Tunney ganó por KO. La revancha fue en
París, y en esta ocasión Carnera ganó en
el mismo round en el que había caído en el anterior
combate. Mi padre y yo vimos los dos combates, lo que me permitió
reunir abundante información sobre Carnera y hacerme una
buena idea del personaje.
- Entonces, si no le he seguido mal, el combate final y devastador
con el que se cierra "Más Dura será la Caída"
es el combate entre Max Baer y Primo Carnera.
En
cierto sentido sí. En los Estados Unidos, Carnera inició
una carrera sorprendente, encadenó una larga serie de triunfos
por KO. Uno tras otro, todos sus contendientes acababan en la
lona. Hasta que finalmente tuvo que enfrentarse con un boxeador
de verdad y sin ningún tongo de por medio, Max Baer, que
prácticamente lo destrozó. Carnera era un gigante
de mantequilla y de pronto se vio en el infierno de tener que
combatir contra un tipo durísimo y fibroso como Baer, no
estaba en absoluto preparado para algo así. Pero aún
tuvo la suerte de que Baer lo salvase de Joe Louis. Louis hubiese
podido matarlo.
-
¿Luego entonces hay una profunda conexión entre
Cinderella Man y Más Dura será la Caída?
Sí,
la hay. Y mientras veía ayer "Cinderella Man"
no pude dejar de pensar en ello porque asistí a esta película
casi como un espía, ya que Spike Lee y yo estamos trabajando
en una película sobre Joe Louis and Max Schemeling, el
campeón alemán, una película que todavía
no está terminada, pero nos interesaba mucho saber qué
había hecho Ron Howard con la historia, cómo la
contaría. Me pareció una película muy entretenida,
una película muy de Hollywood.
Spike Lee y yo estamos trabajando en una película
sobre Joe Louis and Max Schemeling, el campeón alemán,
una película que todavía no está terminada,
pero nos interesaba mucho saber qué había hecho
Ron Howard con la historia, cómo la contaría.
¿La ha visto?
-
La he visto, Sr. Schulberg, pero después de haber visto
ayer también "The Set Up" de Robert Wise, del
año 46, o la película inspirada en su novela, ese
blanco y negro en el que uno puede sentir la Gran Depresión
hasta en el grano mismo de la película, una película
como Cinderella Man me parece casi una pieza de museo, aunque
sea una película del año pasado.
The
Set Up es una gran película, cierto, filmada desde la misma
perspectiva. ¿Ha visto Fat City?
-
Si, hace años. No aquí, en el festival.
La
primera vez que yo vi Fat City fue en Dublín, con John
Houston y con Mohamed Alí. Alí iba a combatir en
Dublín y yo le acompañé. Presenté
a Alí a John Houston y Houston nos mostró la película.
Y ayer noche volví a verla aquí en Deauville. Esa
sí que es una película realmente dura, una auténtica
película. Me gusta, y me gusta John Houston. Son auténticas
películas, mientras que Cinderella Man es... bueno... entretenida.
Y con grandes errores. Al final, por ejemplo, hace pensar al espectador
que Jim Braddock reunió una fortuna después de la
pelea con Maxi Baer y que pudo vivir de ese dinero hasta el final
de sus días. Lo cierto es que si Jim Braddock vivió
bien fue porque su manager, Joe Gould, hizo un amaño con
un promotor. En principio, Braddock tendría que combatir
contra Schmelling, aspirante nº 1 al título, que había
noqueado a Joe Louis, y Gould tramó lo siguiente: si yo
rompo mi contrato, Schmelling rompe su contrato, y dejo que mi
chico, Braddock, pelee con el tuyo, Joe Louis, nos embolsamos
por debajo de la mesa el 25% y yo te doy el 10%. Así es
como ocurrieron las cosas. De manera que Braddock hizo más
dinero perdiendo contra Joe Louis que ganando a Max Baer. El combate
valió la pena. Braddock tumbó a Joe Louis en el
primer asalto, pero en cuanto se levantó, Louis tomó
las riendas, y a partir de ese momento todo fue cuestión
de cuánto aguantaría Braddock. Al cabo de los dos
primeros asaltos, estaba claro que Braddock no tenía ninguna
oportunidad de ganar, sus golpes eran como de juguete, contra
la fortaleza de Louis.
-¿Cinderella
Man no refleja entonces al Braddock real, un héroe de la
Gran Depresión para las masas?
Braddock
era un buen fajador, un boxeador experimentado. Pero en la película
parece como si hubiera sido el combate del siglo. La realidad
es que fue uno de los peores combates por el cetro de los pesados
que se haya librado nunca. Baer ni se tomó en serio ese
combate, por entonces le interesaban las mujeres y la juerga mucho
más que el boxeo, y no puso nada en él. Fue, básicamente,
un combate muy aburrido. Pero supongo que lo que a Ron Howard
le interesaba era construir una especie de cuento de hadas.
-
No se si estará de acuerdo conmigo Sr. Schulberg, pero
cuando termina esta época, la de los grandes irlandeses,
hijos de la emigración, llega la época de los grandes
campeones negros, que dura prácticamente hasta hoy: Joe
Louis, Alí, Foreman, Tyson
Hubo
grandes boxeadores negros entre Jack Johnson en 1910 y Joe Louis,
pero en ese período, la belle époque, entró
en vigor una especie de ley no escrita según la cual los
negros no podrían volver a ostentar el cetro, independientemente
de su valía. Tenían que perder, no podían
ganar. Así han caído en el olvido boxeadores como
Harry Woulds, al que ni siquiera Jack Dempsey logró ganar,
o un boxeador de Los Angeles que llegó a trabajar como
actor para mi padre, George Godfrey, que era excepcional. Godfrey
me contó que para que un negro llegase a boxear en el Madison,
tenía que aprender primero a dejarse perder, y dónde
debía perder. Y entonces llegó Joe Louis, y un promotor,
Mike Jaggings, comprendió que Louis era tan bueno que con
él no se podía fingir, decidió ayudarle incluso
en su camino hacia el cetro de los pesados. Joe Louis fue algo
así como Jacky Robertson en el baseball diez años
antes. Rompió la barrera del color. Y así es como
llegaron después todos los demás.
-¿Siguen siendo íntimos amigos usted y Alí?
Por
supuesto, seguimos siendo grandes amigos. La base de mi amistad
con Alí se cimentó en los años 60, cuando
a Alí lo machacaron moralmente, y le retiraron el título,
a causa de su negativa a participar en la guerra de Vietnam. Yo
me puse de su lado, le ayudé todo cuanto pude. Argumenté
que no era justo privarle de lo que había obtenido por
méritos propios sobre el ring. A partir de ese momento
nos hicimos grandes amigos. Le acompañé a Dublín,
y fui con él a Africa, permanecí a sus lado durante
los famosos dos meses en Kinshasa, antes de la pelea con George
Foreman.
-
Ayer vi la película de Michael Mann sobre este combate
e inevitablemente me trajo muchos recuerdos de infancia. Yo era
un crío por entonces en el norte de España y recuerdo
que todo quedó parado para ver ese combate. Los bares se
llenaron de trabajadores arrimados a las barras para ver el combate
en televisores en blanco y negro, a los críos nos dieron
permiso para volver del colegio y ver la pelea. La expectación
era increíble. Fue un momento definitorio de los 70, creo
que uno de los acontecimientos cruciales de la década.
Me parece que esto sería inconcebible hoy en día.
No sé si la culpa ha sido de promotores como este
Don
King.
Don King. Eso es.
Pero, ¿dónde ha quedado el boxeo hoy en día?
Es
sorprendente lo que me dice sobre el combate entre Alí
y Foreman. En mi caso yo sigo siendo un gran aficionado, sigo
escribiendo sobre boxeo cuando sé que va a haber un gran
combate y no pierdo esa expectación. Esos combates siguen
existiendo, pero quizá ya sólo los grandes aficionados
sabemos de su existencia. En Estados Unidos tenemos ahora a un
gran campeón, Diego Corrales. Corrales libró hace
sólo dos meses un combate majestuoso contra José
Luis Castillo, y se lo aseguro, somos muchos los que pensamos
que ha sido el mejor combate que se haya librado nunca sobre un
ring. Fue algo increíble, se lo aseguro, increíble.
Lucharon como tigres los dos, un round tras otro, y en el décimo
asalto Castillo noqueó a Corrales con una fuerza tremenda.
La cuenta llegó hasta nueve. Corrales se levantó
y Castillo volvió a tumbarlo. Los puñetazos de Castillo
eran como mazazos. Todo el mundo daba a Corrales por perdido.
Cuando se levantó, apenas podía tenerse en pie.
Todo el mundo empezó a gritar como locos al árbitro:
deténgalo, deténgalo, que tiren la toalla. Y en
ese momento, con todo el pabellón gritándole al
árbitro que parase al combate, Corrales empezó a
conectar golpes. No me pregunte de dónde le pudo venir
la energía o la fuerza para conectar esos golpes: no es
fácil explicar eso. Empezó a conectarlos, uno tras
otro, hasta abrir las defensas de Castillo. Ninguno de los asistentes
dábamos crédito a lo que estábamos viendo.
Corrales terminó derribando a Castillo, y venciendo por
k.o. No es fácil explicar eso.
-¿Dónde vio usted este combate, Sr. Schulberg?
En
Las Vegas. El combate fue en Las Vegas. Corrales es un gran amigo
mío y estuve con él antes y también después
del combate. Su aspecto después del combate era patético:
los dos ojos cerrados, totalmente hinchados. Pero venció
el combate. Y ahora su prima para el próximo combate ha
ascendido hasta los tres millones de dólares, que es cuatro
veces superior a todo lo que Diego ha ganado hasta ahora. Y el
ocho de octubre los dos volverán a combatir: la revancha
por el título, Castillo y Corrales. Por supuesto, vamos
a ir a ver el combate. De manera que todavía hoy en día,
a pesar de Don King, hay momentos en que es posible ver grandes
combates.
-
Antes de terminar esta entrevista, Sr. Schulberg, debo confesarle
que he pasado toda esta semana aquí en Deauville disfrutando
como un crío con esta novela increíble sobre Cuba
que usted publicó en 1971, "Sanctuary V", rescatada
ahora en su traducción al francés y que ha obtenido
el premio literario del festival. Es una novela escrita en inglés,
que he leído en francés, pero que he escuchado en
español, en español cubano: los personajes son tan
increíblemente sabrosos y están tan bien captados.
¿Cómo logró usted esta intuición para
captar a Cuba, la esencia de Cuba y de su gente?
Bueno,
yo había viajado en incontables ocasiones a Cuba, antes
de Castro: adoraba Cuba. Solía acudir a un lugar llamado
Ensenada, con una playa maravillosa. Por pura casualidad, me encontraba
allí la noche que Batista tomó el poder. En ese
momento, Batista era un sargento del ejército y muchos
pensaban que tenía orientaciones socialistas. Muy por el
contrario, Batista resultó ser un dictador, un tirano,
de una crueldad y una brutalidad sin parangón. Y entonces,
por pura casualidad otra vez, yo estaba en Cuba la noche que finalmente
Castro tomó el poder y derrocó a Batista. Fue como
verse embarcado en dos revoluciones, y así es como empezó
todo. Yo tenía un gran amigo cubano, un intelectual llamado
Joaquín Godoy. Joaquín era un seguidor ferviente
de Fidel, luchó a su lado, hubiera dado la vida por Castro.
Pensaba que, con Castro, Cuba había encontrado por fin
a un líder honesto. Pero Joaquín era un demócrata
de izquierdas, y pensaba que la culminación perfecta de
la revolución serían unas elecciones libres. Al
cabo de un año empezó a comprender que nunca se
celebrarían esas elecciones, que lo único que Cuba
había conseguido era otro dictador. La prensa quedó
reducida a un solo órgano de propaganda oficial y tanto
Joaquín como su madre, dos cubanos admirables, empezaron
a sufrir profundamente bajo el régimen de Castro. Mis encuentros
con Joaquín me permitieron entender en toda su dimensión
el significado de la palabra: desencanto. Y es un tema que me
interesa profundamente: ¿qué pasa con los sueños
cuando se traicionan los ideales? ¿qué pasa con
los sueños cuando todo el idealismo de una revolución
termina por convertirse en dictadura? Esa fue la situación
de Joaquín, y ése es el eje en torno al que gira
la novela.
-
Y puedo asegurarle que la hace usted girar con un encanto increíble,
Sr. Schulberg, demostrando además un gran conocimiento
de la cultura hispánica: no pude dejar de pensar en Alejo
Carpentier, por ejemplo, leyendo su novela.
He
vivido en México durante muchos años, y en concreto
estaba viviendo en México en el momento en que escribí
la novela. Me trasladé a México en 1959, o sea casi
en paralelo en el tiempo con la revolución castrista. Viví
siete años seguidos en México y he conservado un
apartamento allí durante más de 25 años.
He terminado por interesarme profundamente por todo lo mejicano,
es un país que me fascina y vuelvo todos los años.
Son una gente increíble, me siento revivir cada vez que
estoy en México. Puedo leer el español perfectamente,
mucho mejor que hablarlo. Y hay un escritor mejicano que me ha
influido mucho, Carlos Fuentes: sobre todo una novela suya titulada
La Región Más Transparente. Ahora ya no se puede
decir que el aire de México siga siendo precisamente transparente,
pero mi fascinación por ese libro continúa.
El nieto de Budd Schulberg se acercó hasta mí
y me dio una palmadita en el hombro. Había rebasado ampliamente
el tiempo concedido para la entrevista. Me lo dijo con la mirada:
una mirada amable. Me dijo eso, y me dijo que su abuelo estaba
cansado, y que era la hora de comer. Fin de la entrevista con
Budd Schulberg.
Un
artículo de Budd Schulberg sobre Marlon Brando me había
arrastrado hasta Deauville. Y había llegado a Deauville
con los ojos aún fascinados por la prosa ágil, contundente,
maravillosamente cínica de What makes Sammy Run? : la novela
sobre Hollywood que hubiese podido escribir Manckiewicz. Tan contundente
como los planos en blanco y negro de Karl Malden en su inolvidable
papel del Padre Corrigan en La Ley de los Muelles, de Brando y
de Eva Marie Saint.
Mark Robson no se había equivocado al elegir a Bogart como
alter ego de Budd Schulberg para "Más dura será
la caída". Hay películas míticas, y
escenas que quedan guardadas en ese rincón del cerebro
donde se engendran los mitos.
Tendría ocho o nueve años cuando vi por primera
vez "Más Dura será la Caída". El
combate final vino a instalarse en ese rincón de mi cerebro.
Y no se por qué, siempre asocié el rostro del boxeador
que acaba con Toro Molina con el rostro de Edward G. Robinson.
Budd Schulberg me sacó del error: no es Edward G. Robinson.
Es el propio Max Baer.
Me alegró poder decirle a Budd Schulberg que "Más
Dura será la Caída" fue la única película
que realmente le gustó nunca a mi padre: quizá porque
le recordaba sus peleas en el Somio Park de Gijón, hacia
mediados de los 50. Vi la película junto a él, una
noche de comienzos de los 70: en una casa sobre una colina que
pronto dejará de existir. Uno de esos recuerdos que las
grúas de la junta de obras del Musel no tendrán
en cuenta, que destruirán sin miramientos, cuando empiecen
a derribar las paredes de la casa donde vimos esa película,
mi padre y yo.