Entrevista: Andreu Martín y Jaume Ribera
Texto:Álvaro
Vicente Palazón
Fotos: Zeki(Andreu Martín)
Librería Negra y Criminal (Jaume Ribera)

Álvaro:
20
años han pasado desde que escribieseis vuestro primer libro
¿cómo os conocisteis?
Jaume Ribera - Nos conocimos mucho antes, cuando ambos
colaborábamos como guionistas de cómic en la Editorial
Bruguera. Cuando yo empecé a escribir guiones, Andreu ya
llevaba un tiempo allí, y era el guionista estrella de
la casa, con permiso de Víctor Mora, que se limitaba al
género de aventuras. Casi inmediatamente, le promocionaron
a supervisor de guiones y durante un tiempo fue él quién
decidía sobre las miserias y las grandezas de los míos.
Andreu
Martín - Nos encontrábamos los miércoles
en la sala de espera de la editorial, donde íbamos a entregar
guiones y a cobrar los aprobados de la semana anterior.
¿Cómo
logran dos estudiantes de periodismo y psicología convertirse
en guionistas de cómic?
J.R.
- El azar, que te lleva a donde quiere. Yo tenía 19 años
y estaba estudiando en la Facultad de Ciencias de la Información.
Necesitaba dinero para mis gastos y para esos vicios tan difíciles
de justificar ante el poder financiero, cuando el poder financiero
son tus padres. Se me ocurrió pues, ir a los periódicos
a ofrecer mis servicios. Me recibieron en algunos, y el mensaje
fue claro: "No sólo no tenemos nada para ti, sino
que, antes que tú, han pasado por aquí todos tus
compañeros de promoción a pedirnos lo mismo que
tú". Poco después, sentando en un bar, fumando
lo que fumaba entonces, una cosa que se llamaba Piper, capaz de
intoxicar a un pedazo de feldespato, llegué a la conclusión
de que tenía que ir a buscar trabajo a algún lugar
al que no hubieran ido antes mis compañeros. Entonces me
acordé de las "novelas de a duro". Había
leído algunas, y me había parecido que con un poco
de esfuerzo yo también podría escribirlas. ¿Dónde
las publicaban? En Editorial Bruguera. Seguro que allí
no habrían acudido mi compañeros, en aquellos tiempos
en los que cualquier cosa menos densa que "La Acumulación
del Capital", era considerada como un subproducto escapista
escrito por mercenarios colaboracionistas con el poder establecido
y destinado a atontar a las masas . Busqué la dirección
y me fui a la calle Camps i Fabrés, donde estaba la redacción
de Editorial Bruguera. Me preguntaba qué tal se debían
ganar la vida los mercenarios.
El problema se me planteó en la puerta. Eran tiempos anteriores
a los seguratas uniformados recortados ante un fondo de pantallas
de televisión. Quien controlaba allí el paso era
un señor gallego, calvo y bastante fornido. Se parecía
lo bastante al teniente Kojak, entonces en boga, como para necesitar
armamento de calibre alguno. Entré, y me preguntó
qué pretendía. Le dije que yo escribía y
que venía a ofrecerme por si necesitaban a alguien que
escribiera. Reprimí a tiempo una mención a mi condición
de primero de la clase en redacciones, durante el Bachillerato
y la cita al relato, hoy oportunamente destruido, titulado "¿Un
Mundo Nuevo?" con el que gané un premio a escala nacional
a los dieciséis años.
El señor gallego no parecía muy convencido. Es más,
tras averiguar que no tenía cita previa con nadie, parecía
dispuesto a depositarme en la calle de un momento a otro. Yo insistí,
y entonces él, de pronto dijo: "Pero vamos a ver,
¿qué escribe usted? ¿No será guionista?".
Lo dijo de tal forma que en seguida vi claro que si le decía
que sí, me franquearía el paso. Así, que
asentí enérgicamente con la cabeza. ¡Pues
claro que era guionista! ¿Acaso no acababa de decírselo?
El señor gallego cogió el teléfono, anunció
que "tenía a un guionista en la puerta" y, tras
colgar, me dijo que subiera a la primera planta, que me recibiría
la señorita Anna María. Durante el trayecto por
las escaleras me preguntaba qué debía ser eso de
"guionista". O, en todo caso, guionista, ¿de
qué? Mi cursillo acelerado de Marcial Lafuente Estefanía,
Silver Kane y hasta Corín Tellado no me iba a servir de
nada.
La señorita Anna María me recibió amablemente
en la sala de visitas y me preguntó por mi experiencia
y publicaciones en el campo de la historieta gráfica. Contesté
con un par de sonidos guturales que ella supo interpretar correctamente.
No tenía ninguna experiencia. Bien, no importaba. De hecho,
como supe más adelante, no les importaba porque tenían
problemas para encontrar guionistas que resistieran el ritmo febril
de producción de la factoría, en sus tiempos álgidos.
La señorita Anna María me dio un par de páginas
publicadas de un personaje que respondía por "Marujito",
un par de originales de guiones y me dijo que le escribiera tres
o cuatro y que se los trajera cuando los tuviera. Ah, y que si
aprobaba, cobraría a 15 pesetas por viñeta.
En fin, aprobé el examen, cobré tres de los cuatro
guiones, el otro me lo devolvían, (si no les gustaba alguno
de los guiones que te habían encargado, te lo devolvían,
no lo cobrabas y todos tan felices) y de este modo me vi convertido
en guionista. Y sabido es que, una vez pillas un vicio, es muy
difícil dejarlo.
Algunos años después acabé también
escribiendo novelas de a duro. Pocas, porque cuando empecé
yo, el género agonizaba, engullido por las series de televisión.
A.M.
- Casi por casualidad. Un dibujante de cómics de mi
barrio leyó algunas de las chorraditas que yo escribía
y me profetizó que podía ser un buen guionista de
tebeos. Yo no sabía qué era un guionista de tebeos
pero, si se trataba de escribir y cobrar por ello, me pareció
genial. Así que lo probé, y me salió bien.
Trabajé al principio para un agente que enviaba el trabajo
a Italia y jamás vi esos guiones dibujados, pero solté
la mano y aprendí. Y, cuando me vi con ánimo de
profesionalizarme, visité la editorial Bruguera (con la
pretensión de escribir los guiones del Capitán Trueno)
y me acogieron amablemente.
¿Ha
influido esa primera etapa como guionistas de cómic en
vuestras novelas?
A.M.
- Sin duda. La escritura de guiones de cómic exige
precisión en la descripción de ambientes, economía
de palabras en los diálogos, concepto de colaboración
en equipo con el dibujante, aceptación (por tanto) de las
objeciones y críticas de otro y, sobre todo, una estructura
muy sólida y ordenada. Es lo que me gusta descubrir en
mis novelas.
Como
pareja profesional formáis un tándem que ha dejado
a su paso más de 10 novelas, ¿cómo surge
la idea de uniros para escribir una novela a cuatro manos?
J.R. - De hecho ya habíamos colaborado en otras
cosas, como por ejemplo guiones. Además, en compañía
de otros dos guionistas, Juanjo Sartro y Francisco Pérez
Navarro, habíamos formado una especie de sociedad con la
que intentábamos sacar adelante proyectos editoriales.
O sea, que nos veíamos a menudo. "No pidas Sardina
Fuera de Temporada" fue el producto de una conversación
sobre las novelas que leíamos cuando éramos adolescentes;
por qué nos gustaban y cómo debieran de haber sido
para gustarnos aún más. A base de añadir
cosas nos encontramos con que habíamos hecho un argumento
sin pretenderlo. Y, como lo habíamos hecho juntos, decidimos
escribirla juntos.
A.
M. - Nos reuníamos, todos los jueves, en un restaurante
de Barcelona llamado Esterri, que para nosotros ya se ha vuelto
mítico. Los cuatro guionistas, que fundamos una sociedad
llamada Narradores Asociados, a la que hacía referencia
Jaume, inventamos infinidad de proyectos. Uno de ellos consistía
en escribir novelas a cuatro manos.
¿Por
qué os decidisteis por el género negro?
J.R. - La respuesta corta sería la que da Stephen
King cuando le preguntan por qué, estando tan capacitado
como escritor, escribe novelas de terror: "¿Qué
le hace suponer que puedo elegir?"
La larga tiene que ver con nuestras propias inclinaciones como
lectores, la afición al género. Y también
el hecho de descubrir que cuando se juntaban los términos
"novela juvenil" y "novela policíaca",
la verosimilitud, el sentido del humor y el realismo desaparecían
inmediatamente. De hecho la primera idea fue hacer una parodia
de la novela negra (concretamente de "El Halcón Maltés")
protagonizada por adolescentes. Un poco en la línea del
"Bugsy Malone" de Alan Parker. Luego nos dimos cuenta
de que aquello podía hacerse verosímil y adquirir
vida propia. Y nos aplicamos a la tarea con la sensación
de que estábamos haciendo algo nuevo.
A.M.
- Tanto Jaume como yo aprendimos a leer con el género negro,
la novela policíaca. Para mí, en ella se aúnan
dos elementos esenciales: el análisis crítico de
la sociedad que nos rodea, considerando el aspecto de ella que
más nos atrae y asusta a la vez: la trasgresión;
y el juego, la complicidad entre lector y autor que en el género
negro es esencial.
¿Cómo
os repartís el trabajo a la hora de escribir?
A.M. - Jaume dice que él escribe las consonantes
y yo las vocales. Eso no es exacto: yo escribo las consonantes.
J.R.
- Tenemos a un "negro" encerrado en un sótano,
que es quién realmente escribe las novelas, y Andreu y
yo nos turnamos en el trabajo de azotarle cuando no produce lo
suficiente. Vale, de acuerdo, no hago más chistes. Lo que
hacemos es elaborar juntos el argumento. A partir de ahí
uno se lleva la escaleta a casa y escribe toda la novela de principio
a fin. Acabada esta primera versión, entra en juego el
otro, que la trata como si fuera un borrador corregible y mejorable,
y reescribe cuanto sea preciso.
¿Qué
inconvenientes y ventajas tiene escribir a cuatro manos?
J.R.- Inconvenientes: da más trabajo. Seguro que alguien
también consideraría un inconveniente el perder
el 50% de poder sobre tramas y personajes, pero yo no pienso así,
porque estamos en sintonía y apenas si hemos tenido discrepancias
sobre aspectos concretos de las tramas.
Ventajas: Te distraes un poco hablando con el otro, algo muy a
valorar dentro de esta profesión de sociópatas solitarios
que es la de escritor. Y el producto final mejora, pues es el
resultado de una suma de ideas y capacidades.
A.M.
- El inconveniente: es como escribir con un crítico espiándote
por encima del hombro.
Las ventajas son infinitas: la diversión, el aprendizaje
continuo, el hecho de escribir con un crítico leyendo por
encima de tu hombro, etc.
¿Cómo
es la jornada de trabajo de un escritor?
J.R.- La teoría dice, en mi caso: Levantarse, ir a desayunar
al bar, por aquello de salir de casa y gozar de un poco de calor
humano, leer el periódico allí, a menos que el ejemplar
del bar haya caído en manos de la mafia de jubilados que
se lo pasan entre ellos, volver a casa, sentarse ante el ordenador
y escribir, o escaletar, o documentarse sin tregua durante la
jornada con un alto para comer hasta que llega la hora de ir a
recoger a las niñas al autobús, a eso de las cinco.
En la práctica, fuerzas ocultas impiden el normal desarrollo
de este esquema muchos días. Trámites burocráticos,
inspecciones de Hacienda contra las que hay que combatir, etc.
¿Qué significa esto? Pues que a menudo también
acabo trabajando de noche. Otras veces la jornada se interrumpe
con comidas y reuniones con editores, productores, etc. Muchas
veces es una pérdida de tiempo, pero va bien para no hundirnos
más en el abismo de la sociopatía.
A.M.-
Tan larga como sea posible. Me levanto sobre las siete, al mismo
tiempo que mi esposa que va a trabajar y mi hija, que va al cole,
y después de los trámites imprescindibles me pongo
ante el ordenador. Un alto para comer y luego, vuelta. Cuando
no se puede, no se puede, pero si puedo estar ocho horas pulsando
teclas, mejor que siete.
A
ese ritmo, ¿cuánto tardáis en escribir una
novela?
J.R.- Uf, qué sé yo. Novelas diferentes tardan tiempos
diferentes. Escribiendo a medias, aún es más difícil
de calcular. Pero bien, yo no soy capaz de escribir más
de ocho-diez páginas potables al día, y después
aún hay que repasarlas y corregirlas, en algunas ocasiones
especialmente traumáticas, reescribirlas por completo.
A.M.- Esto es difícil de contestar. Siempre es más
difícil y largo escribir una novela entre dos que uno solo,
porque todo se cuestiona, se rectifica, se discute y corrige,
pero cada novela exige lo que exige.
Andreu,
un escritor tan prolífico como tú ni se plantea
el pánico a la página en blanco
A.M.- Es verdad, no sé lo que es eso. Sólo
cuando he pensado que alguien iba a leer y juzgar lo que yo escribo,
se me ha paralizado un poco la mano y me ha dominado la vergüenza
("Dios mío, ¿qué van a pensar de mí
esos señores?"). Pero por lo general escribo para
mí mismo, para mi goce y diversión y consigo olvidarme
de las opiniones ajenas. Es mi manera de sobrevivir.
¿Hoy
en día, se puede vivir de la literatura?
J.R.- Eso depende de muchos factores, el primero de ellos,
las necesidades materiales a cubrir, que varían según
las personas, su carácter y las posibles herencias de parientes
lejanos que hayan recibido. Podríamos vivir de Flanagan,
a juzgar por las ventas y las liquidaciones anuales recibidas,
pero, hum, modestamente y con control del gasto, virtudes de las
que carecemos. Es cierto que llevamos vendidos más de dos
millones de ejemplares de los libros de Flanagan pero eso ha sido,
fundamentalmente, en el lapso de los últimos quince años,
y son libros económicos, y somos dos a repartir.
Me voy por las ramas. ¿Se puede o no se puede? Yo qué
sé. En mi caso, puedo vivir de la literatura entendida
en un sentido amplio. Derechos de autor, traducciones, guiones
de televisión, colaboraciones aquí y allá,
conferencias y charlas. Probablemente el término que has
usado "vivir de la literatura" es mucho más acertado
que otro que se utiliza a veces "vivir de la novela".
A.M.-
Yo vivo de la literatura. Pero hay que trabajar mucho, escribir
mucho y someterse a una disciplina muy rigurosa.
¿Que
consideráis que está peor visto, ser escritor de
novela negra o de novela juvenil?
J.R.- Ser autor de novela juvenil no está ni bien
ni mal visto. La novela juvenil no le importa a nadie y, por lo
tanto, nadie se molesta en juzgar a quienes las perpetran, con
un par de excepciones que todos conocemos. En cambio, ser autor
de novela negra está mal visto por los que necesitan sacralizar
la literatura para sentirse superiores a los demás. Y ésta
constituye la parte mayoritaria del público lector que
ha resistido el impacto de la oferta audiovisual. El lector de
literatura popular fue el primero en rendirse, seguro que aquel
Kojak del que hablaba al principio ya tomó los primeros
rehenes. Además, si leer según qué está
mal visto, ¿para qué incorporarse del sofá
y desplazarse hasta la librería más próxima?
La critica, pues, mima al público resistente y transmite
el mensaje de que la literatura tiene que ofrecer una especie
de dimensión, hum, digamos casi espiritual para ser digna
de tal nombre. Fíjate en que las novelas policíacas
actuales menos olvidadas por la crítica son precisamente
aquellas que presentan a protagonistas atormentados y depresivos,
que parecen pasarse el rato haciéndose las Grandes Preguntas
(Ya sabes: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo?
¿A dónde voy?), y en las que cada vez que alguien
le dice algo, se pasa tres o cinco párrafos reflexionando
sobre lo que le acaban de decir. Por no hablar de los autores
que "toman prestado el género policiaco como andamiaje
a través del cual trascenderlo". Ja, ja. Ay, perdona,
borra esa risotada sarcástica. En fin que no sé
si ponerme a escribir una novela de éstas, qué sé
yo, un detective atormentado por unas almorranas crónicas
que camina arrastrando los pies y con la vista fija en el suelo,
excepto cuando mira de reojo la espita del gas y las vías
del TGV. ¿Crees que si lo hago podría responder
de forma contundente y afirmativa a la pregunta anterior?
A.M.
- Digamos que ninguno de estos géneros es aconsejable para
obtener el Nobel. Qué le vamos a hacer. No puedo elegir.
¿Qué recuerdos os trae La gran siesta?
J.R.- En compañía de los antes citados Sartro
y Pérez Navarro vendimos la idea de una colección
de novelas juveniles a una editorial. Escribimos, entre todos,
unas dieciséis o veinte. Hacia el final de esta colección,
Andreu yo escribíamos algunas de ellas juntos. Creo que
la Gran Siesta fue la última que escaleté con él,
porque Andreu ya no daba abasto, con sus múltiples obligaciones
tal vez la última fue "Aquel Frío Verano"?
No, no, ésa ya la escribí solo. Mejor que borres
esta mención, era un experimento de pornografía
sentimental que podría hundir mi carrera. La Gran Siesta
es, de hecho el antecedente del personaje Flanagan, la parodia
a la que me refería antes. Una especie pastiche de novela
negra, con mucho humor y firmado con seudónimo, tiempo
después, al releerlo, tuvo la virtud de provocar la reflexión
antes mencionada sobre la verosimilitud, el realismo, la combinación
novela negra-novela juvenil. Estaba ambientada en los Estados
Unidos, el prota se llamaba Phil Cain, en homenaje a Marlowe y
a James Cain, y tiene poco que ver con Flanagan, excepto en el
tratamiento de novela negra-juvenil y el humor. Pero, si no la
hubiéramos escrito, probablemente nunca se nos hubiera
ocurrido crear un personaje como Flanagan. Por cierto, tengo por
ahí el original de una segunda novela inédita de
Phil Cain que se titulaba "El misterio del ídolo incendiario".
Tiene que estar en algún sito, la vi hace uno meses. Seguro.
Conocidos principalmente por Flanagan, ahora también
Esquius, pero ¿qué es de El clan de los marcianos?
J.R.- Es una serie para niños de 8-11 años,
en la que damos rienda suelta a la fantasía y al placer
de la aventura por la aventura, siempre con el humor como telón
de fondo. Se podría calificar como de ciencia-ficción.
Han salido ocho títulos, y no sé si escribiremos
más, porque es una historia un poco complicada: los libros
tienen una parte de juego, de "resuélvelo tú
mismo" que hace que resulten difíciles de estructurar
y también, para la editorial, de producir.
Sois
escritores para todos los públicos, ¿con cual os
sentís más cómodos?
A.M.- Con el juvenil, porque con él me dirijo a un público
inteligente y generoso (se diga lo que se diga). Pero no puedo
dejar de escribir para un público adulto, porque entonces
es cuando escribo para mí mismo.
J.R.-
Yo no suelo pensar en el público mientras escribo. Antes
de escribir, puede que sí. Pero una vez en marcha me siento
igual de cómodo con todo lo que escribo (incluso con aquel
experimento de pornografía sentimental, que resultó
inquietantemente placentero).
Sin
embargo, Jaume, a la hora de tratar elementos como el sexo o la
violencia si tienes en cuenta el público al que te diriges.
J.R.
- Eso es cierto, pero es otro nivel. Cuando me pongo a escribir,
ya tengo escaletada y, aún más importante, asumida,
la historia que quiero contar. Es entonces cuando me dejo llevar
y no pienso en nada que no sea la historia en sí misma.
Antes, en el momento de inventar la historia, sí lo tengo
en cuenta, pero a un nivel más intuitivo que realmente
consciente. No me lo suelo plantear. No me imagino tramando una
historia infantil y ocurriéndoseme de pronto: "Ah,
mira, y ahora los dos protagonistas de ocho años se van
a la cama y ella queda embarazada". Los límites son
en realidad los que se definen retrotrayéndome a la edad
de los protagonistas.
Hablemos
de la nueva serie ¿cómo surge la idea de crear a
Ángel Esquius?
J.R.- Supongo que sería exagerado decir "a
petición popular", pero sí es cierto que algunos
lectores que habían crecido con Flanagan nos pedían
o bien que Flanagan se hiciera adulto, o que aplicásemos
la fórmula a una serie adulta. A nosotros también
nos apetecía, de modo que era inevitable. Y no queríamos
"matar" a Flanagan tal y como lo conocíamos.
A.M.-
Después del éxito de los Flanagan entre los jóvenes,
la editorial catalana Columna nos pidió que hiciéramos
un personaje para adultos. Nos planteamos, por un momento, si
hacíamos crecer definitivamente a Flanagan y teníamos
a un Flanagan adulto, pero eso nos pareció que significaría
la muerte del Flanagan joven y una traición a nuestro público
juvenil, de manera que nos sentamos para inventar a Esquius.
¿Teníais claro que iba a ser el protagonista
de una serie de novelas?
A.M.- Sí, porque era un encargo.
J.R.- Totalmente claro. Ahí está la diferencia
con la génesis de Flanagan, que en principio iba a ser
una novela y nada más. En este caso, escaletamos el primer
episodio teniendo en cuenta que luego vendrían más.
Lo que condiciona un poco, es cierto.
¿Por
qué decidisteis dar rienda suelta a Flanagan en una segunda
novela?
A.M.-
A partir del premio nacional de literatura que nos concedieron
por la primera (No pidas sardina...), el editor se mostró
interesado en que continuáramos escribiendo. Entonces,
hicimos "El cartero siempre llama mil veces", pero en
ella no salía Flanagan, porque no teníamos intención
de crear una saga. El editor insistió... y así fue
como nos lanzamos a la aventura de "Todos los detectives
se llaman Flanagan", con el miedo de que nunca segundas partes
fueran buenas. En fin, resultó que sí, que la segunda
parte era buena y que se haya vendido tanto o más que la
primera.
Simenon se inspiró en hasta 18 personas antes de crear
a Maigret, ¿Esquius es un personaje 100% ficticio o, como
Maigret, una mezcla entre varias personalidades?
J.R.- Una mezcla de 18 personas es necesariamente un personaje
ficticio. Pero, vamos, nosotros no nos hemos inspirado en nadie
en concreto para dibujar la personalidad de Esquius. Tal vez tenga
más de fantasía, de proyección de nosotros
mismos, que de otra cosa (Nota: lo de la fantasía no es
porque sea viudo). En lo que hace al aspecto físico, en
cambio, Esquius tiene algunos rasgos que Andreu tomó prestados
de un amigo suyo.
A.M.-Creo
que ningún personaje es 100 % ficticio, como tampoco lo
es ningún acontecimiento, ni decorado, ni psicología,
ni reacción, ni casualidad etc descritos en una novela.
La imaginación consiste precisamente en mezclar detalles
capturados de la realidad para construir otra realidad a la que
llamamos ficción.
¿Qué ingredientes aportáis cada uno a
la receta de la que han surgido las series Flanagan y Esquius?
A.M.- Después de tantas novelas escritas en colaboración,
a mí me resulta imposible decir qué corresponde
a Jaume y qué me corresponde a mí. Creo que los
dos hemos aprendido, el uno del otro, y hemos ejercido la crítica
despiadada, el uno sobre el otro, hasta formar una sola firma
indivisible. Sólo sé que yo solo, y creo que Jaume
solo, no seríamos capaces de escribir ni Flanagan ni Esquius.
J.R.- Es difícil de decir. En principio, yo soy
más meticuloso (neura) y Andreu tiene más facilidad
para la improvisación sobre la marcha. El humor me lo suelen
atribuir a mí, y no es así, en eso vamos al 50 por
ciento. A menudo me he encontrado con amigos que me comentaban
alguna frase, alguna réplica de las novelas diciendo "Es
que aunque la novela no fuera firmada, esto es tan típico
de ti que es como si te estuviéramos escuchando decirlo"....
cuando la frase la ha escrito Andreu. En fin, para mencionar algo
concreto: Andreu me devuelve al sentido común cuando yo
me empeño en justificar todos y cada uno de los puntos
del argumento, incluso los más nimios e irrelevantes, con
la intención secreta (supongo) de demostrar que soy más
listo que nadie.
En realidad lo que más aportamos es la crítica mutua.
Escribiendo a dúo dispones de un crítico del original
del que puedes fiarte porque es competente y porque también
él tendrá que "responder" de lo que has
escrito.
¿Hay algo de los escritores en sus personajes?
J.R.- Eso es inevitable. Una visión del mundo que
entendemos sensata y progresista. Defectos y virtudes que entendemos
porque probablemente los compartimos. Los defectos los dejaremos
para otro día; en cuanto a las virtudes, se me ocurren
ahora la curiosidad y la tolerancia.
A.M.-
Los personajes de una novela SON los autores. Todos. Siempre.
Las novelas son máscaras que nos ponemos para fingir que
lo que decimos nosotros lo dicen otras personas inexistentes.
La suerte es que, siendo Jaume y yo tan distintos como somos,
nuestros personajes resultan una amalgama mucho más contradictoria
(y por tanto rica) que una persona real.
¿Y
de Flanagan en Esquius?
A.M.-
Sin duda: sus dos autores, Jaume y yo. Y no es una boutade ni
una salida de tema porque yo creo que todos los personajes de
las novelas (el bueno y el malo, la mujer fatal, la monja, el
inteligente y el idiota, todos) son sus autores disfrazados. La
ventaja que tiene un libro escrito a cuatro manos es que resulta
más difícil adivinar cuál de los dos autores
es quién.
Manuel
Vázquez Montalbán, Raymond Chandler
son algunos
de los autores a los que homenajeáis en Con los muertos
no se juega, ¿han influido en vuestra carrera como escritores?
J.R.-
En la mía y en la de todos que tocamos este género.
Chandler, a su vez, influyó en Vázquez Montalbán.
Pero no son las únicas influencias, claro. Hay otros clásicos
a los que no debiéramos olvidar, como Hammet, Cain, Manchette.
De hecho, mi autora preferida es Patricia Highsmith, pero su influencia
sobre lo que escribo yo es menos tangible, porque tenía
un estilo muy propio, fuera de mi alcance.
A.M.-
Sin duda. Personalmente debo decir que a mí me han influido
todos aquellos autores que he leído: incluso los que no
me han gustado, porque ellos me han indicado el camino que no
debía seguir. Dos
grandes de la literatura de género como fueron Chandler
y Borges defendían conceptos distintos. El de Chandler
queda bien patente en Con los muertos no se juega; "La novela
enigma no es más que un simple rompecabezas". Por
el contrario el discurso de Borges fue "El género
policial es realista, de violencia, un género de violencias
sexuales también. En todo caso, ha desaparecido. Se ha
olvidado el origen intelectual del relato policial".
¿No
es Con los muertos no se juega un claro ejemplo de que ambos se
equivocaban en sus afirmaciones, que es posible combinar dosis
de violencia y un planteamiento inteligente y salir airado en
el intento?
J.R.-
Ésa es la intención de la serie de Esquius. Añadámosle
también los toques de humor. En fin, pretender separar
la novela policíaca en bandos irreconciliables es una tontería.
Irse hacia extremos de "pureza" en cualquiera de las
dos facciones significa, probablemente, caer en tópicos
y sacrificar buena parte del posible interés de la obra.
A.M.-
"Con los muertos no se juega" y "La Clave de las
LLaves" son una reflexión sobre la novela negra y
producto de nuestro aprendizaje. Chandler y Borges no eran perfectos,
porque nadie lo es, y nosotros tratamos de corregir los defectos
que les encontramos con nuestra propia imperfección.
Es
curioso que Ángel Esquius sea un personaje tan normal y
sin embargo el resto de personajes que le rodea tan caóticos,
surrealistas, caricaturescos
J.R.-
Eso es deliberado. Enfrentados a nuestra aspiración de
incluir humor nos dimos cuenta enseguida de que la solución
fácil era hacer que el humor naciera a partir de carencias
del protagonista. Es lo típico y se ha hecho muchas -demasiadas-
veces. Detective torpe, o con halitosis, o con un divieso en el
culo que le impide sentarse, o esquizofrénico, etc. No
es que nos parezca mal, ni que abominemos de las novelas de este
tipo que ha escrito Eduardo Mendoza, por citar un solo caso, pero
nos pareció que el recurso ya había sido utilizado
demasiadas veces. De hecho, Flanagan participa un poco de esta
característica: muchas de las situaciones humorísticas
de sus casos vienen dadas por su limitación intrínseca:
un niño haciendo un trabajo peligroso de adultos. Pero
en este caso era inevitable, porque éste es también
el punto de partida del personaje. Con Esquius decidimos tomar
el camino difícil, hacer lo contrario. El protagonista
y narrador no tiene ninguna característica digamos, hum,
ridícula, pero el mundo que le rodea sí. Esta impresión,
la de estar viviendo en un mundo de locos, nos resulta muy familiar,
la verdad.
A.M.-
Nos planteamos que el elemento esencial de la serie tenía
que ser el humor. Pero rechazamos el recurso fácil de hacer
humor a partir de un personaje zafio, chapucero y payasesco, porque
queríamos que los temas de las novelas fueran tratados
con seriedad. De manera que derivamos el humor hacia el entorno
de Esquius. (Un entorno no tan caótico, surrealista y caricaturesco
como parece, por otra parte. También ahí nos hemos
nutrido de experiencias propias.)
La
crítica a la industria farmacéutica, uno de los
temas principales de Con los muertos no se juega, se repite ahora
en el film de Fernando Mireilles "El jardinero fiel"
basado en la novela de John Le Carré, ¿como surge
la idea de tratar el tema?
J.R.-
Surgió hace unos veinticinco años, sin que yo lo
supiera, en aquel momento. Me explico: mi hermano mayor es farmacéutico.
Durante unos meses, a falta de algo mejor, estuvo trabajando como
visitador médico. El primer día, al volver del trabajo,
llevaba una caja de cartón llena de fichas, una por cada
uno de los médicos a los que tenía que dar la tabarra,
que le había entregado su predecesor en el trabajo. En
las fichas figuraban una serie de informaciones casi delirantes:
de qué equipo era ese médico, cómo se llamaba
su esposa y que día cumplía años, hacia dónde
se escoraban sus ideas políticas, si se le podían
contar chistes verdes o si se ofendía si lo intentabas...
y un largo etcétera. Todo ello, dirigido a facilitar el
trámite de hacerle la pelota para poder convencerle más
fácilmente de que recetara los productos de la empresa.
Lo más curioso es que, según comprobó mi
hermano, funcionaba: si un domingo el Español ganaba al
Barça, al día siguiente se iba a ver al médico
del Español y entraba en su despacho al grito de "¡Menudo
baño les dimos ayer", y el médico se mostraba
receptivo, dicharachero y de excelente humor. Años después,
cuando buscábamos tema para el primer Esquius me acordé
de esto, y, de hecho, ése fue el punto de partida de la
trama y de una investigación documental sobre el tema de
los laboratorios. La película que mencionas ni la conocía
ni la he visto.
A.M.-
El comportamiento de la industria farmacéutica es un ejemplo
clarísimo del comportamiento del neoliberalismo o capitalismo
salvaje que hoy se nos está imponiendo. Nunca han ocultado
su política de sobornos (la astilla) que incluso ha sido
puesta fuera de la ley y nunca debemos olvidar que ellos juegan
con la salud de la población.
¿Qué supuso, para vosotros, el premio Columna?
¿Y el Brigada 21?
J.R.-
Una alegría, y la posibilidad de promocionar un poco más
la obra. El Brigada 21 puede ser más modesto, menos conocido,
pero viene fundamentalmente de lectores y eso es algo que se agradece
mucho.
A.M.-
Todos los premios son un estímulo, sin duda y cada uno
influye de forma distinta sobre la novela premiada. Estos dos
premios son puntales que nos confirman que vale la pena continuar
con las aventuras de Ángel Esquius.
La tercera novela de la serie Ángel Esquius ya se ha
publicado en catalán, ¿Qué nos espera en
esta nueva entrega?
J.R.- En general, más humor y más acción
y más giros inesperados que en La clave de las llaves.
Te doy unos puntos de partida argumentales: "Una monja de
clausura de la que dicen que levita y tiene experiencias místicas,
ha sido secuestrada. Su padre, que regenta una macro casa de prostitución
le encarga a la agencia que la encuentre. En cuanto Esquius coge
el caso, aparece el obispo de Barcelona para encargarle otro:
resolver el robo de un cuadro de Fortuny en un restaurante de
alta cocina, para que este robo no salpique a una altísisma
(pero altísima, eh) dignidad eclesiástica. Y Biosca
se empeña en resolverle la vida sentimental a Esquius,
por mucho que Esquius insista en que no hay nada que resolver.
Aunque esto se podría aplicar a muchas novelas policíacas,
más que nunca, en ésta, nada es realmente lo que
parece.
Según tengo entendido, ya estáis preparando la
cuarta novela de la serie.
J.R.- Así es. Bajo el título provisional
de "Una muerte imprescindible", nos lleva a Esquius
a un entorno rural, e incluye la recreación de un personaje
tópico de las novelas policíacas al que le teníamos
muchas ganas. ¿Cuál? Hum, dejémoslo en secreto.
¿Tenéis pensado retomar la serie Flanagan después
de esta última novela?
J.R.- Sí, desde luego. No la hemos dejado nunca,
ni la dejaremos. Otra cosa es que no hayamos querido convertir
a Flanagan en algo parecido a una serie de entregas semanales,
para expresarlo con una exageración. Pero, aún sin
haber concretado el argumento, el nuevo Flanagan ya bulle en nuestras
cabezas.